Sergio “Chiquito” Gómez, reconocido por ser el hombre más alto de la Argentina, atraviesa uno de los momentos más difíciles de su vida. Internado desde hace varios días debido al agravamiento de su estado de salud, el misionero enfrenta complicaciones derivadas del tumor cerebral que padece desde hace años y que le provoca un exceso de hormona de crecimiento, condición conocida como gigantismo.
Con más de 2,26 metros de altura y un crecimiento que no se ha detenido, Gómez sufre convulsiones cada vez más frecuentes que le ocasionan desmayos y requiere una medicación intensiva de 14 pastillas diarias. Su situación es tan compleja que incluso la cama del hospital donde permanece internado resulta demasiado pequeña para su cuerpo, dificultando su descanso.
A la delicada situación médica se suma la soledad. Separado de su pareja y con familiares que viven lejos, Sergio permanece prácticamente sin compañía durante su internación. Por ello, volvió a pedir ayuda a la comunidad, especialmente para conseguir una cama de mayores dimensiones y calzado adecuado, ya que actualmente utiliza talle 56 y sus zapatillas están deterioradas.
La historia de lucha de “Chiquito” no es nueva. En febrero de 2025 había regresado a Misiones luego de vivir varios años en Buenos Aires. En una entrevista concedida a PRIMERA EDICIÓN, relató que había vuelto a Candelaria para acompañar a su padre y buscar una oportunidad laboral que le permitiera sostener su tratamiento.
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“Vine de Buenos Aires a quedarme, estoy buscando un laburo, lo principal. No tengo nada”, expresaba entonces. En aquel momento ya advertía sobre el avance de la enfermedad y la necesidad de realizarse estudios y una intervención quirúrgica para tratar el tumor que afecta su salud.
Desde niño, su crecimiento fue extraordinario. “A los 12 años tenía 1,95 metros y ahí empecé… me fui para arriba”, recordaba. Con el paso de los años, la altura comenzó a condicionarle aspectos cotidianos de la vida: conseguir ropa y calzado especiales, encontrar una cama donde dormir cómodamente o simplemente utilizar espacios diseñados para personas de estatura promedio.
A pesar de las dificultades, Sergio siempre intentó mantener una actitud positiva. “Soy un grandote feliz”, decía hace poco más de un año, cuando afirmaba que prefería no pensar en su condición como una enfermedad. Sin embargo, también reconocía que necesitaba atención médica urgente para frenar el avance del gigantismo.
Su situación económica tampoco ayudó. A lo largo de su vida trabajó como personal de seguridad, ayudante en una verdulería e incluso tuvo un vivero. No obstante, las dificultades laborales y la pérdida temporal de una pensión no contributiva complicaron aún más su panorama.
En aquella entrevista también contaba que dormía en el piso de la vivienda de su padre porque no contaba con una cama adecuada para su tamaño. Un vecino se había ofrecido a construirle una estructura especial, aunque la falta de espacio y recursos impedía concretar el proyecto.
Hoy, mientras permanece internado y enfrenta un cuadro de salud cada vez más delicado, Sergio vuelve a apelar a la solidaridad de la gente. Su historia, marcada por la enfermedad, las dificultades económicas y la resiliencia, refleja la lucha cotidiana de un hombre que, pese a cargar con el peso de una condición excepcional, nunca dejó de buscar una oportunidad para salir adelante.
“Siempre le doy gracias a Dios que me da un día más de vida”, había expresado durante su paso por PRIMERA EDICIÓN. Una frase que hoy resume mejor que nunca la batalla que sigue librando.






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