Myrian Vera y Juan Carlos Marchak, enviados especiales
El pueblo de Puerto Libertad duele. Allí la exuberante selva misionera del área Cataratas cede paso a la uniformidad del pino. La realidad, en palabras del coordinador del Movimiento sin Tierra, Darío Araujo, se describe con una metáfora tan visual como desgarradora: “Libertad es un corral de pinos, un pueblo chiquito, ahogado, asfixiado por Arauco”.
Araujo, vecino de mediana edad y referente de la agricultura familiar vivió en carne propia la mutación de una región que pasó de la abundancia del obraje a la incertidumbre del monocultivo.
“Me tocó ver cómo toda la gente de 50 años para arriba quedaba sin trabajo en ese momento que Arauco compra el aserradero y hubo un profundo cambio porque se venían las máquinas que reemplazaban hasta a diez motosierristas por turno”, relató con amargura en el patio de su casita cercada por coníferas, donde los limoneros y naranjos no tienen hojas verdes sino que crecen con un extraño color… “Si usted se fija en toda esta región ya no hay desarrollo para los cítricos”, remarcó y mostró el limonero.
“Acá las plantas crecen negras y los frutos no sirven, todas nuestras plantaciones se ven afectadas”, afirmó.
Lo que antes era trabajo manual de carpidas y macheteadas fue sustituido por el químicos: “Esa actividad también fue desplazando un montón de gente del sistema laboral de la región”.
“La crisis no es solo de paisaje, sino de sustento, porque barrió con los oficios tradicionales”, fue su testimonio.
Según el campesino, este cambio traído por la papelera tuvo impacto directo en el tejido social, ya que la falta de oportunidades provocó un desarraigo sistemático de la juventud.
“De mi generación de secundario tengo una sola compañera que quedó en el pueblo… la mayoría se tuvo que ir, incluyéndome”, lamentó tras señalar que el destino de quienes emigraron forzadamente fue la marginalidad en las grandes ciudades.
Con el tiempo, el campesino volvió y lideró movimientos que entraron en tensión con la multinacional por la propiedad de la tierra, que llegó incluso a los tribunales, con denuncias sobre la legitimidad de los títulos corporativos. Con respecto a este punto, el hombre recordó el conflicto en Nueva Libertad, donde la empresa reclamaba lotes con documentos que generaban sospechas.
“Planteamos que no era un título válido, no podía ser nunca que una persona que había muerto le hubiera vendido un lote después de muerto”, rememoró. A pesar de que la compañía alegó un “error de tipeo”, para los campesinos es una muestra más del poder asimétrico al que se enfrentaron, pero que ganaron con organización.
“El daño lo costea la gente común”
El impacto más sombrío es, sin duda, el sanitario. Los habitantes conviven con olores persistentes y “nubes de polen que enferman a los más pequeños. Cuando florece el pino, todos los chicos acá del barrio se enferman…, pero a la salita de salud ellos no aportan nada, por ahí vienen, aportan una curita o una vendita”.
Para la gente del lugar hay sospechas más graves que una alergia estacional. “Cáncer” es una palabra frecuente en Libertad. “Mi padre murió de cáncer de pulmón… sospechamos que se debe a eso. No hay un estudio que lo avale, pero el porcentaje de enfermos es muy alto en nuestra región”, advirtió.








