Anahí Fleck
Magister en Neuropsicología. 0376-154-385152
La percepción sin espacialidad describe una vivencia encarnada del mundo donde el cuerpo no es un objeto situado en coordenadas externas sino el horizonte mismo de la experiencia. En este modo de percepción el espacio se siente como tejido relacional: no se “mira” desde fuera, sino que se habita desde dentro.
Esa vivencia, que Merleau Ponty articuló desde la fenomenología, nos invita a pensar que la percepción es siempre corporal y situada, y que la distancia objetiva se disuelve frente a la presencia sentida del cuerpo en el mundo (Merleau Ponty, 2010).
Desde la ecosanación y la neuropsicología, esta idea se traduce en prácticas que integran sensación, emoción y acción: cuando una persona experimenta el espacio sin fragmentarlo en objetos, su sistema nervioso regula la atención interoceptiva, reduce la fragmentación cognitiva y favorece estados de coherencia autonómica.
Somos primero y uno después
La frase “somos uno” circula en tradiciones espirituales y en discursos holísticos como una síntesis poética de interconexión. No es atribuible a un único autor; es una formulación colectiva que aparece en múltiples cosmovisiones. En clave ecosanadora propongo leerla así: “Somos” primero -primero está la existencia plural, la multiplicidad de vivencias, la singularidad de cada cuerpo mente-; “uno” después -la unidad emerge como efecto de integración, no como negación de la diferencia-. Esta secuencia preserva la dignidad de lo individual y reconoce que la unidad es un estado relacional y logrado, no una imposición.
Implicaciones terapéuticas y éticas
Trabajar la percepción sin espacialidad implica acompañar a la persona para que reconozca sus límites y, al mismo tiempo, experimente la continuidad con el entorno. En la clínica ecosanadora esto se hace con micro anclajes, narrativas que re conectan linaje y sentido, y prácticas expresivas que reactivan circuitos de recompensa.
Éticamente, se respeta la singularidad: la unidad no borra la historia personal; la integra. Decir “somos uno” en este marco es un acto de responsabilidad: la unidad es una conquista relacional que exige cuidado, límites y reconocimiento de la diferencia.
Somos primero: cuerpos, historias, heridas y talentos. Somos uno después: cuando la atención encarnada, la regulación emocional y la acción creativa tejen un tejido donde la persona se siente completa y en relación.
En ecosanación la tarea es acompañar ese tránsito: desde la fragmentación hacia la unidad, desde la angustia hacia la confianza, desde la separación hacia la pertenencia.
El sentido de percepción sin espacialidad tal vez podría llevarse a la práctica interiorizando el concepto práctico “somos uno” el cual no es un mandato místico, sino más bien intenta ser una meta terapéutica alcanzable cuando la percepción se vuelve cuerpo mundo y la integración se practica con respeto, método y amor.








