Ismael Cala
Estratega de vida.
Dicen que diciembre es un mes de luces, pero para muchos fue también un mes de sombras suaves, de nostalgias que llegan sin anunciarse o silencios que se sienten más hondos que en cualquier otra época del año ¿Te ha pasado? Por eso, en medio de las celebraciones y los rituales de siempre hay quienes experimentan lo que la psicología llama la depresión blanca, ese estado emocional donde la tristeza y la melancolía se disfrazan de cansancio y de una especie de ternura quebrada que pocos logran percibir.
Lo curioso es que esta tristeza no siempre nace del dolor, sino que a veces brota de lo que falta, lo que se fue y, sobre todo, de lo que cambió sin pedirnos permiso. Es curioso como en estas fiestas decembrinas los recuerdos se vuelven espejos incómodos, como esa promesa que no cumplimos -o que no nos cumplieron-, la confianza quebrada y las expectativas que seguimos cargando como un peso silencioso que nubla la mirada y nos impide ver lo que sí permanece.
Durante mis viajes he aprendido que cada cultura vive esta época del año a su manera y si bien algunas lo celebran con ruido y abundancia, otras con recogimiento y fuego suave, en todas existe esa capa invisible donde las emociones se intensifican. El año que terminó nos pasa factura emocional, nos invita a revisar lo que dimos y lo que perdimos, lo que dejamos pendiente o lo que nos costó más de lo que admitimos.
Lo que llamamos depresión blanca no siempre es oscuridad, muchas veces es un llamado que nos invita a sentir sin prisa y nombrar lo que nos duele, a honrar lo que ya no está y a permitir que la vulnerabilidad también sea parte de la celebración. No todo debe ser sonrisa o entusiasmo porque la autenticidad tiene su propio brillo y ese no depende de guirnaldas ni de mesas llenas, sino de la coherencia con nuestra verdad interna.







