Patricia Couceiro
Máster en Constelaciones
Whatsapp 3764-829015
Hay momentos en la vida en los que el dolor deja una huella tan profunda que cambia nuestra forma de estar en el mundo. No se trata simplemente de haber sufrido, sino de cómo ese sufrimiento se instala en la memoria emocional y empieza a condicionar nuestras decisiones. Muchas personas no se cierran al amor porque no lo deseen. Tampoco porque hayan dejado de creer en él. Se cierran porque recuerdan. Porque el dolor vivido se vuelve más fuerte que la posibilidad de volver a sentir algo distinto.
Así, sin darnos cuenta, el miedo comienza a ocupar un lugar central. Miedo a volver a equivocarse. Miedo a confiar. Miedo a abrirse y quedar expuestos otra vez. Entonces aparece un mecanismo de defensa: cerrarse. Levantar barreras. Controlar. Evitar. Todo parece tener sentido en nombre de la protección. Pero lo que empieza como una forma de cuidarnos, con el tiempo se transforma en un encierro. Y ahí se configura un círculo silencioso: evitamos el dolor, pero también evitamos la vida. Nos alejamos de lo que podría lastimarnos… pero también de lo que podría sanarnos.
En ese proceso, ocurre algo aún más profundo: empezamos a confirmar una idea interna -muchas veces inconsciente- de que el dolor es lo único seguro.
Pero ¿y si en lugar de perpetuar ese dolor pudiéramos hacer algo distinto? ¿Y si en medio de la crisis apareciera una pequeña conciencia, una pausa, un instante de lucidez que nos permitiera decir: “ah, por ahí no es”?
Esa simple frase puede cambiarlo todo. Porque en lugar de cerrarnos, nos invita a preguntarnos: ¿entonces, por dónde sí es? Y en esa pregunta se abre un mundo.
Se activa la imaginación, vuelven a aparecer los sueños, se despierta la capacidad de transformarnos. Dejamos de repetir y empezamos a crear. Dejamos de reaccionar y comenzamos a elegir.
La pregunta no exige una respuesta inmediata. No busca perfección. Lo que hace es habilitar movimiento, abrir posibilidades, devolvernos protagonismo. Tal vez el dolor vino a mostrar un límite, pero no a definir el camino completo. Y es ahí donde algo se reordena internamente: comprendemos que no estamos condenados a repetir la historia, que siempre existe un margen -aunque sea pequeño al principio- para elegir diferente. Porque sí, el dolor existe. Pero también existe la capacidad de resignificarlo.
Y desde ahí, poco a poco, podemos volver a abrirnos, no desde la ingenuidad, sino desde una conciencia más profunda. No para evitar el miedo, sino para no dejar que sea él quien decida por nosotros.






Discussion about this post