La posadeña Elia Notario (58) y el pampeano Miguel Ángel Acebal (59), se conocieron el 3 de agosto de 1985 durante el viaje de egresados a San Carlos de Bariloche, y comenzaron un camino que lleva casi 40 años a la par. Y lo que pudo haber sido una “aventura de invierno”, se afianzó con el paso de los años, perdura, y es ahora testimonio para otros matrimonios que apuestan al amor y, como ellos, deciden elegirse día a día.
La exalumna de la Escuela Normal Mixta “Estados Unidos del Brasil” y el egresado de la ENET 1 de General Pico, decidieron establecerse en la provincia de La Pampa, donde desarrollan sus profesiones y donde nacieron sus hijos: Marcos Sebastián y Paulo Leonel, padre de sus nietas Pilar (4) y Sara (5 meses).
Expectante por conocer la nieve, la delegación misionera había viajado en una unidad de la empresa “Eldorado” y se hospedó en un residencial cercano a la catedral y a la costanera del lago Nahuel Huapi.
Un día después arribó la delegación pampeana y enseguida surgió la camaradería. Miguel recordó que esa tarde “estuvimos paseando, fuimos al Cristo de Lata y tomamos mates. Nos pusimos de acuerdo y nos encontramos en el primer boliche que era Feet Up. La saqué a bailar con el tema de Miguel Mateos ‘Tira para arriba’, que siempre recordamos. Al salir del boliche, entrada la madrugada, salimos a caminar por la costanera, solos, en una noche despejada de luna llena que reflejaba en el lago. Sentados sobre una piedra, nos dimos el primer beso”.
Elia agregó que, al día siguiente, el chico, de quien se enamoró “por el humor que lo caracteriza, por ser muy honesto sincero”, fue a esperarla al hotel, donde se presentó con un ramo de flores, “buscando a la misionera de cabello corto, con la que había salido la noche anterior, porque no recordaba mi nombre”.
Pasaron una semana “espectacular” pero llegó el día de la despedida a la que ambos calificaron como “muy dolorosa. Nos separaban dos mil kilómetros de distancia y las condiciones para ponernos de novios no eran las mejores”. Cada uno volvió a su tierra y la comunicación siguió vía telefónica con fichas de larga distancia, al punto que Elia aprendió a “pinchar” los teléfonos para poder hablar un poco más tiempo de forma gratuita ya que significaba un costo importante llamar desde Posadas. En esa época, muy pocas familias tenían acceso a un teléfono fijo domiciliario. “Molestaba a alguno de mis vecinos de Villa Sarita para que Miguel me pudiera llamar”, dijo. También se escribían cartas “que guardamos como un tesoro”. Miguel comenzó a trabajar con su padre para reunir dinero para viajar a Misiones. Armó un plan y viajó a Buenos Aires, donde se subió al tren “Gran Capitán”, en la Estación Lacroze. Tras 24 horas de viaje en clase turista “llegamos a Posadas y fue una felicidad enorme verla y conocer su entorno. Sufrí el calor, pero el amor todo lo puede. Tras dos semanas de estadía, acordamos que ella visitara La Pampa y conociera a mi familia antes que yo ingresara al servicio militar”. Fue entonces que, en lugar del baile de egresados, Elia destinó el dinero para un pasaje en colectivo hasta Buenos Aires, donde Miguel la esperó junto a su mamá. Tras hospedarse en casa de familiares, siguieron viaje hasta La Pampa. La línea terminaba en Caleufú por lo que debieron hacer 45 kilómetros más, en un Dodge 1500 anaranjado, conducido por su suegro, hasta La Maruja, un pueblo al Oeste, en la frontera con la provincia de San Luis, donde los Acebal residían en ese momento.

Tras pasar las fiestas de Fin de Año, volvió a Posadas y decidió cursar magisterio en la misma Escuela Normal, mientras el noviazgo avanzaba a la distancia mediante cartas y llamados telefónicos. Se hizo el test de embarazo y el resultado fue positivo. Con angustia y preocupación, comunicó lo sucedido a Miguel que lo “tomó con gran felicidad. Me dijo que quería un varón y que estábamos los dos juntos para encarar lo que venía”. Según Elia, la noticia “no cayó muy en gracia a las familias, pero estábamos decididos y la propuesta de vivir juntos era firme. Yo viajaría a General Pico y Miguel seguiría trabajando en una fábrica de caños de escape para mantenernos”, más allá de las guardias que debía cumplir los fines de semana como soldado del Ejército. La joven terminó de cursar el primer año, rindió finales y organizó la mudanza. En 16 cajas de encomienda embaló libros, ropas, pertenencias personales. Miguel la esperó en Buenos Aires y llegaron a La Pampa el 8 de marzo de 1986, mientras transcurría el quinto mes de embarazo. Se instalaron en una casa que le prestaron sus suegros. “No hubo pedido formal de matrimonio, pero sabíamos que queríamos pasar nuestra vida juntos”, contaron. Al poco tiempo, fueron bendecidos con la llegada de su primer hijo, Marcos, que es psicólogo. Después llegó Paulo, ingeniero, que formó familia con Camila y los hizo abuelos. “No niego que dejar Posadas fue duro, pero no fue el total desarraigo porque sabía que me esperaba alguien que quería estar conmigo. Es importante saber que te quieren y que te están esperando”, dijo quien en el Sur terminó el profesorado en enseñanza primaria -ahora jubilada- y se siente en parte pampeana y en parte misionera.
El matrimonio aseguró que “nuestra relación se alimentó con el diálogo, estableciendo pautas de convivencia, relacionándonos como pares, luchando codo a codo. Formamos una familia, se pudo seguir estudiando, con esfuerzo, dedicación, con el sacrificio de ambos. Cada año se fue fortaleciendo con distintas estrategias, a través de la comprensión, el mantenernos juntos ante la adversidad, acompañarnos. Compartimos momentos lindos, la crianza de los hijos, las vacaciones, estar en familia, las fiestas. Desde la parroquia de la comunidad nos convocaron para dar charlas prematrimoniales para seguir alimentando el vínculo”.
Admitieron que “somos bendecidos. Creemos que la Divina Providencia nos guió, acompañó y amparó en todo momento, desde el principio. Siendo tan jóvenes comenzamos una familia y los proyectos que habíamos soñado se concretaron en su mayoría. Como padres, esposos, abuelos, podemos dar gracias y disfrutar de lo que tenemos y las bendiciones que recibimos” en este camino a los 40 años juntos. “Es un gusto compartir con otras parejas esta experiencia tan linda de poder vivir y disfrutar del amor y, con canas en la cabeza, saber que continuamos y nos elegimos, reconociendo las virtudes y fortaleciéndolas”, acotó Elia.
Desde que la vio, Miguel creyó en el amor a primera vista porque “ella hizo como un click en mi corazón. Después de ese primer beso, me llegó mucho y me enamoré de ella. Pedíamos tanto a Dios poder estar juntos que nos bendijo con el embarazo. Mi vida cambió totalmente y tenía una alegría inmensa. Estoy muy feliz con la posadeña y doy gracias a Dios que la trajo a mi vida. De esta manera me di cuenta que, como dice el dicho es pegajosa la tierra colorada”.




