El loro pecho vinoso fue, hace apenas un siglo, una presencia abundante en el Bosque Atlántico. Sus bandadas eran tan numerosas que los naturalistas llegaron a describirlas como capaces de oscurecer el cielo. Hoy, esa imagen pertenece más a la memoria ambiental que al paisaje cotidiano: la especie se encuentra en peligro a nivel global y en peligro crítico en Argentina, donde se estima que sobreviven menos de 500 individuos, concentrados principalmente en el centro-norte de Misiones.
En ese escenario límite, el norte misionero se convirtió en una de las piezas centrales para intentar revertir el declive. Allí, en torno a Tobuna, en el departamento San Pedro, avanza el Proyecto Loro Vinoso, una iniciativa impulsada por Aves Argentinas, el Ministerio de Ecología de Misiones y el Instituto Misionero de Biodiversidad (IMiBio), con apoyo de investigadores, voluntarios, familias rurales y actores locales.
El último conteo anual registró 323 loros pecho vinoso en Argentina, dentro de un operativo trinacional que también relevó poblaciones en Brasil y Paraguay. En total, participaron 67 personas, se relevaron 20 sitios en toda la distribución de la especie y se contabilizaron 178 individuos en Brasil y 42 en Paraguay, aunque los informes aclaran que en esos dos países la muestra fue parcial porque no se pudieron cubrir todos los sitios necesarios. En Argentina, los resultados preliminares son similares a mediciones anteriores, lo que permite hablar de una población estable, pero todavía en un número crítico.
La estabilidad, en este caso, no alcanza para tranquilizar. Cuando una especie tiene una población tan pequeña, cada pichón que nace, cada nido que se salva y cada árbol que conserva una cavidad útil puede marcar una diferencia. Por eso, la temporada reproductiva 2025 fue considerada un paso importante: el trabajo en territorio permitió registrar al menos 15 pichones nacidos, de los cuales 13 lograron volar exitosamente. Ocho de ellos fueron equipados con transmisores para estudiar sus desplazamientos, supervivencia y uso del hábitat en una etapa clave de su ciclo de vida.

Tobuna, entre chacras y selva
La mayor parte de la población remanente del loro pecho vinoso en Argentina se concentra en el departamento San Pedro, en un paisaje donde los fragmentos de selva nativa conviven con chacras familiares, cultivos de yerba mate, tabaco, maíz y ganadería. Esa convivencia vuelve al proyecto especialmente sensible: la conservación no ocurre en un parque aislado ni en un laboratorio, sino en territorios habitados, productivos y atravesados por decisiones cotidianas.
El Proyecto Loro Vinoso se desarrolla principalmente en ese mosaico rural, donde los remanentes de selva cumplen una función vital: proveen alimento, refugio y sitios de nidificación para una de las últimas poblaciones argentinas de la especie.
Durante 2025, además, se concretó la instalación y puesta en funcionamiento de la Estación Biológica Tobuna, cedida por el Municipio de San Pedro a través de la delegación local. El espacio fue acondicionado por el equipo del proyecto y permite sostener una presencia permanente en el área de trabajo, facilitar el monitoreo de campo y fortalecer el vínculo con la comunidad, especialmente con niños y niñas que participan en actividades vinculadas a la naturaleza y la conservación.
Ese anclaje territorial es una de las claves de la iniciativa. En la última temporada participaron 14 familias en la identificación y protección de nidos, mientras que 15 niños y niñas formaron parte del Club de Naturaleza. También trabajó un equipo rotativo de 13 personas, integrado por personal de Aves Argentinas y voluntarios. La conservación, en este caso, no aparece como una tarea externa al territorio, sino como una red construida con quienes conocen los caminos, los árboles, los movimientos de las aves y los riesgos de cada zona.
“Esta temporada fue clave para el loro vinoso. La instalación de las cajas nido, el monitoreo de parejas y pichones, el conteo poblacional y todas las líneas de acción del proyecto fueron posibles gracias al trabajo en red de investigadores, voluntarios, madrinas, padrinos de nidos y a las familias de las chacras que son parte de este gran proyecto para salvar a una especie en peligro crítico”, expresó Sofía Zalazar, de Aves Argentinas.
El problema invisible: faltan huecos para nidificar
La pérdida de selva es la amenaza más evidente, pero no la única. El Bosque Atlántico, uno de los puntos de mayor biodiversidad del planeta, perdió más del 85% de su cobertura original por la expansión agrícola, forestal y urbana, según los reportes del proyecto. Esa reducción fragmentó los ambientes que necesita la especie para alimentarse, desplazarse y reproducirse.
Pero hay un problema menos visible y decisivo: la falta de cavidades naturales. El loro pecho vinoso necesita huecos en árboles grandes para nidificar. Esas cavidades no aparecen de un año para otro; se forman lentamente por procesos naturales, como la caída de ramas, la acción de hongos o la intervención de otros animales. La extracción histórica y actual de árboles de gran porte redujo drásticamente esos sitios y dejó a muchas parejas reproductivas con pocas opciones para criar a sus pichones.
Para mitigar esa limitación, durante 2025 se instalaron 40 cajas nido en sitios estratégicos del área de estudio. Las estructuras fueron diseñadas según los requerimientos de la especie y colocadas en árboles nativos, tanto en fragmentos de selva conservada como en áreas utilizadas por los loros. La selección de los lugares se realizó a partir de relevamientos previos y en conjunto con familias locales, cuyo conocimiento del territorio resulta clave para que la estrategia tenga posibilidades reales de éxito.
Aunque todavía no se registró el uso de esas cajas por parte del loro vinoso, dos ya fueron ocupadas por otras especies de aves, como trepadores y lechuzas. Para el equipo, ese dato indica que las estructuras funcionan dentro del ecosistema y que el uso por parte de la especie objetivo podría darse luego de uno o dos años desde su instalación, como suele ocurrir en este tipo de programas.
Además de las cajas, durante la temporada se identificaron siete nidos naturales activos, ubicados en especies nativas como araucarias, rabo molle, marmelero, timbó de monte e higuerón. El dato refuerza la importancia de conservar árboles maduros y cavidades naturales en pie: sin ellos, la reproducción de la especie queda directamente comprometida.
Monitorear para intervenir a tiempo
El seguimiento de parejas reproductivas y pichones fue una de las actividades centrales del proyecto. Los equipos recorrieron a pie chacras y fragmentos de selva para identificar parejas, observar su comportamiento y localizar sus cavidades. En muchos casos, después de largas horas de observación, son los propios loros los que revelan la ubicación del nido al ingresar o salir del árbol donde nidifican.
Una vez detectados, los nidos fueron monitoreados periódicamente para registrar su uso, la cantidad de huevos, el desarrollo de los pichones y el éxito reproductivo de cada pareja. En los controles, los especialistas evaluaron el estado de los pichones, los pesaron, removieron ectoparásitos, los anillaron y verificaron su crecimiento.
El informe también señala que, en paralelo, se aplicaron medidas de protección para reducir amenazas durante la nidificación: techos en cavidades para resguardar los nidos de lluvias intensas, cámaras trampa para detectar depredadores y guardias en sitios vulnerables para prevenir saqueos o depredaciones.
Durante la temporada se detectaron distintas amenazas directas sobre los nidos: cavidades vulnerables a lluvias, posibles depredaciones por tucanes y serpientes, riesgo de saqueo de pichones, pérdida de hábitat y parasitismo por larvas. En los controles se registró un promedio de ocho larvas por pichón, que fueron removidas manualmente como parte de las intervenciones para mejorar la supervivencia.
El saqueo de pichones y la tenencia ilegal siguen siendo riesgos relevantes. Aunque los reportes indican que estos eventos se volvieron menos frecuentes en algunas áreas gracias a la sensibilización y a la presencia de proyectos de conservación, advierten que en poblaciones pequeñas como la argentina la pérdida de unos pocos individuos puede afectar de manera significativa la recuperación de la especie.

Una especie bandera para el Bosque Atlántico
El loro pecho vinoso no es solo una especie amenazada. También cumple un rol ecológico como depredador y dispersor de semillas de numerosas plantas nativas, entre ellas el pino Paraná, un árbol de enorme importancia ecológica y cultural para la región. Por su función en el ecosistema, su valor simbólico y su carisma, es considerado una especie bandera para la conservación del Bosque Atlántico.
Esa condición le da a la especie un valor que excede su propia supervivencia. Proteger al loro pecho vinoso implica también proteger remanentes de selva, árboles de gran porte, corredores biológicos, chacras con prácticas compatibles con la conservación y una red social capaz de sostener el cuidado de la biodiversidad en el tiempo.
El desafío, sin embargo, sigue siendo enorme. Los conteos históricos muestran que en Argentina la población se mantiene en cifras reducidas desde hace años: 163 individuos en 2005, 203 en 2007, 226 en 2010, 247 en 2023 y 323 en 2025. Ese último número muestra una mejora en el registro, pero no elimina la condición crítica de la especie ni la necesidad de sostener el trabajo a largo plazo.
De cara a las próximas temporadas, el objetivo será profundizar el monitoreo, evaluar el uso de las cajas nido, seguir a los pichones equipados con transmisores, fortalecer la articulación con las familias de Tobuna y ampliar las acciones de protección en los sitios clave. La recuperación del loro pecho vinoso no dependerá de una sola medida, sino de la acumulación paciente de acciones: contar, proteger, educar, monitorear, intervenir y conservar el monte que todavía queda.
Cada temporada, señalan desde el proyecto, demuestra que con apoyo científico, presencia institucional y participación comunitaria es posible darle a la especie una oportunidad. En una población tan pequeña, 13 pichones volando no resuelven el problema, pero sí abren una ventana: la de una recuperación lenta, frágil y posible, sostenida en el trabajo silencioso de quienes todavía creen que el cielo misionero puede volver a llenarse de bandadas.











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