El trabajo independiente se convirtió en el principal motor de la expansión de la población ocupada y explicó buena parte del crecimiento de los ingresos de la economía privada entre 2023 y 2025. El fenómeno se produjo en un contexto de escaso dinamismo empresarial y retroceso del empleo asalariado, especialmente del registrado. El avance del cuentapropismo y de los empleadores inscriptos como monotributistas y autónomos aparece como principal rasgo de la evolución reciente del mercado laboral argentino.
“A pesar de representar una proporción relativamente pequeña de la estructura laboral, el trabajo independiente constituye la categoría que impulsó el crecimiento de la población ocupada, presentándose así como una alternativa frente al estancamiento del empleo asalariado registrado”, destacó un informe de la Secretaría de Trabajo.
Sin embargo, el propio estudio puso en duda que ese crecimiento pueda interpretarse automáticamente como una señal de fortaleza de la actividad económica. El trabajo independiente comprende, en buena medida, a trabajadores y empleadores de unidades productivas pequeñas, cuyos ingresos y niveles de productividad son considerablemente inferiores a los de las empresas constituidas como sociedades. La diferencia también se refleja en su aporte a la economía. En 2025, este segmento representó el 17% del Valor Agregado Bruto.
La tendencia no comenzó con el actual ciclo económico. Entre 2016 y 2025, el trabajo independiente -registrado y no registrado- creció a una tasa promedio anual del 3%, mientras que el empleo asalariado avanzó apenas 1% por año, impulsado principalmente por los puestos no registrados.
Entre 2023 y 2025, la brecha se profundizó. El trabajo no asalariado mantuvo un crecimiento medio anual del 3%, mientras que el empleo asalariado permaneció prácticamente estancado. “Esta situación implicó que la totalidad de la generación de empleo en los últimos dos años se explicara solo por el trabajo independiente”, precisó la Secretaría de Trabajo. Dentro de ese universo, el número de monotributistas aumentó 35% entre 2016 y 2025 y 7% durante 2024 y 2025.
El organismo oficial destacó que “el trabajo independiente cumplió un rol determinante en la expansión de la economía entre 2023 y 2025, al aportar 1,8 de los 2,3 puntos porcentuales de crecimiento del Valor Agregado Bruto (VAB) privado en los últimos dos años”.
Según el informe, ese desempeño respondió tanto a la mejora sostenida de los ingresos de los trabajadores independientes como a la caída de los ingresos provenientes de las empresas constituidas como sociedades y del empleo asalariado. La conclusión de la cartera laboral es que el trabajo independiente adquirió una centralidad cada vez mayor en la configuración de la actividad económica y dejó de ser únicamente una alternativa frente a la escasa disponibilidad de empleos formales.
La evolución de la última década permite dimensionar el cambio estructural. Según Luis Campos, investigador del Instituto de Estudios y Formación de la CTA-Autónoma, en los últimos diez años se crearon poco más de 3 millones de puestos de trabajo y casi el 90% correspondió a asalariados no registrados y cuentapropistas. Los datos más recientes también muestran un retroceso del empleo formal. En abril, el empleo registrado -incluyendo los sectores público y privado- cayó 0,1% mensual y 1,4% interanual.

En comparación con noviembre de 2023, antes del cambio de gobierno, la reducción alcanzó el 3,2%. Esto implica que desde entonces 329.667 trabajadores perdieron sus puestos registrados.
En sentido inverso, durante el mismo período se contabilizaron 150.158 nuevos monotributistas. El crecimiento del autoempleo se expresa en múltiples formas: vendedores ambulantes, conductores y repartidores de plataformas, trabajadores que realizan changas y personas que desarrollan actividades por cuenta propia para sostener sus ingresos. El denominado “rebusque” se convirtió así en uno de los principales medios de subsistencia para una parte de la población. Pero, en muchos casos, ese crecimiento también supone un deterioro de las condiciones laborales, la estabilidad y los ingresos.
El interrogante central es cómo transformar esa expansión del trabajo independiente en empleos de mayor calidad y en una economía capaz de generar vínculos laborales formales y sostenibles.
Tomás Álvarez, economista especializado en mercado laboral del Instituto Interdisciplinario de Economía Política (IIEP) de la UBA y el CONICET, sostuvo que “incentivar la formalización mediante el empleo asalariado privado requiere, en primer lugar, un entorno macroeconómico estable que fortalezca la confianza y el crecimiento, elementos necesarios para sostener vínculos de largo plazo como los contratos de trabajo”.
En materia legislativa, el especialista planteó la posibilidad de establecer reducciones temporales de las contribuciones patronales para nuevas contrataciones, con marcos normativos claros que protejan a los trabajadores.
También puso el foco en la fiscalización de las modalidades de incorporación al mercado laboral. Según advirtió, los mecanismos basados principalmente en la flexibilización no necesariamente se traducen en mejores puestos de trabajo, incluso dentro del universo de los asalariados registrados.
Desde el Instituto para el Desarrollo Social Argentino (Idesa), el economista Jorge Colina consideró que la reforma laboral está orientada principalmente a las empresas medianas y grandes y que ha resultado positiva para ese segmento, pero que no ofrece soluciones suficientes para las pequeñas y microempresas, que tienen menos de 10 empleados y concentran buena parte de la informalidad.
Como primera medida, Colina propone exceptuar a esas empresas de los Convenios Colectivos de Trabajo, al considerar que los salarios establecidos en esas negociaciones pueden resultar elevados para su capacidad de pago.
En ese sentido, plantea que las micro y pequeñas empresas puedan registrar a sus trabajadores con el Salario Mínimo Vital y Móvil, que actualmente se ubica en $376.600.
El salario acordado podría luego ser superior, dado que ese monto resulta insuficiente para cubrir los gastos mensuales de una familia. La diferencia entre ingresos y costo de vida queda reflejada en algunos valores de referencia: la canasta de servicios en el AMBA alcanza los $295.826, mientras que alquilar un monoambiente en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires cuesta, en promedio, $755.935.
Como segunda medida, Colina propone establecer un mínimo no imponible sobre la masa salarial para calcular las contribuciones patronales. De ese modo, las cargas solo serían exigibles cuando la masa salarial supere un determinado umbral, que el especialista ejemplifica en $10 millones.
Nuria Susmel, economista de FIEL, sumó otra mirada al debate. Según explicó, cuando la carga impositiva y la baja productividad impiden alcanzar niveles de rentabilidad suficientes, las empresas pueden cerrar o pasar a la informalidad.
Desde esa perspectiva, reducir los impuestos al trabajo o mejorar la eficiencia productiva permitiría avanzar simultáneamente hacia una mayor formalidad y una mejor recaudación.
El crecimiento del trabajo independiente expone así una de las principales tensiones del mercado laboral argentino. Por un lado, el cuentapropismo y el monotributo fueron prácticamente los únicos ámbitos capaces de generar nuevos puestos de trabajo en los últimos años. Por otro, su expansión se produce en un contexto en el que la economía formal pierde empleo y las pequeñas unidades productivas enfrentan dificultades para contratar.
La cuestión central ya no parece ser únicamente cuántos puestos de trabajo se crean, sino qué tipo de empleo está generando la economía.
Porque si la mayor parte de los nuevos trabajadores debe convertirse en su propio empleador para sobrevivir, el crecimiento del empleo puede ocultar una realidad menos alentadora: una economía que genera ocupación, pero cada vez tiene más dificultades para generar trabajo estable, productivo y formal.






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