En pleno barrio Pindapoy, a escasos kilómetros del municipio de San José, un grupo de vecinos permanece firme en su proyecto de volver a poner en movimiento el espíritu comunitario, que históricamente caracterizó a toda la zona, con miras a convertirla en un nuevo municipio misionero.
El proyecto, todavía “en pañales”, porque primero hay varios pasos a cumplir, ya se encuentra moldeando el espíritu identitario de la comunidad y la mejor forma que hallaron fue mediante el newcom, un deporte de bajo impacto que fomenta la actividad física, la coordinación y la socialización.
Si bien tomó bastante tiempo lograrlo, lo cierto es que los lugareños se organizaron, crearon un nuevo equipo que no solo los representa en las ligas locales sino que ya han cosechado varios logros, lo cual “fortalecer la identidad local a través del deporte”, dijo a PRIMERA EDICIÓN Mario Rivas, presidente de la Comisión Vecinal y de Fomento Pro Ayuda del barrio Pindapoy.
“La iniciativa surgió hace aproximadamente un año y medio de la mano de Ivonildo Golar, un vecino recientemente jubilado quien observó un problema cotidiano: el playón deportivo del barrio estaba prácticamente vacío”, prosiguió.
Según contó el hombre, el espacio había sido levantado con la idea de ser un punto de encuentro para toda la gente de la comunidad, pero venía siendo utilizado apenas por algunos chicos y permanecía inactivo la mayor parte del tiempo.
“A partir de esa inquietud, Golar decidió impulsar un grupo deportivo que permitiera recuperar el espacio y devolver ese sentido de pertenencia a los vecinos. El primer intento avanzó algunos pasos, pero luego se dispersó. Sin embargo, a fines del año pasado el proyecto volvió a tomar impulso gracias al trabajo conjunto con la vecina Rosemary Lastiri, quien dicta clases de zumba en la escuela del barrio”, amplió.
Con ese nuevo empuje comenzaron a sumarse vecinos de Pindapoy e incluso también de San José. Así nació el incipiente club deportivo que hoy se identifica con un lema simple pero poderoso: “Somos Pindapoy”.
Compartir y competir con la impronta “naranja”
Actualmente el grupo reúne a un número creciente de participantes y se organiza en dos grandes líneas de actividad: por un lado, el equipo “de competición” que aspira a seguir cosechando logros en competencias deportivas en las ligas locales y provinciales; por el otro, un grupo orientado a la recreación, el encuentro social y el cuidado de la salud.
La propuesta de practicar newcom, explicaron sus impulsores a este Diario, “busca algo más que un resultado deportivo, ya que pretendemos generar un espacio de pertenencia para vecinos que comparten una historia común y de esa forma poder abrazar entre todos el proyecto de la municipalización, ya que es una de las cosas que nos unifica”, aseguró Rivas. No obstante, el dirigente barrial resaltó durante toda la nota que “la iniciativa no surge en el vacío, Pindapoy tiene una larga tradición de instituciones nacidas del esfuerzo vecinal. El barrio comenzó a consolidarse como comunidad organizada a comienzos de los años ‘60, cuando se impulsó el loteo de unas siete mil hectáreas para la creación del pueblo. A partir de entonces comenzaron a surgir instituciones que estructuraron la vida social del lugar: la estafeta postal, el Club Social y Deportivo Pindapoy, la iglesia Don Bosco, cooperativas y distintas organizaciones comunitarias”, amplió Rivas quien también es profesor de Historia.
Por último el vecino y dirigente aseguró que si bien, la zona creció en torno a la actividad citrícola y al ferrocarril, lo que convirtió al lugar en un polo de trabajo y desarrollo. Pindapoy se desarrolló precisamente alrededor de esa estación y de la producción citrícola, que le da identidad.

“Una manera particular de reconocernos entre vecinos”
Si bien el deporte -y mucho más los logros en común- funciona como excusa para algo más profundo como es generar espacios de encuentro y proyectar un futuro municipio, “si hay algo que define nuestra identidad es nuestra manera particular de reconocernos entre vecinos”, remarcó Mario Rivas.
“Acá, en Pindapoy, los nombres propios quedan en segundo plano. Lo habitual es que cada persona tenga un apodo”, señaló tras argumentar que”no hay nada más identitario que eso”.
De acuerdo a su relato, la tradición se remonta a los tiempos de la empresa citrícola, allá por los años 1960 cuando llegaban mayores y nuevos trabajadores, algunos vecinos se encargaban de bautizarlos con sobrenombres que luego quedaban para siempre.
“Con el tiempo esos apodos pasaron a los hijos y hasta a los nietos. Así, las familias terminaron siendo conocidas por sobrenombres que forman parte de la identidad del lugar”, amplió.
Y luego aseguró que “lejos de resultar ofensivo, recibir un apodo es considerado casi un ritual de pertenencia. Cuando te ponen un sobrenombre, es porque ya sos de Pindapoy”, remarcó.






