Desde 2018, el Aula Satélite Nº3 de la Escuela N° 426 “Nicolás Avellaneda”, de Tarumá, está ubicado en el paraje San Jorge de Caraguatay, por Ruta Provincial N° 212. A ella asisten los niños de la Aldea Yacá Porá -Arroyo Lindo-, cuyo cacique es Alberto Silva. El establecimiento emerge en una naturaleza prodigiosa, donde el verde manto predomina, haciendo lucir la celeste y blanca bandera argentina que es izada con orgullo todos los días por los 26 alumnos, junto a su maestra Elizabeth Yvonne Buckmayer. De esos chicos, dos son hijos de colonos y los demás niños son guaraníes de la Aldea Yacá Porá, seres buenos de luz, amables y respetuosos.
Cuando Elizabeth se recibió de maestra, en Delegación Escolar le ofrecieron muchos cargos, pero como San Jorge pertenece a Caraguatay, aceptó ese, ya que su domicilio está allí en el kilómetro 8, desde 2012.
Al paisaje también lo adornan los majestuosos cerros y una variedad de animales como coatíes, tucanes, monitos, carpinchos -de los que dos ejemplares son mascotas de la aldea- muy mimados, por lo que de vez en cuando entran al aula embarrados y hay que sacarlos afuera con ayuda de los niños. Elizabeth pudo sentir una vez la presencia del yaguareté, que también es dueño de esos lugares, haciendo eco con algún rugido en las noches serenas de Yacá Porá. Entre los alumnos se encuentra su hija, llamada Samira, que disfruta junto a los demás niños, de una sana amistad.

Todos alejados de la tecnología, sus mentes inocentes no conocen el mundo fuera de la aldea. En la escuela se escribe, se leen libros, en los recreos se juega a la cuerda, a la mancha escondida, en la hamaca, etc.
Al principio, los caminos eran intransitables, varias veces la maestra quedó estancada con su auto, tuvo que pasar la noche durmiendo en el vehículo con su pequeña niña. Otras veces, al finalizar la jornada laboral debió salir al camino atravesando monte y capuera, caminar con su hija, sus libros y cuadernos para corregirlos en casa, anhelando pase algún colono con tractor o auto que las lleve hasta cerca de su casa en Caraguatay.
Hasta ahora, la escuela es totalmente de madera, hay un aula que no se puede ocupar porque no está en condiciones, entonces la maestra debe dar clases en un solo salón a alumnos desde Jardín hasta séptimo grado, con varios pizarrones. En tiempo de lluvia es muy difícil el acceso, por ser camino de tierra. En varias ocasiones, el viejo puente del Paranay quedó bajo agua debido a la creciente del arroyo, y Elizabeth debía volver a la escuela para quedarse allí, sin poder regresar a su hogar hasta que bajen las aguas. La escuela y el camino están rodeados de montes tupidos con malezas y una fauna realmente maravillosa, llamativos tucanes pintan el verde de la selva con su colorido plumaje.
Para la maestra, los días transcurren con la rutina lejos de su hogar, cada día hace pan y tortas fritas con ayuda de alguna mamá de los chicos colonos, que alivian sus varios quehaceres. Se les sirve la leche, sola o con mate cocido, y un pedazo de pan, a cada niño, que espera con mucha ansiedad.

Para cubrir algunas carencias, se junta dinero haciendo venta de locro, entre otras actividades, para la compra de ventiladores. La escuelita tiene muchas necesidades, como una galería cubierta que los proteja más en los días de lluvia, chapas, pintura para renovar el color de las paredes, algunos cubiertos, libros y en especial un edificio más grande de material con mayores comodidades… pero no les falta amor ni dedicación. Hay respeto y solidaridad entre alumnos, maestra y familias guaraníes que cultivan la paz y la palabra en sus hogares y el predio de la escuela que tanto aman.
En una época, el baño era una letrina, en la que había abejas y avispas. Con eso había que arreglarse, hasta que una niña cayó dentro, recién entonces se construyó el baño de material. La maestra tiene un sueño, y es que se construya una escuela nueva, de material, primaria y secundaria, para lo cual ya tienen el terreno donado, para que los niños puedan seguir estudiando. Aunque algunos que egresan siguen en la Escuela de la Familia Agrícola (EFA) de Caraguatay. Elizabeth ama su lugar de trabajo, ama la escuela, ama a los niños que son muy obedientes y respetuosos. Cada día se esmera y trabaja con amor y empatía para brindarles lo mejor, ya que considera a sus alumnos como hijos a los que ayuda en todo lo que puede, más allá de la labor en el aula. Trabaja en un lugar donde predomina la tranquilidad, qué más puede pedir. Para ella, nada, pero si tuviera que pedir, pediría para sus alumnos: que en el día a día se forjen las bases para que puedan continuar estudiando lo que ellos decidan, que eleven su autoestima, valoren su cultura y puedan mejorar su calidad de vida y la de su comunidad.
Por Claudia Estela Anders .Trabajo presentado en la 24° Jornada de Historias de vida de Montecarlo y la Región, 10 de mayo del 2025








