La caída del poder adquisitivo empieza a sentirse con fuerza en la mesa de los trabajadores. Así lo indica un informe del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA) que señala que más de ocho de cada diez asalariados enfrentan algún grado de inseguridad alimentaria. El trabajo realizado por el Observatorio abarcó a 1.171 empleados y las conclusiones revelan que más de la mitad se saltea alguna comida y el 65% consume alimentos de menor calidad nutricional, una tendencia que preocupa por sus consecuencias en la salud.
La licenciada en Nutrición Florencia Córdoba analizó en su columna semanal en FM 89.3 Santa María de las Misiones el impacto de este fenómeno y advirtió que detrás de los números aparece una problemática creciente: la inseguridad alimentaria entre trabajadores que tienen empleo pero no logran sostener una dieta adecuada.
“Lo que revela este informe es que los trabajadores hoy están atravesando inseguridad alimentaria entre leve y moderada, sobre todo en sectores jóvenes y en muchas mujeres”, explicó.
Cuando el bolsillo decide qué se come
Según detalló la especialista, la inseguridad alimentaria tiene distintos niveles. El primero aparece cuando las personas comienzan a reemplazar alimentos por otros de menor calidad nutricional para abaratar costos.
“Por ejemplo, pasa mucho con el yogur: el yogur real es más caro y muchas veces se termina comprando una bebida láctea que parece yogur, pero tiene menos nutrientes. Lo mismo ocurre con el queso rallado, que muchas veces se reemplaza por productos mezclados con harina o almidón”, señaló Córdoba.
Este escenario, que puede parecer menor, es el primer indicador de deterioro alimentario. “Eso es una inseguridad alimentaria leve. El problema empieza a profundizarse cuando la persona se saltea comidas para poder sostener la economía del hogar”, agregó.
El sacrificio silencioso dentro de los hogares
El informe también expone una realidad frecuente en muchas familias: adultos que dejan de comer para que los chicos sí lo hagan. “Lo moderado es cuando alguien empieza a saltearse una comida. Pasa mucho en hogares donde hay una persona a cargo, que decide no cenar para que los niños puedan comer”, explicó la nutricionista.
En Argentina, señaló, esta situación aparece con frecuencia en hogares monomarentales, donde mujeres sostienen solas la crianza.
“En muchos casos, cuando no alcanza la comida, las madres prefieren saltearse ellas la comida para que los demás miembros de la familia puedan alimentarse”, sostuvo.
Entre las comidas del día, el almuerzo cumple un rol fundamental en el funcionamiento del organismo. “El almuerzo nos da la energía necesaria para el resto del día: volver al trabajo, llevar a los chicos a la escuela o realizar actividad física. Por eso saltearse el almuerzo tiene un impacto mayor que reducir la cena, que puede ser más liviana”, explicó Córdoba.
Consecuencias invisibles en la salud
Las secuelas de una mala alimentación no siempre se ven de inmediato. En muchos casos aparecen en forma silenciosa.
“En el corto plazo puede haber pérdida de peso, pero también lo que llamamos desnutrición oculta, que recién se detecta en análisis de laboratorio”, explicó.
Entre los problemas más frecuentes aparecen:
- Anemia por falta de hierro
- Déficit de vitaminas y minerales
- Cansancio y menor capacidad de concentración
“El hierro es clave para poder pensar, aprender y no estar fatigados. Si una persona tiene anemia, su rendimiento laboral y cognitivo disminuye notablemente”, señaló.
A largo plazo, el deterioro puede ser aún mayor.
“Se van perdiendo reservas nutricionales y puede aparecer descalcificación ósea, osteoporosis e incluso problemas de fertilidad en personas jóvenes”, advirtió.
La dieta del apuro: mate, galletitas y harinas
Otro fenómeno cada vez más común es la alimentación basada en productos baratos y de rápida disponibilidad. “Cuando la dieta se reduce a mate, galletitas o harinas, el organismo empieza a volverse deficitario en muchos nutrientes”, explicó Córdoba.
Por eso recomienda un principio simple: cuantos más colores tenga el plato, más nutrientes se incorporan. “Cada color representa distintos nutrientes. La vitamina A está en los alimentos naranjas, la C en los rojos, la E en los verdes. Cuanto más colorido sea el plato, más completo es”, indicó.
Al deterioro económico se suma el ritmo de vida acelerado, que también afecta la forma de comer. “El estrés puede hacer que comamos sin registrar lo que ingerimos. En pocos minutos una persona puede mezclar alimentos muy distintos, como un pancho, un alfajor y una gaseosa, sin tomar conciencia”, explicó.
En otros casos ocurre lo contrario, ya que hay personas que por estrés directamente pierden el apetito y dejan de comer, lo cual también es perjudicial.
Comer bien también es un derecho
Más allá de las modas alimentarias como el ayuno intermitente, Córdoba remarcó que el problema central no es una elección dietaria sino una limitación económica.
“Cuando el ayuno es voluntario debe hacerse con control nutricional. Pero cuando alguien no come porque no tiene para comer, estamos ante un problema social”, sostuvo.
La profesional finalizó su columna en el programa El Aire de las Misiones con una advertencia contundente: “Nosotros necesitamos los alimentos para vivir: para respirar, para pensar, para que el corazón lata. La alimentación adecuada no es un lujo, es un derecho básico”.




