SAN JAVIER (Enviado especial). “Estuve 44 años en la fábrica”, así se presentó Carlos Rolín, un hombre de 72 años que, como si su vida fuera una película, pasó por todos los sectores del Ingenio Azucarero de esta localidad, hasta que a fines de 2011 le llegó el momento de jubilarse.“Ahora estoy jubilado y disfruto de otras cosas, pero siembre vengo”, comentó a PRIMERA EDICIÓN este hombre que pasó a retiro siendo jefe de fábrica del Ingenio, un puesto que muchos anhelan pero pocos pueden conseguir. Carlos vive con su esposa, “la mujer de mi vida” -acotó-, tiene tres hijos, quienes les dieron cuatro “hermosos nietos”. Con su trabajo logró sacar adelante una familia “en una época difícil del país y la provincia”, comentó el hombre que camina “como dueño del Ingenio”. “Es que don Rolín es de la casa”, contó una empleada del lugar. Rolín se jubiló hace cuatro años y el proceso no fue fácil. Se refugió en su familia y aprendió a vivir de otra manera. Desde su salida no regresó nunca al Ingenio, quizás no quería ser vencido por la nostalgia y los recuerdos, pero la promesa pudo más. “Le prometí al nuevo administrador que un día iba a venir de visita y bueno acá estoy. Me interesa ver cómo se está trabajando y las nuevas máquinas, porque antes nuestras labores eran todas de manera artesanal”, dijo emocionado Rolín. El hombre señaló que, desde su ingreso tuvo que esforzarse, pues su padre también era empleado de fábrica y le exigía más que al resto. “Recorrí todos los puestos, empecé en la caldera, después pasé por la usina, en realidad estuve en todos los sectores de la fábrica”, reveló Rolín y añadió que llegó a “San Javier con mi familia, los fundadores del Ingenio eran amigos de mi papá y les ofrecieron trabajo en esta fábrica. En ese entonces, mi papá era el encargado de personal”. Rolín entró a trabajar en el año 1971, en el sector de la caldera: “Mi función era cortar y acarrear la leña”, dijo pero ahí solamente estuvo unos tres meses, luego pasó a la usina, “donde sí pasé unos cuantos años, antes de seguir avanzando”, aseguró.Recorrida por todas las áreasTras un poco más de tres años en la usina, Carlos logró un ascenso más que interesante: “Me nombraron ayudante de maestro de azúcar”. En ese tiempo, para las personas del pueblo e incluso de otras localidades misioneras no era fácil llegar a este puesto, porque “en aquellos años, en ese sector estaban todos profesionales que venían de Tucumán”, contó el jubilado y agregó que “lo bueno de traer a esa gente tucumana era que se tomaban el tiempo para enseñar a la gente del pueblo”. No siempre fue así, primero se traía a personal del Brasil, pero luego con el crecimiento de la cuenca cañera en nuestro país, más precisamente en Tucumán, les a las autoridades del Ingenio, les resultaba más barato contratar mano de obra de esa provincia y también mejoró el rendimiento, según los recuerdos de Carlos.Sin embargo, la historia de vida de Rolín no terminó allí. Ya que para él, se vino lo mejor. “Un día llegué a trabajar y me llamaron para informarme que era el nuevo asistente de fábrica, me puse muy contento y rápidamente le conté a mi mujer”. En esa época, poco antes de la década del 90, ese puesto era reservado para el Encargado de turno. “En ese sector estuve como diez años”, detallóSin embargo, antes de jubilarse tuvo dos satisfacciones más como empleado del Ingenio Azucarero. Una vez que quebró la fábrica y la Provincia decidió hacerse cargo de la misma a través del Instituto de Fomento Agropecuario e Industrial (Ifai), “me nombraron como jefe de fábrica”. Un logro que a Rolín lo emociona recordar, “comencé acarreando la leña para la caldera y llegué a ser jefe de la fábrica, no cualquiera hace ese recorrido”, dijo, quien comentó que su hija es la encargada de continuar con la el amor y la pasión por el Ingenio. “Ella heredó mi pasión y amor por esta fábrica”, dijo emocionado el hombre que vivió gran parte de su vida dentro del Ingenio Azucarero de San Javier.





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