Viviana Yommi se jubiló en mayo de 2025. Lo dice, pero no suena definitivo. Es que después de trabajar más de tres décadas como docente, se permitió unos meses de descanso, pero este año volverá a la escuela.
Esta vez, acompañará las aulas de otra manera, porque será la representante legal del Instituto Esperanza de Iguazú, la institución que ayudó a levantar desde cero y que hasta el año pasado acompañó a 150 estudiantes con discapacidad en sus trayectorias formativas.
En 2023, esta educadora misionera recibió el premio Docentes que Inspiran por su trabajo en el instituto. Y no es coincidencia. Para Yommi, enseñar es una forma de transformar realidades, “de hacer a los chicos partícipes” del aprendizaje y de la construcción de su propio proyecto de vida.
Entrevistada por PRIMERA EDICIÓN en el Día Mundial de la Educación, la formadora repasó sus años al frente del aula, “arremangándose” -como define la labor docente- para invitar a estudiantes de todas las edades a formarse pensando en un futuro laboral posible.

Enseñar: el compromiso que toma nueva forma
Lo que más sorprende de Yommi es que, aún después de jubilarse, habla en presente acerca de ser docente. “Yo amo entrar al aula, el primer momento, conocer y motivar a los chicos con material didáctico. Siempre soy partidaria de que el chico tiene que ser partícipe de su aprendizaje”, resumió.
Independientemente de la modalidad, la docente sostiene que la clase debe ser un espacio donde “el niño no se tiene que dar cuenta que está aprendiendo”, con preguntas y actividades que lo inviten a involucrarse y poner en práctica el conocimiento.
Por eso, desde 2017 el Instituto Esperanza incorporó su proyecto de talleres profesionalizantes, donde los estudiantes más grandes, además de aprender sobre hotelería y administración, se forman en gestión emocional, preparándose para la entrada al mundo laboral.
Yommi fue una de sus impulsoras y por ese trabajo recibió en 2023 el premio Docentes que Inspiran. Hoy asegura que el reconocimiento llegó de manera inesperada. “Fue un mimo al alma”, confesó.
Pero lo curioso es que lo consideró importante no tanto por ella, sino por lo que generó alrededor. “Yo miraba a mi mamá que estaba muy orgullosa, a mis hijos, a mi familia”, contó sobre la gala de entrega.
El impacto fue más allá de la familia. “Lo que más me gustó de este premio fue que mi escuela fue reconocida”, señaló Viviana. A partir de entonces, dijo que el instituto empezó a ser valorado de otra manera, incluso por las empresas locales.
Hoy, más de una docena de sus egresados trabajan en hoteles, empresas turísticas y comercios de Iguazú. “Antes era impensable incluir un joven a una empresa. Hoy son muchísimas las que nos piden alumnos”, valoró la docente.
En parte, eso la motivó a seguir acompañando la educación desde otro lugar. A partir de este año, será la representante legal del instituto para trabajar en varios “sueños” pendientes, como el edificio propio y la formalización del nivel secundario.
El egreso, consideró, siempre es el momento más emocionante de todo el recorrido que se construye en las clases y talleres del instituto. “Verlos salir con una profesión, trabajando y encima felices, agradecidos porque están construyendo su casa, realizando sus sueños, es maravilloso. El sentido de la vida es ese”, expresó la formadora.
“Empezamos con nada”

La historia del Instituto Esperanza no empezó en un edificio escolar. A comienzos de los 90, cuando en Puerto Iguazú no existían escuelas especiales, las primeras clases se dieron por la necesidad que marcaba la demanda. “Empezamos con 10 padres y yo maestra, en una grada”, recordó Yommi.
Con el tiempo, el grupo creció y lograron conseguir un lugar fijo. “Empezamos con nada. Era una casita de madera y piso de tierra”, describió la docente. Dos bancos llegaron después, comprados por su padre cuando vio las condiciones en las que se enseñaba.
Yommi rememoró especialmente esos primeros años y las resistencias que existían en torno a la educación especial. “No se conseguían maestras para enseñar, porque no querían pasar por esa etapa, por ese proceso”, dijo, al referirse a Walter, uno de sus primeros alumnos con distrofia muscular, a quien enseñó durante dos años en su casa.
Esa experiencia marcó su decisión de dedicarse de lleno a la modalidad especial, y desde entonces la escuela fue creciendo como pudo.
“Sueño con tener una escuela como corresponde, porque la nuestra la hicimos un poco de madera, un poco de material, lo que íbamos consiguiendo haciendo eventos, venta de empanadas o pidiendo a empresas que nos construyan un aula. Eso no es lo ideal para una escuela especial”, aseguró Yommi.








