Por Patricia Couceiro
Máster en Constelaciones
Whatsapp 3764-829015
En la repetición se obtiene la maestría. Y esto es válido tanto para las virtudes como para los defectos. Muchas veces nos encontramos repitiendo patrones que ya no nos sirven y, aun así, seguimos allí. Nos sentimos estancados, como si estuviéramos nadando dentro de un remolino: mucho movimiento, mucho esfuerzo, pero sin avanzar realmente.
El cansancio no viene de la falta de acción, sino de la falta de conciencia. El verdadero punto de inflexión no aparece cuando luchamos contra lo que repetimos, sino cuando lo observamos. Observarnos en lo cotidiano requiere una presencia particular: estar atentos y vigilantes, sin dejarnos arrastrar por la emoción, sin juzgarnos y, sobre todo, con amor. Amor hacia lo que hacemos, hacia lo que repetimos, incluso hacia aquello que todavía no entendemos de nosotros mismos. Porque muchas repeticiones operan de forma automática, casi invisible, hasta que un día algo se ilumina. Ese día llega. Hay un momento -silencioso pero decisivo- en el que nos damos cuenta. Y ese instante exacto es el umbral: allí se abre la posibilidad de dar un salto en la conciencia. No antes, no después. Justo ahí.
Por eso la repetición no es un castigo: es una escuela. Cuando aprendemos un arte, comenzamos copiando. Repetimos gestos, técnicas, formas ajenas. Ensayamos una y otra vez hasta que, en algún punto, algo propio empieza a emerger. Encontramos nuestro formato, nuestra manera, nuestra voz. Y es entonces cuando podemos modificar lo aprendido, descartar lo que no nos representa y sumar lo que nace de nuestro interior.
Lo mismo ocurre en la vida. La repetición nos muestra con claridad qué hemos incorporado sin cuestionar, qué modelos seguimos sosteniendo y cuáles ya quedaron obsoletos. Cuando empezamos a aburrirnos de repetir, cuando aparece el vacío o la sensación de sinsentido, no es un error: es una señal. En ese punto, la conciencia puede formular preguntas esenciales: ¿qué es lo que tengo que cambiar para no seguir repitiendo esto que ya no me sirve? ¿qué es lo que ya no me llena? ¿me da miedo soltarlo? ¿me da miedo abrirme a lo nuevo?
Y entonces surge la pregunta más profunda de todas: ¿qué duele más: el fracaso de seguir repitiendo una vida vacía o el miedo de arriesgarme a lo desconocido? Allí se define el rumbo. Porque al final, siempre hay una elección posible: seguir en el automatismo o elegir la vida. La maestría no consiste en no repetir, sino en darse cuenta. Cuando la conciencia despierta, la repetición deja de ser una prisión y se convierte en camino.







