Myrian Vera y Juan Carlos Marchak, enviados especiales
La fábrica Pindapoy, que en los años ‘60 fue el principal motor industrial, económico y social de esta localidad al sur misionero, atraviesa hoy un proceso de revalorización impulsado por sus vecinos quienes, tras años de abandono, buscan rescatar su historia, lograr su municipalización y devolverle el brillo que alguna vez tuvo.
Blas Américo Rivas (82), antiguo lugareño y uno de los últimos trabajadores de la planta que aún reside allí, recibió a PRIMERA EDICIÓN con quien repasó el período de mayor actividad de la empresa, su cierre y la posterior decadencia, que “marcó un quiebre en la vida de todos y provocó un éxodo doloroso”, afirmó con emoción.
Mientras caminó junto a este Diario por los caminos polvorientos del casco histórico del barrio, Don Blas contó la historia de Pindapoy, pero desde el principio, ya que no comienza con la fábrica de jugos ni con el aroma dulce de los cítricos que le dieron su esplendor en los ‘60.

“Comenzó mucho antes”, dijo “en tiempos de la Guerra de la Triple Alianza, aquí, donde hoy se levantan casas y calles tranquilas, hubo un campamento militar paraguayo durante el conflicto. Desde este punto estratégico, las tropas cruzaban de un lado a otro del río Paraná, avanzaban y retrocedían, hasta que la derrota selló el destino de quienes quedaron.
“Los enfrentamientos terminaron con una masacre y ese primer asentamiento de Pindapoy desapareció casi por completo”, resumió con simpleza. Años después, los descendientes de aquellos combatientes regresaron. Volvieron buscando rastros, tierra, futuro. El lugar ya existía como paraje, pero aún no como comunidad. Todo estaba por hacerse. Ese proceso de poblamiento se consolidó a partir de un hecho clave: la construcción de la estación de trenes alrededor de 1910. Las familias se instalaron a la vera de las vías y comenzaron a organizarse como colonia. Finalmente, en 1912 pasó el primer tren de pasajeros y con él la certeza de que Pindapoy estaba conectada con el país.
Símbolo de desarrollo
“El tren no solo traía personas: traía oportunidades. Y fue ese contexto el que, décadas más tarde, en 1930, atrajo a dos jóvenes inmigrantes italianos” que cambiarían para siempre la historia del lugar: “Eran Carmelo y Próspero Bovino”, narró solemne el exprofesor de enseñanza primaria y autor del libro “Mi último Sueño”.
Los Bovino llegaron a la Argentina con una idea clara: invertir, producir y progresar. Estudiaron el clima, analizaron el suelo y buscaron una región subtropical apta para plantar. Recorrieron Buenos Aires, se asentaron en Concordia (Entre Ríos) hasta que Misiones los cautivó. Primero pasaron por Garupá, pero Pindapoy los enamoró.
“La presencia del tren fue decisiva. Entendieron que sin logística no había desarrollo. Compraron extensas chacras aquí, en Corrientes
San Carlos, Monte Hermoso y sentaron las bases del proyecto. El plan inicial no era industrial: primero fue tener un vivero para la multiplicación de los cítricos. Contrataron ingenieros agrónomos, capacitaron trabajadores y comenzaron a plantar. La fruta tardó años en llegar, pero llegó”, sostuvo don Blas con un suspiro profundo y melancólico.
Y luego prosiguió: “Al principio, la producción se destinaba al mercado fresco de Buenos Aires, en pequeña escala. La empresa creció y empezó a adquirir fruta de los colonos que vivían en los alrededores. No se trataba solo de producir, sino de integrar a toda la región”, acotó.
“Mientras otras firmas acopiaban fruta de menor calidad, los Bovino apostaron por estándares más altos. Viajaron a Estados Unidos, incorporaron conocimientos, variedades nuevas, técnicas modernas. Pomelos, naranjas, mandarinas, limones: los cítricos comenzaron a cubrir toda la zona”, señaló don Blas. En 1956 la empresa dio un salto institucional: pasó a llamarse “Pindapoy Sociedad Anónima Agropecuaria Industrial y Comercial”. Con el cambio de estatuto llegaron las divisiones, la expansión y la consolidación.
“Se abrieron plantas de empaque, fábricas de jugo en Concordia, sucursales en Córdoba, Mendoza y Buenos Aires. Todo crecía”, recordó.
“En 1969 nació otra pieza fundamental: la División Aserradero fue creada en Pindapoy para abastecer de los cajones para la fruta de la empresa. Se plantaron más de cien hectáreas de eucaliptos y comenzó la producción propia. El trabajo era manual, intenso, pero abundante. En esos años, Pindapoy era sinónimo de empleo y progreso”.
“La década del 60 sin dudas fue la más próspera de Pindapoy. Hombres trabajando en la empresa, mujeres sosteniendo los hogares y los chicos criándose en un entorno donde el trabajo garantizaba futuro. Los sueldos eran buenos, había premios, aguinaldo, vacaciones pagas”, contó el exprofesor de enseñanza primaria y de matemáticas.
En esos años, el Instituto Gentilini, que había adquirido seis mil hectáreas de campo en esa región facilitó el acceso a la tierra: se loteó el predio y los empleados de la fábrica compraron sus terrenos en cuotas. Así nació el poblado como tal. Las casas se levantaron una a una, con esfuerzo y esperanza.
“En ese entonces, antes del loteo, la gente que trabajaba en la planta no vivía aquí, sino en los alrededores. El Gentilini vendió estas tierras para que la gente se afinque y sus habitantes den origen a un nuevo pueblo, tal y como figura en la resolución de la Cámara de Representantes en noviembre de 1961 y rubricada por el entonces presidente de la Legislatura, Emilio Derna”.

Se apagó de a poco
No obstante, los planes de conformar el municipio de Pindapoy jamás se cumplieron. Años más tarde del loteo, por cuestiones impositivas, San José convirtió este lugar es un barrio más, “pero su destino fue, es y será convertirse en municipio. Tal como figura en sus antecedentes históricos”, remarcó el jubilado parado en las vías del tren.
Ya en la tranquilidad de su casa, durante la cálida siesta misionera, cómodamente sentado en su sillón favorito, don Américo rememoró aquellos años con nostalgia, pero también con fe, sabiendo que su hijo, el historiador Mario Rivas, es el actual presidente barrial e impulsor de la comisión de fomento para hacer de Pindapoy un municipio nuevo e independiente.
“El tren fue sin duda el motor del crecimiento que vieron los hermanos Bovino. Recuerdo que todos los días pasaba el coche motor entre Santo Tomé y Posadas. Era nuestro transporte público barato, accesible y siempre iba lleno. En cada parada, los vecinos vendían empanadas, pastelitos, pan casero. Eran pequeños emprendimientos que florecían y completaban el ingreso familiar. Pindapoy hervía de vida”. Pero nada de eso fue eterno. Don Américo explicó que a comienzos de los años ‘70 comenzó a sentirse la caída. Las políticas económicas adversas, la pérdida de mercados externos y la caída del precio de la fruta golpearon de lleno.
La empresa, que en su momento exportaba a Europa, empezó a tener márgenes que se achicaron hasta desaparecer. Se intentó modernizar, reducir costos, incorporar computadoras, planificar estrategias. “No alcanzó”, sostuvo el hombre.
Hace algunos años se liquidó la empresa y fue adquirida por Manaos, quien hace algunos años reflotó una línea de jugos frutales con el nombre “Pindapoy”.
“Zona de pesca”
En un momento de la charla, consultado por el significado del nombre “Pindapoy”, don Blas explicó que es un término en guaraní que quiere decir “zona de pesca”, ya que la región muy apreciada para pescar, sus arroyos gozaban de abundantes y enormes habitantes, algo que también, en un momento dado, desapareció con todo lo demás…
“Cuando la industria se apagó, el pueblo quedó sin su motor principal. No hubo diversificación productiva ni nuevas inversiones que amortiguaran el golpe. El cierre definitivo llegó a principios de los ‘90. En 1992, Pindapoy se vació. La gente se fue: a Buenos Aires, a otros pueblos, donde hubiera trabajo. El éxodo fue casi total”, recordó.
De más de mil habitantes, quedaron apenas algunos pocos que no supieron a dónde ir. Muchos murieron. Otros nunca regresaron y la comunidad que había nacido del trabajo quedó suspendida en el tiempo. Hoy, solo vasta con recorrer su casco antiguo para ver que todavía quedan restos de aquellas glorias pasadas. Pareciera que Pindapoy solo sobrevive en la memoria de quienes la hicieron crecer. En los libros escritos a mano, en los apuntes y en las historias contadas una y otra vez…
“Ahora está volviendo a luchar; yo vine, pero ya no tengo la fuerza solamente puedo volcar las ideas…, hay muchos chicos que están tratando de hacer resurgir a Pindapoy, ojalá lo pueda ver”.









