En tiempos donde la vida cotidiana parece correr al ritmo de las pantallas, el Día de la Actividad Física vuelve a poner sobre la mesa una discusión que atraviesa a toda la sociedad: cuánto nos movemos y, sobre todo, cuánto necesitamos hacerlo.
Lejos de ser una consigna abstracta, el tema tiene impacto directo en la salud pública. El sedentarismo ya no es solo un hábito: es considerado una enfermedad en sí misma, con consecuencias que se multiplican en todas las edades. En ese contexto, los especialistas insisten en recuperar algo tan básico como postergado: la actividad física como parte de la rutina diaria.
“El mensaje es sencillo, pero muchas veces no lo cumplimos: así como celebramos un año más de vida, deberíamos regalarnos un chequeo médico”, explicó el doctor Horacio Melo, especialista en gastroenterología y médico deportólogo, en diálogo con la FM 89.3 Santa María de las Misiones.
La frase, casi pedagógica, apunta a una de las principales falencias a la hora de iniciar o retomar el ejercicio: la falta de controles previos.
El tema no es menor. Episodios recientes, como muertes súbitas durante la práctica deportiva, reavivan la preocupación sobre los riesgos de exigirse sin conocer el propio estado de salud. “Antes de arrancar, es importante saber cómo está el corazón, si hay hipertensión, diabetes o alguna otra condición que pueda generar complicaciones”, señaló Melo.
En ese sentido, los estudios básicos -análisis de laboratorio, electrocardiograma y, en algunos casos, ecocardiograma- aparecen como herramientas clave. No solo por su utilidad, sino también por su accesibilidad. “Son estudios que, en general, están cubiertos por obras sociales o disponibles en el sistema público. No es una barrera económica, es una cuestión de conciencia”, subrayó.
Superada esa instancia, el verdadero desafío comienza en la vida cotidiana. Incorporar el movimiento como hábito sostenido sigue siendo una deuda pendiente. Y no solo en grandes centros urbanos: provincias como Misiones muestran avances, pero aún se ubican en niveles intermedios en cuanto a práctica de actividad física.
La postal, sin embargo, es contradictoria. Por un lado, crecen los espacios públicos y las iniciativas para promover el ejercicio. La Costanera, por ejemplo, se convirtió en un punto de encuentro para caminatas, trote o ciclismo. Por otro, el sedentarismo sigue ganando terreno, impulsado por cambios culturales profundos.
Uno de los factores centrales es el avance de la tecnología. “Hoy los chicos pasan entre tres y cinco horas por día frente a una pantalla. Ese tiempo es tiempo sin movimiento”, advirtió Melo. La escena se repite en hogares de todo el país: celulares, tablets, videojuegos y televisión ocupan cada vez más espacio en la rutina diaria.
Pero el problema no se agota en la falta de actividad física. La combinación con malos hábitos alimentarios potencia sus efectos. “Muchas veces se come frente a la pantalla, sin control, y eso genera un combo peligroso: sedentarismo, mala alimentación y aumento de enfermedades como obesidad, hipertensión y diabetes, incluso en edades tempranas”, explicó el especialista.
Frente a ese escenario, la recomendación no apunta a soluciones complejas, sino a decisiones simples y sostenibles. “No hace falta empezar con algo exigente. Caminar es gratis y es una de las mejores herramientas. Con 30 minutos por día ya se ven cambios importantes”, sostuvo.
Los beneficios, según detalló, son múltiples y atraviesan todos los aspectos de la salud: mejora el estado de ánimo, regula el sueño, reduce el estrés, ayuda a bajar de peso y contribuye a controlar la presión arterial, el colesterol y los niveles de azúcar en sangre.
La clave, en todo caso, está en la constancia. La recomendación general es realizar actividad física al menos cinco días a la semana, entre 30 y 45 minutos. “El que puede más, mejor, pero lo importante es sostenerlo en el tiempo”, agregó.
En el caso de los adultos mayores, el enfoque incorpora un componente adicional: el fortalecimiento muscular. “Después de los 50 años es fundamental trabajar la masa muscular al menos dos veces por semana. La pérdida de músculo, conocida como sarcopenia, es una de las principales causas de deterioro en la calidad de vida”, indicó.
El ejercicio, además, no solo impacta en el cuerpo, sino también en la mente. La actividad física mejora la oxigenación cerebral, estimula la coordinación y contribuye a prevenir el deterioro cognitivo. “Hay una relación directa entre el sedentarismo y enfermedades como el Alzheimer. Moverse también es cuidar el cerebro”, afirmó Melo.
Incluso en contextos de enfermedad, el movimiento sigue siendo una herramienta recomendada. “Pacientes con distintas patologías, incluso oncológicas, pueden beneficiarse de la actividad física. Mejora el sistema inmunológico, la autoestima y la forma de afrontar la enfermedad”, explicó.
En ese sentido, el especialista apeló a una definición contundente: “La única ‘droga’ que se puede consumir todos los días es la actividad física. No tiene contraindicaciones”.
Sin embargo, el principal obstáculo sigue siendo cultural. La falta de tiempo aparece como la excusa más frecuente, aunque muchas veces esconde una dificultad para priorizar el cuidado personal. “Muchos dicen que no tienen tiempo para hacer ejercicio, pero cuando aparece la enfermedad, ahí sí lo encuentran”, reflexionó.
La frase resume, en buena medida, el desafío de fondo: pasar de la reacción a la prevención. Incorporar el movimiento no como una obligación ocasional, sino como parte de la vida diaria.





