El 14 de febrero de 2003 fue sacrificada Dolly, la primera oveja clonada a partir de una célula adulta, un hito científico que había sacudido al mundo siete años antes. Su muerte cerró un capítulo fundamental en la historia de la biotecnología, pero no el debate que su existencia abrió.
Dolly había nacido el 5 de julio de 1996 en el Instituto Roslin de Edimburgo, fruto de la técnica de transferencia nuclear, mediante la cual se introdujo el núcleo de una célula mamaria adulta en un óvulo previamente enucleado. El experimento -que demandó 277 intentos- demostró que una célula diferenciada podía “reprogramarse” y volver a iniciar el desarrollo embrionario completo.
En 2001 desarrolló artritis y, a comienzos de 2003, fue diagnosticada con una enfermedad pulmonar progresiva causada por el retrovirus JSRV. Tenía seis años -cuando la expectativa de vida de una oveja suele duplicar esa edad-, lo que alimentó especulaciones sobre posibles efectos de la clonación. Sin embargo, los investigadores no encontraron evidencia concluyente que vinculara su muerte con su condición genética.
Hoy, sus restos disecados se exhiben en el Museo Nacional de Escocia. Dolly no solo fue una oveja: fue el símbolo de una revolución científica que redefinió los límites de lo posible en la medicina y la genética.








