Obispo Joaquín Piña: Un quijote de la democracia y su atribulado final

Todo un patriota había resultado el padre obispo. Nació un 25 de mayo y recibió cristiana sepultura un 9 de julio. En el velorio, trazando un paralelo con las epopeyas de la argentinidad, se escuchó decir a uno de los presentes que esas fechas habían marcado en el padre obispo su carácter revolucionario e independiente.

12/07/2021 22:00

 

El lunes 8 de julio del año 2013, Jesús descendió de los cielos y se hizo presente, en cuerpo y alma en la ciudad de Buenos Aires. No fue para hacerse periodista como había dicho don Joaquín cinco años antes. El padre obispo lo quería tanto y tanto había deseado reunirse con Él que Jesús se aburrió de esperarlo y se dio una vueltita para tomarlo de la mano y llevárselo a su lado. De tal manera se concretó el anunciado encuentro entre los dos, juntos y felices, rebosantes de contento, se dispusieron a iniciar el viaje a la “Tierra sin Males”.

 

Aunque como veremos, por tratarse de un “obispo retobado”, aun les tocaría atravesar por algunas dificultades. Mejor que decir retobado es reconocer que Joaquín Piña era, cómo explicarlo, un catalán testarudo. Un cabezudo, como decimos en el lenguaje misionero. La única manera que tengo de explicar por qué se dejó estar tanto con su problema.

 

¿Fue un descuido de su parte? ¿Los que lo rodeaban no entendieron su urgencia? El dolor en su pie ya era insoportable ese domingo 7, mala suerte dice la antigua creencia. Había pasado mucho tiempo disimulando un dolor que ese día se hizo inaguantable. No era su dedo sino todo el pie afectado y la dolencia avanzaba por su pierna hacia la rodilla. El médico consultado por los jesuitas – J.G.- recomendó la rápida internación para brindarle una atención médica especializada.

 

Confundidos o impotentes ante el apremio, sus hermanos jesuitas decidieron su traslado a Buenos Aires y comenzaron los aprontes de un enredado viaje, repleto de complicaciones. Don Francisco José Wipplinger no recuerda quién le pidió su avión para transportar al padre obispo. Sentía admiración por él y no dudó un instante para poner a disposición la máquina.

 

Siguiendo los procedimientos de rutina, Gabi y su copiloto colocaron al Mitsubishi turbo hélice en la pista, alistado para el decolaje. Entre tanto, Don Joaquín, acompañado por un joven sacerdote de Itatí, se dirigió al aeropuerto para abordar la nave. Un pequeño bolsito de cuerina mostraba con elocuencia sus intenciones de regresar muy pronto a la tierra colorada.

 

 

Don Francisco rememora que esa tarde un frente de tormenta no daba paso en los cielos a la altura de Pellegrini. El turbo hélice no podía volar por encima de los 25 mil pies, puntualizó. “Gabi, la pilota, no se animaba a atropellar ese frente de tormenta”, agregó apenado pero consciente de que la decisión de no despegar de la profesional fue la más acertada.

 

Imprevistamente cambiaron los planes. No había más vuelos de línea que partieran de la capital provincial ese día y sin pensarlo dos veces, los dos curas jesuitas abordaron un automóvil para trasladarse por vía terrestre hasta Puerto Iguazú. El VW Gol de la parroquia remontó la ruta nacional 12 hacia el norte los 330 kilómetros que separan a las dos estaciones aéreas.

 

El temporal arreciaba y parecía empujarlos hacia atrás. Pero no había otra alternativa. Debían alcanzar el último servicio que partía hacia la gran metrópoli argentina.

 

Las tribulaciones de ese viaje empeoraron el estado de salud del padre obispo quien, en esas condiciones, asustado y al borde de un soponcio, debió soportar cada minuto del vuelo. Lo que se sabe de su llegada al hospital Universitario Austral de Buenos Aires no está muy claro. Trascendió que los sobresaltos atravesados le provocaron al anciano pastor de ochenta y tres años una descompensación cardíaca.

 

Ese estado de situación, sumado a la presunta amputación de la parte inferior de una de sus piernas fue demasiado ya para el bueno de Joaquín quien no mostró vacilación alguna al extender su mano y tomar la de Jesús que allí se encontraba a su lado, para marchar los dos sin más aviones ni calamidades, hacia el Reino de los Cielos.

 

En la sala de operaciones del Austral quedaba el cuerpo de un Quijote de la democracia. Enterada su gente en Iguazú, lo estarían esperando una multitud. Sin embargo, el regreso a la ciudad de las Cataratas es otra historia por demás insólita.

Volvía el cuerpo sin vida del pastor de los pobres. El avión sanitario de la provincia de Misiones se dispuso para transportarlo junto a su bolsito de cuerina marrón. No hubo problemas esta vez para el decolaje en el aeroparque Jorge Newbery de la ciudad de Buenos Aires más, al ingresar la aeronave al espacio aéreo misionero se encontró envuelta en el mismo temporal del día anterior que continuaba con intensas ráfagas de viento y descargas eléctricas que hacían imposible el descenso en Puerto Iguazú.

Entretanto, en multitudinaria procesión, la gente se acercaba a la plaza San Martín, frente a la Catedral Virgen del Carmen. Dentro y fuera del templo aguardaban con impaciencia que el negro cielo tormentoso extendiera un salvoconducto y que los restos mortales de su querido pastor vuelvan a casa.

Reiteradas llamadas telefónicas entre el ministro de salud y el vocero de prensa, el primero en Posadas y el segundo en Iguazú, daban cuenta de las fallidas maniobras de la aeronave que durante largos minutos volaba en círculo sobre los aeropuertos brasileño y argentino esperando una oportunidad para el aterrizaje. Por otro lado, caravanas de autos iban y venían por falsas noticias del arribo y entusiasmados por la posibilidad de ser ellos los primeros en recibir al padre obispo. Si no se tratara de momentos dolorosos, podría decirse que esa situación fue poco menos que desopilante.

Mientras todo ocurría y viendo frustrados esos descensos, el avión sanitario retomó la ruta aérea hacia el sur logrando aterrizar en Posadas, casi con normalidad. En la pista lo esperaba una ambulancia de Salud Pública cuyo chofer y acompañante tuvieron la misión de transportar otra vez por la misma ruta nacional 12 trescientos treinta kilómetros hacia al Norte, al célebre difunto.

A las cuatro de la mañana del 9 de julio, Día de la Independencia de los argentinos, los trabajadores de salud notoriamente acongojados y con toda solemnidad entregaron el cuerpo para que en una sala de la empresa Santa Rita se iniciaran los preparativos para el póstumo adiós.

Todo un patriota había resultado el padre obispo. Nació un 25 de mayo y recibió cristiana sepultura un 9 de julio. En el velorio, trazando un paralelo con las epopeyas de la argentinidad, se escuchó decir a uno de los presentes que esas fechas habían marcado en el padre obispo su carácter revolucionario e independiente.

 

 

Algunas aclaraciones, nada triviales:
• Por razones que sólo su superior jesuita podrá explicar, la urgencia de trasladar a Joaquín no fue comunicada a las autoridades sanitarias provinciales. Es muy probable que el desenlace hubiese sido otro si la atención del padre obispo se hubiera realizado en un hospital posadeño. O en el sanatorio sindical de los camioneros con cuyo dirigente -Adolfo Velázquez- mantenía una estrecha relación de amistad.

No es verdad que se haya solicitado el avión sanitario de la provincia para trasladarlo a Buenos Aires y que las autoridades se lo negaron, como pretendieron instalar en la opinión pública unos pocos dirigentes que nunca pierden la oportunidad de sacar un rédito político aunque fuera en este caso de la desgracia ajena.

• Lo que sí es cierto es que a los pocos minutos de conocerse el fallecimiento de Don Joaquín en el Hospital Austral, el ministro de salud de aquel momento, Oscar Herrera Ahuad, puso a disposición la aeronave oficial para “repatriar” a su pago chico los restos mortales del padre obispo. Así sucedió tanto con el avión como con la ambulancia de Salud Pública que lo condujo hasta su último destino. Varias veces por hora, a lo largo de un día y medio, el ministro y yo mantuvimos una intensa comunicación telefónica para coordinar el traslado. Habrán sido no menos de cincuenta llamadas por las dificultades meteorológicas que se presentaron. Joaquín habría dicho que ese funcionario es “buena gente” para la política. Oscar es hoy, en 2021, gobernador de Misiones y no fue magia.

• Un sacerdote de Iguazú, creo que el vicario episcopal, se encargó de los arreglos para los funerales, velatorio e inhumación en la Catedral. Tuve yo el privilegio de recibir el cuerpo de Don Joaquín en el local de la empresa de servicios fúnebres Santa Rita, ubicado en la avenida Misiones de Puerto Iguazú. Esa larga espera se prolongó hasta la madrugada del 9 de julio pero no fue en soledad, porque en todo momento conté con la compañía inseparable de un querido amigo de ambos, el periodista Ricardo Alberto Arrúa, a quien agradezco con un abrazo al cielo.

• Había sido que era cierto también que a la eternidad se viaja ligero de equipaje. Tan liviano como un pequeño bolsito de cuerina conteniendo una sola muda de ropa. De su cuello pendía sobre su agotado corazón aquel crucifijo atado con un simple cordón de algodón gastado. En su dedo anular, el anillo de fibra natural que lo unía en matrimonio con su diócesis de Iguazú y con los cristianos mártires de América.

• Un cura muy querido por Don Joaquín, el padre Eduardo González Báez, supongo que por orden del obispo, cambió esos atributos de pobreza por ornamentos que en vida el padre obispo hubiese rechazado. Revestido de esa manera, a la mañana temprano comenzó el velatorio en la Catedral.

• “Lo que a muchos molestó es el lugar elegido para la sepultura, a donde todos caminan. El obispo Kemerer de Posadas está en un lugar donde no se transita”, Agrega Laura Giménez en su testimonio.

 

¿Habrá sido un sueño?

Fiesta en el cielo… Tuve un sueño. Anoche lo soñé. Estaban en un campo largo, florecido e interminable. Junto a él una multitud infinita celebraba la paz y la justicia en la Pascua de los Resucitados. Se abrazaban cantando y tomados de la mano formaban una inmensa ronda. Pude reconocer entre ellos primero al padre obispo, rodeado de sus familiares más queridos.

Estaban también allí las hermanas Mabel y Susana; Martín Cunz, Arturo Paoli, Bartomeu Meliá, Pedro Kalmbach, y los mártires Enrique Angelelli y Oscar Romero. Hasta donde me daba la vista (en sueños aún veo) descubrí sonrisas en otros rostros de gentes que aún esperan la justicia humana: Jacqueline Pereira, Pablo Plaul, Francisco Javier Sosa y Jorge Alberto Rustherol, David Gómez, Lieni Itatí Piñeiro, Marilyn Bárbaro y su hermana Ticha.

Enlazados en fraternidad, vi con ellos a Ángela Sánchez, Juan Rossberg, Luis Honorio Rolón, Rodolfo Allou, Ricardo Arrúa, Esteban Mackoski, Yiyo Bogado y Oscar Unzaga. El rengo Díaz, bailando en sus dos pies, preparaba un delicioso asadito con hortalizas del Edén. Y fumando su petygua, estaba el cacique mbya guaraní Lorenzo Ramos, invitado especialmente a la celebración en el cielo de los cristianos. ¿Habrá sido un sueño?

 

 

Su lugar en este mundo

No son pocos los que aseguran haber escuchado a DJ manifestar su deseo de ser sepultado en el Santuario. No lo duden, porque ese era el sitio más querido, su lugar en el mundo. Laurita me lo recordó. Buena semilla de fe serían sus restos mortales descansando en ese suelo sagrado, bendecido por la naturaleza y por la propia historia diocesana. Me consta, por haberlo escuchado de su propia boca que me leyó palabra por palabra un mensaje recibido de su sucesor donde éste le ofrecía, cuando llegara la hora, ser sepultado en la Catedral Virgen del Carmen, en un espacio que el monseñor mandaría construir para el reposo eterno de los obispos de la diócesis. Fue el único gesto fraterno, al menos por mí oído, proveniente de la prelatura de Iguazú. Les garanto, además, que Joaquín lo aceptó de buena manera. En la céntrica catedral iguazuense permanecerá casi desconocida una improvisada sepultura en la que los restos de un gran hombre fueron enterrados el 9 de julio de 2013. Sobre la tumba, a nivel del suelo, una lápida que ofende su memoria lo recuerda como “excelencia reverendísima” y “monseñor”.

Tal vez el actual obispo escuche el clamor de su querido pueblo misionero. Y de la propia familia de sangre de Joaquín. Y se trasladen los restos al santuario ecológico de Santa María del Iguazú donde, en un sepulcro tan pobre como sea posible, permanezcan siempre allí para todos los que quieran visitarlo.

Tallada en la rústica madera de cancharana, una simple leyenda dirá algún día:

“Aquí yace Joaquín Piña y Batllevell s.j., santo de los pobres y oprimidos compañero. Quien en vida fuera un Padre Obispo del Yguazú”.

 

Por: Claudio Gustavo Salvador (Puerto Iguazú – Misiones – Argentina. Julio 2021)