CÓRDOBA (Diarios digitales). Todavía no terminaba de retumbar lo bueno que había dejado la séptima noche y llegaba la octava, que recuperó las características de las seis primeras. El sueño, breve, había terminado y anoche el Festival de Folklore de Cosquín volvió a las grillas largas y las presentaciones cortas.La primera parte estuvo dedicada a celebrar aniversarios redondos. Néstor Garnica y Mariana Carrizo cumplían diez años de la consagración y sin mayores fastos festejaron con buenas propuestas.Garnica fue el primero y con un par de toques de violín se ganó la atención de la plaza. En el empuje de la chacarera o en el lirismo de la zamba, Garnica puso al frente su instrumento, al que domina con una técnica que no vive sólo del encanto sachero. Invitó a Proyección Salamanca y se despidió con más chacareras y un aplauso sostenido. Buen comienzo para una noche que enseguida llamó a Mariana Carrizo, que actuó como entonces, solita con su caja, y trajo esas coplas entrañables con tono y candidez feminista.Celebró también las bondades del “pata i’ lana”, cantó maravillosamente su versión de” Qué he sacado con quererte”, de Violeta Parra, recibió un poncho coscoíno de manos de un integrante de la comisión y largó un par de coplitas más para pagar tanto afecto en forma de aplauso que bajaba de las tribunas y las plateas. La postal más sentida de la noche la dejó la Delegación de Chaco, que trajo otra vez a esta plaza a Luis Landriscina, a cinco décadas de su llegada a Cosquín con la representación de su provincia. “Hace cincuenta años era sábado y llovía”, dijo Landriscina que entró diciendo una parte de Casi gringo, el poema con el que ganó en 1964 en el rubro Presentador. Gustavo Patiño, siempre atractivo; José Ceña, de gran voz; los cordobeses Pelú Mercó y Pablo Lozano, con propuestas personales, y la ovación que despidió a “Por Siempre Tucu”, sacaron, al menos por un momento, la noche del sopor. Soledad aparecía como el número grande la noche, por eso su show ocupó casi noventa minutos intensos, en los que planteó un repertorio conocido y sin fisuras, con bailarines y una banda hecha a la medida de su acelere. El público, contento, se llevó lo que había venido a buscar. Un sábado más de peñas, hasta el alba, dio contención a los campeones de la noche. Por ejemplo, vibró con bailarines en “La callejera”, escuchó en ojotas en “El sol del Sur” y comió, bebió y sintió en “La Salamanca”. En tanto, en el escenario Atahualpa Yupanqui, Orozco-Barrientos, músicos de trayectoria, con premios ganados y producciones junto, por ejemplo, a músicos de la talla de Gustavo Santaolalla, debió esperar hasta pasadas las 5 para tocar dos temas y rápido. A las 7 Elegua sacudía las sobras de la larga noche de la plaza, que amanecía cubierta de nubarrones amenazantes. A esa hora, por San Martín, con rostros curtidos por el insomnio, vagaban los impenitentes, que se dividieron los que seguirían buscando alguna manera recuperar lo invertido y los que prefirieron desensillar hasta que aclare.





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