La firma del acuerdo de comercio e inversión entre Argentina y Estados Unidos, que abre expectativas de exportación, reactivó el debate sobre cuánto está en condiciones el país de responder a una demanda externa mayor sin agravar tensiones internas. En esa discusión, el comerciante posadeño Nelson Lukowski puso el foco en un punto sensible: la capacidad productiva real y el posible impacto sobre el sector cárnico y el consumo local.
En diálogo con FM 89.3 Santa María de las Misiones, Lukowski sostuvo que antes de celebrar la dimensión del acuerdo hay que mirar si la Argentina está en condiciones de “abastecer” lo que el mundo vendría a comprar. Para él, el interrogante es doble: por un lado, el contexto de los últimos años, y por otro, si la estructura productiva -en especial la ganadera- está lista para enfrentar una demanda creciente.
Desde su perspectiva, el país llega a este escenario después de “décadas” de deterioro de la cría de ganado y de retrocesos también en otras producciones como la avícola. En ese marco, contrastó la realidad local con la de Uruguay y Paraguay, a los que ubicó como jugadores fuertes de la región en exportaciones hacia Europa, Estados Unidos y China. Según su lectura, mientras esos países consolidaron sus envíos al exterior, Argentina se enfocó en un mercado interno y terminó debilitando su base de producción.
El comerciante insistió en que el mundo “pide alimento” y ahora buscará proveedores, pero subrayó que la ganadería no se reactiva de un día para el otro. En esa línea, anticipó que uno de los impactos mayores del acuerdo podría sentirse en la carne vacuna, porque la producción exige ciclos largos y una planificación sostenida.
Como ejemplo, recordó medidas de años anteriores orientadas a recomponer el stock -mencionó un control de vientres y restricciones a la faena de vacas-, aunque afirmó que esas políticas no se sostuvieron como correspondía. En paralelo, remarcó que Paraguay avanzó en exportación y llegó a un punto en el que, aun siendo un país pequeño, podría igualar o incluso superar a la Argentina en cantidad de ganado.
Con ese diagnóstico, Lukowski planteó una idea central: cuando la producción no alcanza, cualquier producto que se exporte en volumen termina golpeando al mercado interno. En el caso puntual de la carne, afirmó que el precio “se disparó” porque aumenta la salida al exterior y queda menos para el consumo local. Al mismo tiempo, diferenció impactos: consideró que exportar es “bueno”, pero advirtió que se vuelve “malo para el consumidor” si no hay previsión y si el país no está preparado.
Para explicar por qué no todos los productos tienen el mismo efecto, puso un contraste: dijo que no se trata de soja, girasol u otros bienes que no son consumo directo, sino de alimentos que “van a la olla” como la carne o el poroto. En ese punto, sostuvo que el poroto es un caso distinto porque los productores se prepararon hace años para exportar; pueden atravesar uno o dos años malos, pero saben que el mercado -mencionó especialmente el brasileño- seguirá demandando. Con el ganado, aseguró, esa preparación no existió.
Al comparar el nuevo escenario con la cuota Hilton, aclaró que lo que se abre con este acuerdo sería muy superior. Para sostenerlo, se detuvo en la evolución de la demanda china: recordó que, en un inicio, China compraba cortes de calidad como pulpa deshuesada; luego incorporó vaca, después carne con hueso, y hoy -según describió- llega incluso a demandar grasa. La pregunta que planteó es con qué producción se cubre esa expansión exportadora si el país no se preparó.
En clave local, descartó que Misiones pueda “autoabastecerse” de carne vacuna. Lo dijo de manera tajante y sostuvo que, aun con el crecimiento de la cría en zonas como Andresito y Concepción de la Sierra, la provincia apenas alcanzaría alrededor del 30%. Para él, ese dato refuerza que la presión exportadora pega de lleno en precios y disponibilidad.
Consultado por tiempos de adaptación, Lukowski sostuvo que el país necesitaría “muchísimos años”. Argumentó que, aun criando a campo, el proceso biológico de reproducción y engorde es largo y no se puede comparar con actividades más rápidas. En ese sentido, puso un ejemplo concreto: la producción avícola, donde en unos 45 días se obtiene un pollo.
Sin embargo, agregó que incluso en ese rubro ve señales de tensión. Dijo que desde hace aproximadamente tres semanas no recibe ciertos productos de pollo -mencionó pancita, hígado y menudos- y que al reclamar en frigoríficos le respondieron que “se está exportando todo”. En su análisis, esa dinámica confirma que, sin equilibrio de oferta, las exportaciones terminan dejando faltantes o presiones en el mercado interno.
El comerciante planteó que el único factor que podría frenar esa tendencia sería un cambio de precios relativos: si el dólar diera un “salto” importante, a los compradores externos podría dejarles de convenir Argentina y buscarían otros proveedores. Pero, sostuvo, hoy les conviene comprar en el país.
Sobre el rol del Estado, dijo que el Gobierno debería diseñar un plan de producción para estos sectores y no concentrar el rumbo económico únicamente en petróleo, gas, minerales. A su criterio, si no se mira la producción de alimentos con la misma seriedad, los acuerdos de exportación quedan desbalanceados.
Lukowski también incorporó otro punto: la inserción externa convive con un mercado interno que, según describió, sigue dependiendo de insumos importados. Puso ejemplos cotidianos -como una lata de atún o un desodorante- para señalar que muchos bienes ya incluyen componentes del exterior. En ese marco, advirtió que lo que antes era “barato” para el consumo local puede volverse “caro” si no hay suficiente producción para sostener tanto exportación como abastecimiento interno. Y volvió a subrayar la diferencia de procesos: no es lo mismo recomponer en un año un rubro que en cinco años reconstruir un stock bovino.
Aun así, insistió en que antes de proyectar consecuencias definitivas hay un dato clave: la letra chica del acuerdo todavía no se difundió. Según su mirada, más allá de la firma, el impacto dependerá de cómo lo implemente el Gobierno dentro del país. Allí volvió sobre la cuota Hilton: recordó que ese cupo se distribuye entre frigoríficos que históricamente participan y que cuentan con infraestructura y control sanitario. Advirtió que, si la implementación falla, puede haber consecuencias como las que -según mencionó- enfrentó Brasil cuando le devolvieron cargamentos, incluida bondiola de cerdo y otros productos.
Con ese cuadro, Lukowski relativizó la idea de un “boom” inmediato: dijo que no es realista pensar que en 2026 todo explotará de manera positiva, porque este tipo de procesos llevan tiempo y, sobre todo, requieren sostener el crecimiento en el tiempo. De lo contrario, planteó, se repite la dinámica de siempre: cruzar la frontera para comprar de un lado u otro, una práctica que, según indicó, se arrastra “desde décadas” y que solo se corrige con una política de Estado sostenida.
En el tramo final de la entrevista, el comerciante trasladó su mirada al consumo. Dijo que hoy ve clientes con menos poder adquisitivo que antes y que el comercio atraviesa un “proceso de acomodamiento” donde las diferencias entre rubros y zonas son grandes. Explicó que mientras algunos comerciantes aseguran que se “están fundiendo”, otros sostienen que venden bien, y que el resultado depende de la ubicación y el manejo del negocio.
En esa línea, afirmó que en el centro de Posadas se nota con claridad el ajuste: sostuvo que mucha gente ya no está dispuesta a pagar alquileres que considera sobredimensionados, algo que -según dijo- antes se toleraba porque el margen de ganancia era mayor. Ahora, con márgenes mínimos, pagar esos costos se volvió inviable.
Sobre la estacionalidad, describió un enero típico: señaló que las ventas cayeron con fuerza en la última semana del mes, algo que asoció a un “enero largo” después del gasto de fiestas. Para él, febrero se parece bastante y marzo también, por el impacto del inicio de clases. Incluso mencionó que algunos comercios vinculados a materiales de construcción mostraban un leve repunte, atribuible a que parte de la gente no viajó y volcó gastos a otros consumos.
Consultado por la polémica nacional tras la renuncia del titular del INDEC, reiteró una postura crítica: sostuvo que históricamente los índices se han intentado manejar según la política económica. Como ejemplo, recordó momentos en que se informaban cifras muy por debajo de la inflación real. Sin embargo, señaló que hoy, con inflaciones más bajas, que haya desvíos de uno o dos puntos puede ser parte del margen de error. En el comercio, explicó, muchas veces no se mide en términos mensuales porque las listas de precios no se actualizan siempre mes a mes. Dijo que en enero no recibió nuevas listas y que recién llegaron en febrero, pero con aumentos mayores -mencionó alrededor de un 5%- por acumulación de meses previos.
En cuanto a pagos y endeudamiento, Lukowski relativizó la idea de que “la gente usa la tarjeta para comer” como fenómeno general. Dijo que en su rubro observa sobre todo uso de tarjeta de crédito en una cuota, como una “libreta electrónica”, porque alimentos y rubros similares no suelen ofrecer financiamiento en varias cuotas. Y añadió una diferenciación territorial: sostuvo que la realidad del conurbano bonaerense, Rosario y Córdoba no necesariamente refleja lo que sucede en el interior, donde -según afirmó- el comportamiento del consumidor es distinto.
Finalmente, sumó una lectura social vinculada al empleo y a planes: reconoció despidos y cambios en el mercado laboral, pero afirmó que también se observa gente que antes no trabajaba y ahora se incorpora a tareas remuneradas, especialmente en zonas de frontera. En ese punto, lo dijo sin eufemismos: para él, “llegó la hora de trabajar”.



