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La deuda térmica del planeta

Aunque 2025 registró temperaturas superficiales ligeramente más bajas que el récord de 2024, el planeta acumula calor a un ritmo sin precedentes. El informe Estado del Clima Global 2025, de la Organización Meteorológica Mundial, revela que el 91% del exceso de energía se almacena en los océanos, evidenciando que medir solo la temperatura superficial subestima la magnitud de la crisis climática.

29 marzo, 2026

El informe Estado del Clima Global 2025 (WMO-No. 1391) introduce una métrica crucial que cambia la narrativa del calentamiento: el Desequilibrio Energético de la Tierra. Mientras la temperatura superficial de 2025 se mantuvo ligeramente por debajo del récord de 2024 debido a la transición hacia La Niña, los datos revelan que la acumulación de calor en el sistema climático alcanzó su valor más alto desde que comenzaron los registros en 1960. Con el 91% de este exceso de energía siendo absorbido por los océanos y una tasa de calentamiento que se ha duplicado en las últimas dos décadas, el documento advierte que la inercia climática es mayor de lo que sugieren los promedios anuales. Este análisis explora por qué mirar solo el termómetro es insuficiente para comprender la magnitud de una crisis que se almacena en las profundidades marinas y se manifiesta en el aumento acelerado del nivel del mar, la acidificación y la pérdida irreversible de masa glaciar.

 

 

Calma engañosa

Si le preguntara a un ciudadano común en cualquier capital del mundo qué tal fue el clima en 2025 en comparación con el año anterior, es probable que muchos respondieran con una duda. “Pareció un poco menos sofocante que el 2024”, podrían decir. Y, técnicamente, no estarían equivocados. Los registros superficiales confirman que 2025 fue ligeramente más fresco que el récord absoluto de 2024. Pero en la ciencia del clima, las primeras impresiones son a menudo las más peligrosas. Lo que la superficie no muestra, el interior del sistema terrestre lo grita a través de un nuevo indicador que ha cambiado las reglas del juego: el Desequilibrio Energético de la Tierra (EEI, por sus siglas en inglés).

El informe Estado del Clima Global 2025 de la Organización Meteorológica Mundial (OMM) no es solo un recuento de récords de temperatura. Es una autopsia en tiempo real de un planeta que está acumulando energía a un ritmo acelerado, independientemente de las fluctuaciones naturales que intentan enfriarlo temporalmente.

Mientras los titulares se centraban en que 2025 fue el segundo o tercer año más cálido registrado -dependiendo del conjunto de datos utilizado-, los sensores profundos del planeta revelaban una verdad más inquietante: la tasa de acumulación de calor se ha disparado.

Aquí no se busca alarmar con el termómetro, sino educar con el vatímetro. Porque mientras la temperatura del aire sube y baja como la espuma en la superficie de una ola, la energía real se está almacenando en las profundidades, creando una inercia climática que podría ser irreversible. A través de los datos de la OMM, exploraremos por qué el verdadero peligro no es solo que haga calor hoy, sino que el planeta ha perdido su capacidad de disipar la energía que recibe del sol, atrapándonos en una espiral de calentamiento que ya no depende únicamente de lo que emitamos hoy, sino de lo que acumulamos desde hace décadas.

 

 

El engaño de la superficie

Para entender la magnitud del cambio, debemos comenzar por la métrica más conocida y, paradójicamente, la más incompleta. Según la síntesis de nueve conjuntos de datos globales de temperatura presentados en el informe, la temperatura media global cerca de la superficie en 2025 fue de 1,43°C ± 0,13°C por encima del promedio preindustrial de 1850–1900. Esta cifra sitúa a 2025 como el segundo o tercer año más cálido en el registro observacional de 176 años, solo superado por el fenómeno excepcional de 2024, que alcanzó 1,55°C.

La razón de este ligero descenso relativo es meteorológica, no climática. El informe detalla la transición desde un fuerte evento de El Niño a principios de 2024 hacia condiciones de La Niña débiles en 2025. Históricamente, La Niña tiene una influencia de enfriamiento temporal en la temperatura media global. Sin embargo, aquí reside la primera trampa cognitiva: confiar en que La Niña nos está “salvando” del calentamiento.

A pesar de las condiciones de La Niña, que deberían enfriar el Pacífico tropical y reducir las temperaturas globales, enero de 2025 fue el enero más cálido registrado. Más aún, la temperatura media de la superficie del mar (TSM) fue la tercera más alta en los registros, a 0,39°C por encima del promedio 1991–2020. Pero el dato más revelador no es el promedio, sino la extensión del calor. El informe señala que, a pesar del enfriamiento natural asociado a La Niña, alrededor del 90% de la superficie oceánica experimentó al menos una ola de calor marina durante 2025. Solo el 18% de los océanos experimentaron una ola de frío marina.

Esto nos dice algo crucial: la variabilidad natural (El Niño/La Niña) ya no es suficiente para contrarrestar la tendencia de fondo. Es como intentar enfriar una olla de agua hirviendo soplando sobre la superficie mientras el fuego debajo sigue aumentando su intensidad. La temperatura del aire, esa que sentimos en la piel y que marca las noticias, representa solo una fracción mínima del calor total del sistema. El informe es explícito al respecto: el calentamiento visto en la superficie y a lo largo de la tropósfera representa apenas el 1% de la energía excedente atrapada por los gases de efecto invernadero.

¿Dónde está el otro 99%? Si solo miramos el termómetro de la calle, estamos ignorando el 99% del problema. Esta desconexión entre la percepción humana (basada en el aire) y la realidad física (basada en la energía total) es la brecha por donde se cuela la inacción política y social. Creemos que porque un año es “ligeramente menos cálido” que el anterior, la crisis se ralentiza. Los datos de la OMM demuestran lo contrario: la crisis se está profundizando, solo que se está escondiendo bajo la superficie.

 

 

El nuevo indicador crítico

Aquí es donde el informe Estado del Clima Global 2025 marca un hito. Por primera vez, se introduce formalmente el Desequilibrio Energético de la Tierra (EEI) como un indicador clave. Este concepto es fundamental para cualquier análisis periodístico serio sobre el clima actual. El EEI mide la diferencia entre la cantidad de energía que la Tierra recibe del Sol y la cantidad que irradia de vuelta al espacio.

En un clima estable, estos flujos están en cuasi equilibrio. Sin embargo, debido al aumento de las concentraciones de gases de efecto invernadero, la atmósfera actúa como una manta más gruesa, reduciendo la tasa a la que la energía sale del sistema. Cuando la energía entrante supera a la saliente, el EEI es “positivo”. Esto significa que la Tierra está ganando energía, principalmente en forma de calor.

Los datos presentados en el informe son contundentes. En 2025, el EEI observado alcanzó el valor más alto desde que comenzó el registro observacional en 1960. No es solo que estemos ganando energía; es que la velocidad a la que la ganamos se está acelerando.

El informe desglosa esta aceleración con una precisión alarmante. La tasa de aumento del EEI, estimada a partir del contenido de calor del océano, fue de 0,13 ± 0,03 Wm-2 por década para el periodo 1960–2025. Sin embargo, cuando analizamos el periodo reciente de 2001 a 2025, esta tasa se más que duplicó, alcanzando los 0,30 ± 0,1 Wm-2 por década. Aún más revelador es que las mediciones directas por satélite en la parte superior de la atmósfera para el mismo periodo (2001-2025) muestran una tasa de aumento de 0,44 ± 0,13 Wm-2 por década.

¿Qué significa esto en lenguaje común? Significa que el sistema climático no se está calentando linealmente; se está calentando exponencialmente. La “factura energética” del planeta está subiendo de precio cada década. El informe vincula este aumento del EEI no solo al aumento de las concentraciones de gases de efecto invernadero, sino también a reducciones en las emisiones de aerosoles (que antes reflejaban parte de la luz solar) y a una disminución en la reflexión por parte de las nubes y el hielo marino.

Este indicador es crucial porque combina información sobre cambios en todas las partes del sistema climático de una manera holística. Mientras la temperatura superficial puede fluctuar por un año de La Niña, el EEI no miente. Muestra la acumulación neta. Como señala el informe, el EEI permite monitorear la tasa de calentamiento global y proporciona una imagen completa del mismo, combinando cambios en el océano, la tierra, la atmósfera y el hielo.

La implicación es profunda: incluso si las temperaturas del aire se estabilizan temporalmente, si el EEI sigue siendo positivo y acelerándose, el calor seguirá acumulándose en el sistema, listo para liberarse en formas más violentas o persistentes en el futuro. Es una deuda de energía que estamos contrayendo con intereses compuestos.

 

 

El océano: batería térmica que está llegando a su límite

Si el EEI es el diagnóstico, el océano es el síntoma principal. El informe establece que aproximadamente el 91% del exceso de energía atrapado por los gases de efecto invernadero ha sido absorbido por el océano en forma de calor. Solo el 5% calienta los continentes, el 3% derrite el hielo y el 1% calienta la atmósfera.

Esta distribución explica por qué el cambio climático es, ante todo, un cambio oceánico. En 2025, el contenido de calor del océano alcanzó un nuevo récord histórico, superando el anterior establecido apenas un año antes, en 2024, por 24 ± 16 ZJ (zettajoules). Para poner esto en perspectiva, un zettajoule es 1021 joules. Estamos hablando de cantidades de energía que desafían la comprensión humana cotidiana.

Lo más preocupante no es solo el récord anual, sino la racha. Durante los últimos nueve años, cada uno ha establecido un nuevo récord para el contenido de calor del océano. No hay pausas, no hay descansos. La tasa de calentamiento del océano en las últimas dos décadas (2005–2025) fue de 11,0–12,2 ZJ por año, lo que es más del doble de la tasa observada entre 1960 y 2005 (3,05–3,91 ZJ por año).

Esta acumulación de energía tiene consecuencias físicas directas que ya estamos viendo. El agua caliente se expande. Junto con el derretimiento del hielo terrestre, esto impulsa el aumento del nivel del mar. El informe indica que la tasa de aumento del nivel medio del mar se ha duplicado. De 1993 a 2011, el nivel subió a 2,65 mm por año. De 2012 a 2025, la tasa saltó a 4,75 mm por año.

Pero el calor oceánico no solo sube el nivel del mar; cambia la química y la biología. El océano también ha absorbido alrededor del 29% de las emisiones antropogénicas de dióxido de carbono en la última década. Esto ha provocado una acidificación, reduciendo el pH superficial a un ritmo de –0,017 unidades por década (1985-2025). Aunque el pH sigue siendo alcalino (por encima de 7), la tendencia es hacia la acidez, lo que amenaza a los organismos calcificadores como corales y mariscos.

Las olas de calor marinas son la manifestación más visible de esta energía acumulada. La OMM destaca que en 2025, a pesar de La Niña, la inmensa mayoría del océano sufrió estos eventos extremos.  Esto tiene implicaciones directas para la seguridad alimentaria global, ya que la pesca y la acuicultura dependen de temperaturas estables. La degradación de los ecosistemas marinos y la pérdida de biodiversidad no son daños colaterales; son resultados directos de este desequilibrio energético que se almacena en el agua.

 

 

El motor del desequilibrio

¿Qué está causando esta aceleración en el EEI? El paper no deja lugar a dudas sobre el motor principal. Las concentraciones de gases de efecto invernadero siguen aumentando, actuando como la manta que impide la salida de calor.

En 2024, el último año para el cual hay cifras globales consolidadas, la concentración anual promedio de dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera alcanzó un nuevo máximo observado de 423,9 ± 0,2 partes por millón (ppm). Esto representa un aumento de 3,5 ppm respecto a 2023 y es el 152% de la concentración preindustrial estimada (en 1750).

Pero el dato más alarmante en la sección de indicadores clave es la tasa de cambio. El aumento en 2024 fue el mayor aumento anual en la concentración de CO2 desde que comenzaron las mediciones modernas en 1957. Este incremento fue impulsado por las emisiones continuas de combustibles fósiles, el aumento de las emisiones por incendios forestales y una reducción en la efectividad de los sumideros terrestres y oceánicos.

Es crucial entender que el CO2 no es el único actor. Las concentraciones de metano (CH4) y óxido nitroso (N2O) también alcanzaron niveles récord observados en 2024. El metano llegó a 1,942 ppb (266% de los niveles preindustriales) y el N2O a 338.0 ppb (125%). Los datos en tiempo real de estaciones individuales muestran que los niveles de estos tres gases principales continuaron aumentando en 2025.

Durante el periodo 2015–2024, el 50% de las emisiones totales de CO2 permanecieron en la atmósfera, impulsando el aumento de las concentraciones. El sumidero oceánico absorbió el 29% y el sumidero terrestre el 21%. Sin embargo, hay una advertencia implícita: la efectividad de estos sumideros puede verse comprometida por el propio cambio climático. A medida que los océanos se calientan y se acidifican, su capacidad para absorber carbono podría disminuir, lo que dejaría más CO2 en la atmósfera, aumentando el EEI, calentando más el océano. Es un ciclo de retroalimentación positivo, un bucle que se autoalimenta.

La inercia es el concepto clave aquí. Los cambios en la temperatura del océano son irreversibles en escalas de tiempo centenarias a milenarias. Incluso si las emisiones se redujeran significativamente en el futuro, el calentamiento del océano continuará durante el siglo XXI y más allá como resultado del desequilibrio energético existente. Esto significa que el clima de 2050 o 2100 está siendo determinado por las emisiones de hoy, pero también por la energía que ya hemos atrapado y que aún no se ha manifestado completamente en la superficie.

 

 

Impactos en cascada

La física del EEI y el calor oceánico no se quedan en los laboratorios. Tienen un costo humano directo. El informe dedica una sección específica a los eventos climáticos de alto impacto y un estudio de caso sobre salud, demostrando cómo este exceso de energía se traduce en sufrimiento humano.

Los eventos extremos surgen cuando las condiciones meteorológicas se combinan con vulnerabilidades específicas. En 2025, vimos una muestra de lo que ocurre cuando un sistema cargado de energía se desestabiliza. El reporte cita el Huracán Melissa, que tocó tierra en Jamaica con vientos de 298 km/h, causando más de 90 muertes y 1 millón de desplazamientos. O los incendios de California en enero, que destruyeron 16.000 estructuras y causaron pérdidas económicas de 60.000 millones de dólares, impulsados por vientos Santa Ana y condiciones secas extremas.

Pero el impacto más silencioso y penetrante es el calor. El estudio de caso sobre salud revela que el estrés por calor afecta a poblaciones de todas las edades, pero los trabajadores son particularmente vulnerables. Más de un tercio de la fuerza laboral global (1.200 millones de personas) está expuesta al riesgo de calor en el lugar de trabajo en algún momento cada año. Esto no es solo un problema de comodidad; es un problema de productividad, salud renal y seguridad laboral.

Además, el calor amplifica los riesgos de enfermedades. El dengue, la enfermedad viral transmitida por mosquitos de más rápido crecimiento en el mundo, está expandiendo su rango geográfico debido a las temperaturas más altas. La idoneidad climática para la transmisión del dengue ha aumentado sustancialmente en las últimas décadas. Los casos reportados son actualmente los más altos jamás registrados.

Los desplazamientos son otra consecuencia directa. Las inundaciones en Pakistán, Nigeria y la República Democrática del Congo, junto con las sequías en el Amazonas y el suroeste de Asia, muestran cómo el exceso de energía se redistribuye en forma de agua demasiado abundante o demasiado escasa. Los impactos en cascada y compuestos de múltiples desastres limitan severamente la capacidad de las comunidades para recuperarse. Cuando un huracán sigue a una sequía, o cuando una ola de calor sigue a una inundación, la resiliencia se quiebra.

La seguridad alimentaria también está en juego. La acidificación del océano y el calor marino afectan las pesquerías. Las sequías afectan los cultivos. Por ejemplo, en Irán la producción de cereales se estimó muy por debajo del promedio debido a la sequía más intensa desde 1964. Estos no son eventos aislados; son síntomas de un sistema energético terrestre que ha perdido el equilibrio.

 

 

Redefiniendo la urgencia climática

La conclusión es inevitable: hemos estado midiendo la crisis con la regla equivocada. Durante décadas, hemos puesto nuestra atención casi exclusivamente en la temperatura media global del aire, un indicador útil pero superficial. El nuevo enfoque en el Desequilibrio Energético de la Tierra (EEI) nos obliga a mirar bajo el capó del motor climático.

Los datos son claros. El EEI en 2025 es el más alto desde 1960. La tasa de acumulación de energía se ha acelerado en el siglo XXI. El océano está cargando calor a un ritmo sin precedentes, y los gases de efecto invernadero siguen aumentando a velocidades récord. La ligera pausa en la temperatura superficial de 2025 respecto a 2024 no es una tregua; es un espejismo generado por la variabilidad natural en un sistema que, en su conjunto, se está sobrecalentando rápidamente.

Para el periodismo climático, esto implica un cambio de narrativa. Ya no basta con reportar “el año más cálido”. Debemos reportar “el año de mayor acumulación de energía”. Debemos explicar que el calor que no sentimos en el aire está ahí, almacenado en el océano, listo para elevar el nivel del mar, intensificar los huracanes y acidificar las aguas.

La ventana de acción se estrecha no solo por las emisiones futuras, sino por la inercia del pasado. Los cambios en el océano son irreversibles en escalas de tiempo humanas. Esto no debe llevar al fatalismo, sino a una urgencia renovada. Si el 91% del calor va al océano, proteger los ecosistemas marinos y costeros se vuelve tan crucial como reducir las emisiones de carbono. Si el EEI se acelera por la reducción de aerosoles y el hielo, proteger los glaciares y la criosfera es vital para mantener el albedo planetario.

El informe de la OMM es un diagnóstico técnico, pero su implicación es profundamente política y social. Nos dice que la estabilidad climática a la que se adaptó la civilización humana durante los últimos 10.000 años se ha roto. El equilibrio energético se ha perdido. Recuperarlo requerirá más que ajustes marginales; requerirá una transformación sistémica de cómo generamos energía, cómo usamos la tierra y cómo protegemos nuestros océanos.

En última instancia, el mensaje del Estado del Clima Global 2025 es que la energía no se destruye, se transforma. La energía que atrapamos hoy con nuestras emisiones se transformará mañana en tormentas, en sequías, en niveles del mar más altos y en crisis sanitarias. Ignorar el desequilibrio energético porque el termómetro baja un poco es como ignorar un tumor porque el paciente dice sentirse bien un día. La enfermedad está en el sistema, y los indicadores vitales, esos que realmente importan, están en rojo intenso.

 

 

Glosario esencial para leer el clima

Para navegar con rigor el informe Estado del Clima Global 2025, es útil dominar el vocabulario técnico que sustenta sus conclusiones. Este glosario traduce los conceptos más relevantes a un lenguaje accesible, sin perder precisión científica.

  • Desequilibrio Energético de la Tierra (EEI): es la diferencia entre la energía que el planeta recibe del Sol y la que irradia de vuelta al espacio. Cuando los gases de efecto invernadero atrapan más calor del que sale, el EEI se vuelve “positivo”: la Tierra gana energía, principalmente en forma de calor. El informe lo introduce como un nuevo indicador clave porque mide la tasa real de acumulación de calor en el sistema climático, más allá de las fluctuaciones anuales de temperatura superficial.
  • Contenido de Calor Oceánico (OHC): no es lo mismo que la temperatura superficial del mar. El OHC integra la temperatura desde la superficie hasta los 2.000 metros de profundidad, expresado en zettajoules (ZJ). Es el indicador más robusto del calentamiento global porque el océano absorbe el 91% del exceso de energía. Un aumento de 1 ZJ equivale a 1021 julios: una cantidad de energía que desafía la intuición cotidiana.
  • Anomalía de temperatura: no es la temperatura absoluta, sino la desviación respecto a un promedio de referencia (por ejemplo, 1991-2020 o 1850-1900). Cuando el informe dice “1,43°C ± 0,13°C por encima de 1850-1900”, está comparando el presente con condiciones preindustriales, no con el clima “normal” de las últimas décadas. Esta distinción es crucial para entender el contexto histórico del calentamiento.
  • Ola de calor marina: se define cuando la temperatura superficial del mar supera el percentil 90 de la distribución climática durante al menos cinco días consecutivos. Se clasifican en “moderada”,“fuerte”, “severa” o “extrema” según cuánto excedan ese umbral. En 2025, el 90% del océano experimentó al menos una, a pesar de las condiciones de La Niña.
  • Balance de masa glaciar: mide la diferencia entre la nieve que se acumula en un glaciar y el hielo que se pierde por fusión o desprendimiento. Se expresa en “metros equivalente de agua”: un metro equivale aproximadamente a una tonelada por metro cuadrado. Un balance negativo significa que el glaciar pierde más masa de la que gana. Ocho de los diez años con mayor pérdida desde 1950 ocurrieron después de 2016.
  • Extensión de hielo marino: no es el área total cubierta de hielo, sino la superficie oceánica donde la concentración de hielo supera el 15%. Se mide por satélite con sensores de microondas. La “extensión máxima anual” (típicamente en marzo para el Ártico, septiembre para la Antártida) y la “mínima anual” son indicadores clave de la salud de la criósfera.
  • Acidificación oceánica: Proceso por el cual el océano absorbe CO2 antropogénico, lo que reduce su pH. Aunque el agua de mar sigue siendo alcalina (pH > 7), la tendencia a la baja (–0.017 unidades por década desde 1985) afecta a organismos que construyen conchas o esqueletos de carbonato de calcio, como corales y moluscos.
  • Línea base (baseline): periodo de referencia usado para calcular anomalías. El informe emplea varias: 1850-1900 para temperatura global (contexto preindustrial), 1991-2020 para mapas regionales (normal climatológica estándar de la OMM), y 1982-2011 para olas de calor marinas (por la disponibilidad de datos satelitales). Confundir las líneas base puede llevar a interpretaciones erróneas.
  • Incertidumbre del 90%: cuando el informe reporta “1,43°C ± 0,13°C”, el margen de ±0,13°C representa un rango de confianza del 90%. Esto significa que, según los nueve conjuntos de datos analizados, hay un 90% de probabilidad de que el verdadero valor esté dentro de ese intervalo. No es un error, sino una medida de rigor estadístico.
  • Reanálisis: no son observaciones directas, sino reconstrucciones climáticas que combinan millones de mediciones (estaciones terrestres, boyas, satélites) con modelos meteorológicos para producir campos globales completos. El informe utiliza dos reanálisis (ERA5 y JRA-3Q) entre sus nueve fuentes de temperatura, lo que permite validar hallazgos con metodologías independientes.
Tags: #OMMAcidificación OceánicaCalentamiento globalcambio climáticoCienciacrisis climáticaDesequilibrio EnergéticoEEIGases de efecto invernaderomedio ambienteNivel del Mar.Océanostemperatura global
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