Claudia Olefnik
Artista plástica
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Hay una obra que no tiene destinatario. No tiene medidas acordadas, ni fecha de entrega, ni mensaje que cumplir. Nadie la encargó, nadie la espera, nadie la necesita. Y, sin embargo, es muchas veces la más urgente de todas: la obra que nadie pidió.
Esa obra suele nacer en silencio, en los márgenes del tiempo “productivo”. Aparece cuando no hay consignas, cuando no hay expectativas externas, cuando el único compromiso es con una sensación interna difícil de explicar. No siempre es cómoda. A veces incomoda, desordena, contradice. Pero es profundamente honesta.
No es la obra que paga cuentas ni la que se adapta a un espacio específico. No busca agradar ni representar a nadie más que a quien la hace. Es la que se permite dudar, equivocarse, cambiar de rumbo. La que no necesita justificarse. La que existe porque sí.
En esa obra se cuelan preguntas que no siempre queremos responder. Emociones que no encuentran palabras. Intuiciones que todavía no tienen forma clara. Pintarla es, muchas veces, un acto de valentía. No hay aprobación garantizada. No hay aplauso inmediato.
Y sin embargo, es esa obra la que sostiene todo lo demás. La que recuerda por qué se empezó a pintar alguna vez. La que mantiene viva la relación con el deseo. La que evita que el arte se vuelva solo repetición, oficio vacío o respuesta automática a lo que el otro espera.
La obra que nadie pidió no siempre se muestra. A veces queda apoyada contra una pared, guardada, tapada, en proceso eterno. No importa. Su función no es circular: es existir. Es permitir que el artista se escuche a sí mismo sin intermediarios.
En un mundo que exige resultados, productividad y sentido inmediato, hacer una obra sin propósito externo puede parecer un lujo. Pero en realidad es una necesidad. Es un espacio de libertad que protege la identidad creativa. Un territorio propio donde el arte vuelve a ser pregunta antes que respuesta.
Esa obra no siempre es bella en términos tradicionales. Puede ser incómoda, oscura, mínima, excesiva. Pero es verdadera. Y cuando el arte es verdadero, incluso sin espectadores, algo se acomoda internamente. Algo se ordena.
Creo que todos los que crean necesitan, aunque sea de vez en cuando, volver a esa obra. A ese gesto sin pedido. A ese tiempo sin urgencia. Porque ahí, lejos de las demandas externas, el arte recupera su pulso más sincero.
La obra que nadie pidió no busca ser vista, pero termina viendo al artista. Lo enfrenta, lo acompaña, lo devuelve a sí mismo. Y aunque no se venda, aunque no se exhiba, aunque no tenga nombre, cumple una función esencial: recordar que el arte también es un acto de libertad.







