El mundo de la animación no es el mismo desde aquel 22 de marzo de 2001, fecha en la que fallecía a los 90 años William Hanna, la mitad del dúo creativo más prolífico de la era dorada de los dibujos animados.
Al cumplirse un cuarto de siglo de su partida, su impacto no solo permanece intacto, sino que sigue siendo la base sobre la cual se construye el entretenimiento familiar en muchos hogares de Estados Unidos y el mundo.
La historia de Hanna es inseparable de la de su socio, Joseph Barbera. Se conocieron en la MGM a finales de la década de 1930. Mientras que Barbera era el dibujante experto y el hombre de los “gags”, Hanna era el maestro del ritmo, el “timing” cómico y la dirección técnica.
Su primera colaboración fue un rotundo éxito: un gato y un ratón que, bajo los nombres de Tom y Jerry, ganarían siete premios Óscar. Aquellos cortos no solo demostraron una técnica de animación impecable, sino una coreografía de la violencia slapstick que elevó el género a la categoría de arte.
Tras el cierre del departamento de animación de MGM en 1957, el dúo fundó Hanna-Barbera Productions. Fue aquí donde William Hanna mostró su genialidad estratégica. Con presupuestos mucho más reducidos que los del cine, perfeccionó la técnica de la animación limitada.

“No podíamos hacer los movimientos fluidos de Disney, así que nos enfocamos en el diseño de personajes y en diálogos brillantes”, definió. Y esta filosofía permitió inundar la televisión con clásicos que hoy son parte del ADN cultural: Los Picapiedra (primera serie animada en horario estelar), Los Supersónicos (una visión galáctica que aún hoy define nuestra estética futurista), Scooby-Doo (el perro torpe y temeroso que ha cautivado a generaciones de niños), el Oso Yogi (maestro del carisma y el ingenio verbal) y Don Gato, entre otros.
Más allá de los dibujos, el legado de Hanna reside en su capacidad para humanizar a los animales y caricaturizar la vida cotidiana de la clase media con una calidez inigualable. Sus personajes no envejecen; se adaptan. Desde los reboots modernos de Vilma hasta las nuevas películas de Tom y Jerry, el espíritu de William sigue vivo.
Hoy, al recordar su fallecimiento, no lamentamos una pérdida, sino que celebramos la inmensa alegría que sus “muñequitos” siguen regalando a millones de hogares. William Hanna no solo dibujó el siglo XX; nos enseñó que, sin importar la edad, siempre hay espacio para una buena persecución y una carcajada sincera.









