Patricia Couceiro
Máster en Constelaciones
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Abrir el corazón en medio de la desilusión. Elijo abrir el corazón. Justamente ahora, cuando la desilusión lo contrae y parece empequeñecerlo, elijo abrirlo. Abrir el corazón no es negar el dolor. Es mirarlo y decirle sí. Sí a lo que fue. Sí a lo que no fue. Sí a lo que se cayó. Porque cada expectativa que se derrumba revela algo más profundo: también era una forma sutil de querer controlar la vida.
Esperar es, muchas veces, querer tomar solo una parte de la experiencia -lo luminoso- y rechazar la otra -lo incómodo, lo incierto, lo doloroso-. Cuando las expectativas caen, el corazón duele. Pero también se libera. El caos externo nos desestabiliza. Y en ese movimiento se despierta el caos interno: la estructura que sostenía nuestras certezas ya no está. Sin embargo, esa desestabilización no es un error; es un aprendizaje. Es el pasaje necesario hacia un equilibrio más amplio.
El equilibrio no es ausencia de tensión. Es integración de los opuestos. No sirve la alegría exacerbada que niega la sombra. Tampoco el dolor sostenido que se vuelve identidad. La coherencia nace cuando ambas fuerzas son reconocidas y abrazadas. Desapego no es indiferencia. Es soltar aquello que creíamos que nos sostenía para descubrir que el verdadero sostén nace desde dentro. Cuando dejamos de resistir lo que es, algo se ordena. La conciencia vuelve a anclarse en el cuerpo.
El presente se vuelve el único territorio real. Y desde allí -solo desde allí- podemos recuperar el centro. Cada pérdida de equilibrio es una invitación a centrarnos en un nivel más profundo. A armonizarnos en un punto más elevado, dejando atrás lo que ya no nos sirve. Somos más que las circunstancias. Somos más que las expectativas. Somos conciencia habitando una experiencia. Abrir el corazón es aceptar la bendición de la existencia tal como se presenta ante nuestra mirada. Y en ese nuevo orden interno, ya no hay nada que forzar. Solo estar. Solo sostenernos. Solo amar. Desde el corazón.








