En Argentina, casi el 86% de las personas que poseen Certificado Único de Discapacidad (CUD) por Trastorno del Espectro Autista (TEA) tiene entre 0 y 14 años, de acuerdo a los últimos datos que difundió la Sociedad Argentina de Pediatría en la previa al Día Mundial de Concientización sobre el TEA.
El porcentaje no es menor y para la licenciada en psicopedagogía Fernanda Pedrozo, que dirige el Equipo Terapéutico Educar, expone una realidad que tiene su correlato en las aulas, ya que cada vez son más los equipos e instituciones escolares que buscan alternativas pedagógicas para seguir enseñando de manera inclusiva.
Sin embargo, el dato también da cuenta del camino que falta recorrer para un grupo muy subdiagnosticado, las personas adultas, y un escenario futuro aún muy poco discutido. “En el imaginario social todo está más relacionado con el niño con autismo, pero hay que saber que esos niños van a crecer y van a ser ciudadanos, porque se van a incluir en la sociedad, no solo a nivel educativo”, evaluó en diálogo con PRIMERA EDICIÓN.
Por eso, la profesional planteó que es necesario ampliar el concepto. “El foco siempre lo ponemos en un solo grupo. Cuando hablamos de inclusión, no hay que quedarse exclusivamente en el niño y en la inclusión educativa porque cualquiera de nosotros, como ciudadanos, necesitamos tener acceso a un montón de cosas. Deberíamos pensar en la accesibilidad de toda la población”, completó Pedrozo.
Inclusión en versión extendida
El hecho de que los diagnósticos de TEA lleguen en su mayoría durante los primeros años de vida explica que en el imaginario social la condición se asocie a esa etapa de la vida y, por lo tanto, que en las aulas esté presente en apoyos y adaptaciones de docentes y equipos terapéuticos. Ese trabajo en equipo es el que, para Pedrozo, creció en los últimos años.
“Hoy hay muchísimas estrategias, se usan agendas y soportes visuales, se trabaja con la escuela para que se puedan anticipar actividades fuera del aula también”, describió.
Pero en su opinión, es importante empezar a ampliar ese concepto, porque el avance educativo convive con barreras. Para Pedrozo, las más importantes están fuera del aula y se hacen evidentes en el día a día: leer un cartel, hacer una compra o atenderse en un hospital.
Por eso, opinó que el norte debe estar puesto en que “un ciudadano independientemente de sus características, pueda ejercer sus derechos libremente en cualquier espacio”, pero también en empezar a pensar el TEA como un diagnóstico posible en otras etapas de la vida.
El resultado sería una mejora en la calidad de vida, pero también en las políticas públicas que generen un entorno más amigable para las nuevas generaciones con TEA.
“Hay personas dentro del espectro autista que son adultos y deberían ser los primeros en ser escuchados cuando se diseñan políticas públicas, porque pueden participar de manera activa como cualquier ciudadano. Podemos modificar el entorno para que los niños que están dentro del espectro, cuando crezcan y sean ciudadanos, puedan ejercer su derecho como cualquiera de nosotros, sin barreras”, concluyó Pedrozo.
Diseñar alternativas
Pensar la inclusión por fuera del aula implica intervenir en los espacios cotidianos. En Posadas, una de esas experiencias fue el diseño de señalética accesible, a cargo del equipo Educar y las fundaciones F.T. Misiones y Ñande Reko Ha.
Gracias a esa propuesta, comenzaron a incorporar pictogramas en distintos espacios, como edificios del Poder Legislativo, hospitales, e incluso la vía pública, para facilitar la orientación y la comunicación.
Pedrozo explicó que “esto tiene que ver con que una persona pueda orientarse en el espacio de manera independiente” y que la propuesta contempla a personas dentro del espectro autista, pero también a quienes tienen dificultades en la lectura, niños, adultos mayores o personas que no conocen el idioma.







