Lo que empezó como una salida personal ante un problema de salud terminó convirtiéndose en un espacio colectivo de trabajo y encuentro entre emprendedoras locales, actualmente nucleadas bajo el nombre “Ñande po” (nuestras manos), llamado así porque todo lo que se vende debe ser de producción propia.
Su impulsora es Zulma Barboza, docente y desarrolladora de artículos en marroquinería, cuyo camino a ese oficio comenzó por una dificultad pero, con determinación ella logró convertir la situación en oportunidad.
“Me diagnosticaron una atrofia en los tendones que aún después de tres cirugías me imposibilita tejer y me propuse encontrar un nuevo emprendimiento”, explicó Barboza en diálogo con PRIMERA EDICIÓN, a quien contó que ser tejedora fue su gran pasatiempo y terapia por años, hasta que la salud la obligó a dejarlo.
“Tras varias cirugías y ya no puedo tejer, entonces busqué otra cosa que pueda realizar con la misma pasión y en ese andar me encontré con la convocatoria a un taller para confeccionar bolsos materos y decidí anotarme”, recordó.
“Ese primer curso despertó un interés en mí que fue creciendo con el tiempo. Luego llegaron otros talleres, las primeras mochilas y también los cursos a distancia durante la pandemia”, explicó.
A través de Instagram conoció docentes y nuevos cursos de capacitaciones, incluso una marroquinera de Mar del Plata, la cual le recomendó adquirir una máquina industrial para poder trabajar mejor con los materiales.
“Con esfuerzo y aprendizaje, el emprendimiento fue tomando forma. Primero vendía entre mis compañeras de trabajo, que siguen siendo mis fieles clientas, después a conocidos y finalmente a través de redes sociales. El boca a boca y las primeras ferias ayudaron a consolidar el proyecto”, se explayó.
Fue justamente en las ferias donde surgió otra idea. Allí Barbosa conoció a otras mujeres que atravesaban experiencias similares: producían sus propios artículos, pero muchas veces para feriar tenían que pagar por el espacio para vender sin tener la seguridad de recuperar ese dinero.
“Compartíamos las mismas vicisitudes, a veces pagábamos la feria y no vendíamos nada ni siquiera para reponer los gastos”, sostuvo.
En medio de esas conversaciones surgió una propuesta simple: crear una feria propia, donde no tuvieran que abonar por participar, con un único requisito principal: vender lo que elaboraban con sus propias manos.
Para organizar un poco la cosa, Barboza armó un grupo de Whatsapp que sigue abierto a quienes se quieran sumar siempre y cuando no pierdan de vista el objetivo central: que las y los participantes diseñen, fabriquen y comercialicen sus productos.
“En Ñande Po, nadie compra mercadería para revender”, enfatizó la mujer.
“Lo destacado acá es que cada una hace su producto, su marca, su trabajo”, insistió la impulsora.
Además, la organización funciona de forma solidaria, ya que no obtienen ganancias por coordinar la feria. Si aparece algún gasto por ejemplo, el alquiler de un espacio, esa tarifa se divide entre quienes participan ese día.

Los primeros encuentros
El primer encuentro se realizó en un espacio privado alquilado entre todas, ya que para utilizar un espacio público era necesario iniciar un expediente municipal que lleva tiempo y a muchas, como a ella, las necesidades económicas las apremian.
Con el tiempo, contó Zulma lograron encontrar un lugar estable: un predio particular en la zona de la costanera, donde actualmente se reúnen una vez por mes situado en Lanusse y costanera.
Actualmente participan emprendimientos de distintos rubros, todos artesanales: marroquinería, crochet para adultos y bebés, bijouterie, mates pintados a mano jabones artesanales, hierbas medicinales. velas 3D, resina artística, decoración para el hogar, confección de ropa para mujeres y bebés, accesorios para mascotas, macetas y porta macetas, productos regionales y sublimaciones. “Estamos construyendo un espacio que reconozca el trabajo artesanal, donde cada producto tenga detrás una historia”, finalizó.





