Ya son varias las provincias en las que cada vez más escuelas están tomando la decisión de poner límites al uso del celular durante la jornada escolar. En algunos casos, los teléfonos quedan guardados durante la clase; en otros, directamente no se permiten. Pero en todos los casos la medida tiene que ver con una preocupación creciente entre docentes y directivos: sostener la atención en el aula se volvió más difícil desde que la pantalla está siempre al alcance de la mano.
Misiones es una de las provincias donde ya se implementan medidas para regular el uso del celular. El año pasado se formalizó en varias escuelas de gestión privada y este año marcó el primer antecedente en el sistema público provincial, en el BOP 5 de Candelaria, que incluyó la restricción en su acuerdo de convivencia escolar.
Laura Lewin, reconocida especialista en educación y formadora docente, dialogó con PRIMERA EDICIÓN acerca de esta nueva estrategia que, a su juicio, es un buen primer paso para recuperar espacios de concentración plena y aprendizaje en las aulas, pero que no debe agotar el debate sobre cómo debe encarar el sistema educativo la etapa de transformaciones que plantea la tecnología.
Desde su mirada, ¿qué está pasando hoy en las escuelas con el uso del celular?
En el aula pasa algo muy evidente: la atención se corta todo el tiempo. El celular introduce estímulos permanentes, como notificaciones, mensajes, redes sociales, que compiten directamente con la tarea de aprender. Cada vez que un estudiante mira el celular, aunque sea unos segundos, el cerebro cambia de foco y tarda en volver a concentrarse. Eso fragmenta el pensamiento y dificulta sostener procesos de aprendizaje más profundos.
Muchas instituciones sienten que, si no ponen un límite claro, el aula pierde condiciones básicas para trabajar. Sin atención, no hay aprendizaje.
¿Esta medida responde a una necesidad pedagógica real o es una reacción frente a un problema más profundo?
Hay algo de las dos cosas. Por un lado, existe una necesidad pedagógica real: recuperar condiciones de atención en el aula. Pero al mismo tiempo esta medida también muestra que todavía estamos tratando de entender cómo convivir educativamente con tecnologías que avanzaron mucho más rápido que las reglas escolares. La escuela no fue pensada para convivir con dispositivos que capturan atención constantemente. Entonces, en muchos casos, la restricción aparece como una forma de recuperar cierto orden mientras se busca una respuesta pedagógica más profunda.
¿Cuáles son los resultados una vez que se implementa la restricción de celulares?
En primer lugar, aumenta la atención durante las clases porque disminuyen las interrupciones. En segundo lugar, aparece más interacción cara a cara entre los estudiantes: hablan más entre ellos, participan más en clase y se conectan más con lo que está pasando en el aula. También se reducen conflictos vinculados con redes sociales durante el horario escolar. No es una solución mágica, pero muchas instituciones notan una mejora en el clima de trabajo.
¿Considera que el problema es el dispositivo en sí?
El problema no es solamente el dispositivo. El celular es una herramienta muy poderosa, pero lo que muchas veces falta es educación para su uso. Los chicos reciben tecnología muy avanzada, pero casi nunca reciben formación sistemática sobre cómo gestionar su atención, cómo poner límites al uso o cómo evitar que el dispositivo se convierta en una distracción permanente. Entonces el tema no es solo el celular, sino la ausencia de aprendizaje sobre el uso responsable de la tecnología.
¿Cómo puede reencontrar la escuela su lugar como formadora?
La escuela tiene que encontrar un equilibrio. No puede ignorar la tecnología porque forma parte de la vida cotidiana de los estudiantes. Pero tampoco puede renunciar a proteger espacios de concentración y pensamiento profundo. Aprender implica detenerse, pensar, equivocarse, volver a intentar. Si todo ocurre en un entorno de estímulos constantes, ese proceso se debilita.
¿Los docentes están preparados para convivir a nivel pedagógico con la tecnología? La situación es bastante diversa. Hay docentes que han incorporado muy bien la tecnología como herramienta pedagógica y la utilizan para investigar, producir o crear. Pero también hay muchos que sienten que el celular compite con la dinámica de la clase. No porque el docente no se esfuerce, sino porque el dispositivo ofrece estímulos rápidos, visuales y permanentes que capturan la atención de manera muy efectiva. El desafío no es solo técnico, sino pedagógico: cómo enseñar en un contexto donde la atención está permanentemente disputada.
¿Qué aprende un estudiante cuando la principal respuesta adulta es la prohibición?
Si la única respuesta adulta es prohibir, sin generar conciencia sobre por qué se prohíbe o regula el uso del celular, el aprendizaje sobre el uso responsable queda incompleto. Los chicos necesitan comprender por qué el uso excesivo puede afectar la atención, el descanso o la convivencia. Cuando la escuela combina reglas claras con conversaciones abiertas sobre tecnología, bienestar digital y gestión de la atención, el aprendizaje es mucho más significativo. No se trata solo de restringir o prohibir, sino de ayudar a desarrollar criterio.
¿Es justo exigirle a la escuela que compita con dispositivos creados para captar atención?
No creo que sea una competencia. Es más una realidad. La tecnología vino para quedarse. Las aplicaciones y redes sociales están diseñadas por equipos especializados en captar y sostener la atención de los chicos, en este caso, y de los usuarios, el mayor tiempo posible. Utilizan notificaciones, recompensas inmediatas y contenidos breves que generan un ciclo constante de estímulo. Pretender que una clase tradicional compita directamente con eso es muy difícil. Por eso el desafío no es competir, sino construir espacios de aprendizaje donde el pensamiento tenga otras reglas y otros tiempos. Este escenario nos obliga a repensar la enseñanza y a crear experiencias de aprendizaje. El aula más que un salón de conferencias debe ser un laboratorio de experimentación.
¿Hay estrategias alternativas a la prohibición total?
Existen alternativas intermedias que muchas escuelas están explorando. Algunas instituciones trabajan con celulares guardados durante la mayor parte de la clase y los habilitan solo para actividades específicas. Otras establecen momentos claros de uso pedagógico y momentos de desconexión. También hay escuelas que crean acuerdos de convivencia digital con los estudiantes. Buscan algo importante: no negar la tecnología, pero sí enseñar a usarla con criterio dentro de un marco claro.
Cuándo, cómo y para qué usarlo
En el aula, el efecto más visible de los celulares sin propósitos pedagógicos claros es la interrupción constante de la atención, pero en realidad afectan de lleno las dinámicas de aprendizaje.
Lewin diferenció que “para aprender necesitamos períodos de concentración sostenida que permitan comprender, relacionar ideas y consolidar la información”. Eso no ocurre cuando el celular está cerca, sin un objetivo claro.
Como resultado, el aprendizaje en las aulas se vuelve más frágil y superficial. Además, la sobreestimulación tecnológica puede generar trastornos cognitivos, por lo que “a los chicos les cuesta más concentrarse y engancharse con las propuestas del aula”, indicó la especialista.
Por lo tanto, el desafío supera al dispositivo: está en saber definir cuándo, cómo y para qué usarlo.
“Cuando el debate se plantea solo como ‘prohibir o permitir’, se simplifica demasiado el problema. La discusión real es más profunda: cómo la tecnología está transformando la forma en que prestamos atención, cómo nos vinculamos y cómo procesamos la información. En la escuela no es solo una cuestión de dispositivos, sino de cómo se reorganiza la experiencia de aprender”, planteó Lewin.









