
El Museo Faryluk alberga a miles de reliquias debidamente seleccionadas, ubicadas e identificadas. Ingresar al recinto de la calle 9 de Julio 1250, de la localidad de Leandro N. Alem, donde predominan los autos antiguos, invita a visitantes de todas partes del mundo a recrear las mil y una historias que Pedro Miguel Faryluk hijo relata a los que llegan para conocer las “joyas del pasado” que fue coleccionando su padre pero que él también recopila porque “la pasión” es más fuerte”.
Se trata de un emprendimiento turístico familiar, privado, iniciado en 1995 por Pedro Miguel Faryluk (87), en la ciudad de Aristóbulo del Valle pero que en 2002 decidió trasladar a Leandro N. Alem. Este hijo de inmigrantes ucranianos y polacos se desempeñó en diferentes rubros.
Trabajó en la chacra, en un aserradero, fue camionero, mecánico, y en todos estos quehaceres le gustaba conservar las cosas que compartía con Jacobo, su padre. “Papá se crió rodeado de autos antiguos, reparando los Ford A, los camioncitos antiguos y siempre tuvo como un afecto a las antigüedades”, contó su hijo.

Allá por 1970, recorriendo el país como camionero, consiguió el primer vehículo, que es un Ford T de 1927, desarmado, en estado de deterioro. “Lo compró con la intención de restaurarlo. Lo recuperó y empezó a realizar viajes a modo de hobby. Lo cargaba en el camión, se iba a San Carlos de Bariloche, hacía todo el circuito con el auto e iba a otras provincias.
Después empezaron a sumarse otros. Recorría otras partes y donde había autos abandonados, los compraba, los traía y los restauraba”, añadió.
Don Pedro es pionero en Misiones en el tema de automotores antiguos, en lo que hace a la colección y recolección de antigüedades. “A partir de 1970 empezó a comprar, juntar, restaurar, hasta que formó esta colección”, insistió.

El museo es un emprendimiento privado y cuenta con una colección de colecciones: carruajes, automóviles, variedad de objetos, herramientas, pertenecientes a la zona y al país.
“Tiene mucha variedad de objetos relacionados a los inmigrantes. Se trata de rescatar todo lo relacionado a la historia de nuestros antepasados y poder después mostrar a la gente que viene, a fin que pueda aprender y ver cómo se vivía antes. El fin que tiene el museo es el de rescatar, restaurar y preservar nuestras antigüedades”, subrayó.
Hasta ese espacio tan interesante de Leandro N. Alem siempre llegan visitantes, tanto de la provincia como del resto del país. Es algo que también provoca mucho interés a los turistas extranjeros, sobre todo a los alemanes. En ocasiones vienen hasta las Cataratas del Iguazú y “alquilan un auto especialmente para ver estas cosas porque le llaman la atención las antigüedades”, dijo Pedro, quien se ocupa de atenderlos.

Un mundo de reliquias
En el “galpón”, que está “decorado” con patentes de distintas provincias -Misiones tenía la letra N, Santa Fe la S, Corrientes la W, Chaco la H-, abundan las antigüedades, que los Faryluk restauran y tratan de evitar que se deterioren.
Al referirse a la tarea diaria, el joven aclaró que “siempre es necesario mantener la limpieza y el orden. En ocasiones recibimos a visitantes, a veces aparece algún dato respecto de algo que hay para rescatar y hay que buscarlo. Muchas cosas se pierden y se transforman en chatarra para la venta por kilo. Hay molinitos o herramientas de hierro, que tratamos de traer para preservarlas”.
En medio de eso, se hacen tiempo para la restauración, “para que no se sigan deteriorando. Es que muchos carruajes tienen madera antigua que es atacada por gorgojos y hay que cubrirla con impregnantes para evitar la destrucción. Es un trabajo en el que hay que estar todos los días”.

Aunque en menor medida, siguen recepcionando cosas antiguas. “A veces la gente nos trae algo, con recomendaciones con una carga emocional como: esto era de mi abuelo. No quiero que se pierda. Si tenés un lugar, te lo dejo. Para mí esto es muy importante porque me crié entre estas cosas”.
“Desde que tengo conocimiento, estoy rodeado de antigüedades y es un hobby que se convirtió en pasión. A cada cosa le tengo cariño y trato que siempre se conserve bien. La idea es ir mejorando. Prácticamente todo está inventariado, registrado, todas las cosas tienen un antecedente, comprobantes de compra. Todo está en orden”, aseguró quien anhela mejorar la infraestructura para poder recibir a más personas, “que sea lo más lindo posible para la ciudad y la provincia”.
En el recinto hay varios vehículos especiales. Los más exóticos son los carruajes antiguos. Existen carruajes de 1890, tirados por caballos, que circulaban por la ciudad de Buenos Aires, “pero que en esta zona no existían. Acá se manejaban con el carro polaco y el carro alemán, por lo que llaman mucho la atención, al igual que los carruajes funerarios”.

También las berlinas y una variedad de automóviles, como un Graham del año 1930. “Es un auto raro, de los que hay muy pocos en el país. Tenemos otros autos exóticos, carruajes fúnebres que son tirados por caballos, un Cadillac modelo 1941, porta corona. El carruaje más antiguo que es un Mateo de 1841, de origen francés. Está restaurado en lo que respecta a la herrería y a la madera. Falta terminar la parte de tapicería que es la más costosa. La mayoría de las cosas son importadas porque no se fabricaban en la Argentina. Los autos son americanos, hay cosas inglesas, francesas. Como los carruajes que en su época eran traídos desde Francia a Buenos Aires en barcos a vela. Algunos traían la parte de los ejes y eran fabricados por carroceros en Buenos Aires. Pero todos adquiridos en el país”, explicó.
Hay una volanta francesa de 1900 que se encuentra en su estado original. Y un Ford A Baquet modelo 1930 que todos los años participa del desfile de carrozas de la Fiesta Nacional de la Navidad y que en el cierre del evento transporta a Papá Noel.
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También restauran
Según Faryluk, la restauración de un vehículo lleva bastante tiempo. “Se desarma íntegramente, se hace un trabajo de arenado para quitar el óxido de las pinturas, se trabajan todas las piezas por separado, se hace la reparación que se pueda, hay mucho trabajo de tornería, hay que buscar repuestos que no se consiguen. Hay que dedicarse a averiguar, ver cómo se puede solucionar”, dijo.

Y agregó: “a veces queda bien. A veces se trata de rescatar dentro de lo que se puede. Se va armando, haciendo terminaciones, pintura, tapizado, es un trabajo que lleva un año y más, depende del vehículo y del estado en que se encontraba. Pero la mayoría termina funcionando”.
En lista de espera hay una carroza porta corona tirada por caballos que cuando Don Faryluk la compró estaba abandonada en unos galpones. “Por lo general, las prendían fuego, las quemaban porque ya estaban obsoletas. Estas son algunas que se llegaron a rescatar. Del año 1900 a 1940 se llegaron a usar en la ciudad de Buenos Aires, estiradas por seis caballos negros. El porta corona llevaba solo las flores. El féretro iba en otro carruaje, además de todos los otros que transportaban a los familiares del difunto. Era pompa fúnebre porque era algo grande, impresionante. Cuando pasó de moda el tirado por caballos, pasaron a un auto de lujo, un Cadillac modelo 41, y le hicieron toda la misma estructura, con tallado en madera de cedro”, describió.
En el centro de la carrocería “tiene como una copa con ganchos donde se colgaban las coronas. No lo empezamos a remodelar. Se encuentra en las mismas condiciones que papá la compró”.

Secadero en miniatura
El abuelo Jacobo -inmigrante ucraniano que llegó a Leandro N. Alem en 1926- tenía un secadero de yerba mate por lo que Don Faryluk lo recordaba de cuando era chico. Creativo como es, hizo una maqueta en tamaño pequeño para que los visitantes del museo pudieran apreciar el proceso de elaboración del producto porque, solamente contando, no podían imaginar.
En una chacra consiguió una canchadora antigua e hizo una réplica de lo que era un antiguo secadero barbacuá de los años 40 o 50, pudiendo describir todo el proceso. Indicando las partes, explica “cómo se inicia en la planchada, el sapecado en la tambora.
No había energía eléctrica, por lo que todo el trabajo era manual. Se hacían pendientes para favorecer el desplazamiento del producto porque no había cintas elevadoras, todo era movido a horquillas con operarios. Para el secado, hacían fuego en un horno, el calor iba por un conducto bajo tierra y se secaba, moviendo de un lado a otro, durante toda la noche.

Cuando la yerba estaba seca, pasaban al tercer proceso que es el canchado, de donde viene el nombre de yerba canchada, porque se hacía en una cancha donde un caballo corría y movía a una máquina. Todo es con el fin de mostrar cómo funcionaba en aquella época, en galpones de madera, con techo de tablitas”, acotó.
Ahora es el joven Faryluk quien sigue con el emprendimiento, con la inestimable ayuda de su padre. “Es lo que nos gusta. Tratar de darle vida, que no se deteriore y se pueda disfrutar. Al ritmo que vamos, creo que mi hijo seguirá con esto”, celebró.







