“Soy un soldado al servicio de Dios con la camiseta de los jesuitas”

El sacerdote jesuita José Alberto Luis “Beto” Draper Siri (66) compartió vivencias de su vida religiosa, en el ejercicio de su profesión como ingeniero agrónomo, su pasión por el deporte, y su incursión en la gastronomía.

09/11/2020 18:44

La frase corresponde al sacerdote jesuita José Alberto Luis “Beto” Draper Siri (66) tras ser consultado sobre las expectativas que tiene sobre su nuevo destino, la parroquia Santos Mártires, adonde llegó el 29 de febrero pasado.

Este ingeniero agrónomo nacido en Montevideo, Uruguay, desembarcó en Misiones después de sumar variadas y fuertes experiencias en distintas partes del mundo. Mientras cumplía el ritual de mate -su compañero inseparable- compartió con Ko´ape las vivencias sobre los momentos decisivos, de la vida religiosa, del ejercicio de su profesión, de su pasión por el deporte -preferentemente el rugby- y su incursión en la gastronomía.

Nació el 21 de junio de 1954, Día de San Luis Gonzaga -lo que explica su empatía con los jóvenes- y desde pequeño “fue un dolor de cabeza”, sobre todo para su mamá, Martha Siri, “porque era muy inquieto y no estudiaba”.

Y como vivía en una propiedad muy grande, adquirida por su abuelo, siempre invitaba a casa a los amigos del colegio, a fin de jugar con ellos en el jardín. Preguntaba “¿hoy puedo venir con un amigo”. Pero, finalmente, llegaba con seis.

El despertar de la vocación

Mientras cursaba el segundo año del secundario empezaron a aparecer los primeros cuestionamientos que, más adelante, despertarían su vocación religiosa. “Me preguntaba si ¿soy cristiano? ¿qué diferencia hay en ser cristiano o no serlo?, porque conocía a cristianos que viven de cualquier manera y a ateos que son un ejemplo de vida.

Entonces, cuando me tomaba un colectivo, decía: si Jesús subiera a este ómnibus ¿qué haría? ¿cómo lo haría? ¿cómo viviría Jesús en el mundo que estoy viviendo yo, aquí y ahora? Y cuando subí, vi al chofer y al guarda con otros ojos”, confió el padre “Beto”.

Enseguida, un sacerdote argentino armó un grupo de “Comunidades de Vida Cristiana” y “me pregunté cómo podía integrar la vida cristiana con la vida normal, ordinaria, de todos los días, para hacer lo que hago, con gusto y bien.

Supe que se trataba de una organización internacional, llevada adelante por jesuitas”. Luego se hizo un congreso mundial en Alemania y, Draper Siri, con 18 años, viajó con dos compañeros en representación de Uruguay.

Hicieron escala en Roma, donde efectuaron los ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola durante ocho días, y tuvieron la oportunidad de conocer al papa Pablo VI. Admitió que, aunque ya los había hecho antes en Uruguay, “esos ejercicios fueron muy profundos. Y eso me cambió la vida. Mas allá que fuera o no sacerdote. Me daba mucho ánimo. Ir a ese congreso fue de mucho valor porque pude reconocer cómo se es cristiano en China, en Francia, en España. Me hizo mucho bien, para decir, se puede ser cristiano y seguir jugando al fútbol y al rugby”.

A esa edad, iba mucho al campo de cacería porque tenía amigos cuyos padres eran dueños de estancias y campos, y “eso me gustaba”. Al momento de decidir la carrera a seguir tras la culminación del secundario, hizo los exámenes psicológicos.

“Me daba ingeniería, civil, mecánica, que era lo que hicieron mis hermanos. Pero dije, a mí denme gente, libertad, campo. Entonces me metí en agronomía, y me gustó mucho. Y siempre digo que esa carrera me dio mucha sabiduría para desarrollar la teología. La naturaleza sabia me ayudó mucho para observar, para aprender a mantenerme en situaciones difíciles, en cómo salir adelante, en como se disfruta cuando se tiene una buena cosecha y cómo se cuida el granero, cómo se siembra”.

Y como cura tenés que saber sembrar la buena palabra porque tenés la majada que te oye. Hay que cuidar que no se enfermen con el pecado, buscar que formen la familia. En eso me ayudó mucho la agronomía”, graficó el padre “Beto”.

A los 18 incursionó en el rugby. “Era algo en lo que no me quería meter porque no entendía cómo era eso de pelearse con el otro. No entendía el secreto que está detrás de eso. Pero como el entrenamiento era muy bueno, fui a entrenar para estar preparado y mantenerme ágil. Fui a probar y al principio dije: no lo entiendo. Pero como faltaban jugadores, fui de vuelta, hasta que le encontré el gusto al juego. Hice muchos amigos con los que estaban en el equipo, pero también con los de los equipos contrario forjamos una amistad”, con muchos de los cuales aún perdura.

Mientras permaneció casi dos meses internado luego de estar un tiempo en coma por un accidente automovilístico, “todos estuvieron pendientes de mi evolución y recibí mucho apoyo. Fui descubriendo que en el rugby hay un espíritu distinto al del fútbol. Y que el rugby me ayudó a ser buen deportista en el fútbol. De esa forma no pasaba nadie, o pasaba la pelota o el jugador. Las dos cosas, nunca”.

Cuando terminó la carrera, encontró trabajo de ingeniero agrónomo en una escuela agraria, a 180 kilómetros de Montevideo, donde se creó un muy buen vínculo entre alumnos, docentes y funcionarios, lo que ayudó mucho a la evolución del pueblo. Es que, adonde iba, el novel profesional “trataba de poner buena onda, porque es gratis y las cosas se pueden hacer más fácil”.

Más aún, con la inspiración del mate, que llevaba a todos lados. Todo iba bien hasta que Draper Siri se puso de novio. Se dijo: “bueno, ya estoy: tenía profesión, trabajo y una chica, tengo que pensar en casamiento o boda que es una palabra que nunca había pronunciado. Pero tendré que decidir, o me meto para cura o me caso y formo una familia. Las dos cosas no podía, además, yo no nací para medias tintas”.

Empezó a hacer los ejercicios espirituales para tomar la decisión, y el sacerdote que eligió como guía, dejó de existir a causa de un ataque al corazón.

“Esperé y volví a intentar, y el otro sacerdote, también falleció. Esperé, fui con otro cura y le dije que el ‘Guillo’ y Eduardo habían muerto. ¿Vos te animas? Me respondió que sí, y me dio confianza, y tomé la determinación de meterme de jesuita. Para papá y mamá, conocidos como ‘Bocha’ y Martha y también mis hermanos: Juan Roberto, Raúl Enrique, María Martha y Juan Pablo, fue una sorpresa, pero me dijeron que me acompañaban”, narró, quien, de tanto vincularse con gente de las zonas rurales, viste bombachas de campo y boina o sombrero para protegerse del sol y para resguardar los audífonos que utiliza como consecuencia del accidente. Además, “cuido a las ideas para que no se vuelen”.

Ingresó al noviciado por dos años, siguió estudiando, probando actividades que realizaban los sacerdotes, y se sentía muy bien. Le propusieron estudiar teología en España donde estuvo cinco años.

“Viendo como vivían las comunidades locales, y en Londres, cuando en verano iba a estudiar inglés a Inglaterra. Pude ir a Irlanda, y a la casa de los jesuitas en New York, visité el club de los jesuitas en distintos países y percibí que me sentía en casa en todas las partes donde estuve. Me parecía una familia, y confirmé mi vocación”, hasta que me ordené el 30 de junio de 1990.

Al regresar de Europa, le encargaron la pastoral del colegio “Sagrado Corazón” conocido como “El Seminario”, que alberga a unos dos mil alumnos.

“Fue un trabajo que comencé de cero y lo hice durante unos diez años. Desde los que entran hasta los que egresan. Luego me enviaron a hacer una experiencia a Chile, y ya estaba preparado para hacer los últimos votos. Recibí el grado y me nombraron rector del colegio, con muchas responsabilidades. Con la ventaja que ya conocía a muchos, y mediante eso pude reestructurar y confirmar la propuesta educativa. También ayudé a colegios de la compañía, dispersos por Sudamérica”, manifestó.

Después del accidente, siguió trabajando pero “sin cargos, solamente apoyando a la pastoral, que es una herramienta que siempre tuve”. Después lo mandaron a Tacuarembó, al Norte, cerca de Rivera, a 100 kilómetros de la frontera con Brasil.

En ese colegio, “por mi facilidad de trato con la gente, iba a los campos, se creó un ambiente muy lindo”. Allí fue artífice de la “Patria Gaucha”, que es el mayor festival folclórico y tradicionalista de la región, donde intervienen Argentina, Brasil, Paraguay, y Uruguay, y comparten todo lo que tiene que ver con lo gauchesco.

“El colegio San Javier participo del desfile con más de cien caballos, con las alumnas vestidas de chinas y los varones, de gauchos, con un poncho que creamos para identificar a la espiritualidad del colegio. Pero la impronta del “Beto” como líder, ocasionó algunas dificultades, y le propusieron mudarse, por lo que eligió ir a Córdoba.

Con todo lo programado y soñado, “bajó la cabeza” y viajó a la provincia mediterránea. Allí el padre Rossi le señaló la obra “Manos abiertas” que atiende a personas muy necesitadas. Trabajó en ella hasta que llegó el nuevo provincial, y le dijo: te necesitamos en Posadas, donde hay cuatro colegios”.

A la semana de haber llegado, empezó la pandemia, por lo que la tarea encomendada quedó momentáneamente trunca. “Con los colegios cerrados, no se puede hacer nada, entonces dedico mucho tiempo a las confesiones, a las misas, a algunas visitas a enfermos y a la atención espiritual.

Di charlas sobre la figura de San Ignacio de Loyola a la comunidad del colegio Virgen de Itatí, y retiros por Zoom para varios grupos de alumnos y docentes”, contó, a quien los feligreses lo quieren como cocinero porque “hago muy buenos asados, y me especialicé en paellas. Al vivir en España aprendí a comerlas, y luego a hacerlas. Ando con la paellera de un lado para otro, y aquí las traje también”.

De todos modos, “mi vocación es al servicio de la Compañía de Jesús. Soy como un soldado de Dios en el club de los jesuitas y con la camiseta de los jesuitas. Donde haga falta estoy, y estoy dispuesto. Mi llamado es a transmitir la fe como jesuita, con la impronta de la espiritualidad de San Ignacio, que es en lo que me especialicé, voy a estar dispuesto a lo que me manden y a lo que sea. Estoy como a la expectativa de las puertas que se abren”, señaló.

 

Cercanía con los jóvenes

Por haber nacido el día de San Luis Gonzaga, el sacerdote asegura que tiene un vínculo especial con la juventud. En la parroquia Santos Mártires se encontró con varios grupos, entre ellos, el Alborada y el Jesús buen pastor.

“Estoy admirado que haya jóvenes a los que le interese la fe. En Uruguay son menos pero con un grado de profundidad, de los de acá, por el escaso tiempo, aún no puedo saber el grado de profundidad. Allá el que se mete es porque está seguro. Acá me admira la cantidad que hay y con muy buena onda, predisposición. Es para alegrarse y festejar”, celebró.

A su entender, los jóvenes actuales, con tantas opciones, “nos cambian el perfil de los curas y de la iglesia, de preguntarnos cómo se trabaja en el mundo de hoy con un abanico amplio, con mucha diversidad, y que si no entramos en la diversidad se pierde el eslabón que puede unir o el diálogo. Es un aprendizaje continuo al que estamos llamados a estar atentos”.

Insistió con que la agronomía “me sigue dando mucho que pensar para ver cómo me pongo al día en las situaciones actuales. Si a mi edad manejaba bien las fiestas, actualmente ¿cuáles son los móviles que los jóvenes manejan? para ver como nos movemos y cual es el diálogo.

Ese es un desafío constante. A medida que pasan los años, uno pierde el pelo pero no la maña. Pero uno tiene que estar atento. Y siempre con mi modo de proceder, trabajar con los jóvenes. Era norma que armara las propuestas con las mismas personas que iban a recibir la tarea. Lo que agregaba era la impronta de la espiritualidad ignaciana que tiene 500 años pero es muy actual porque Dios es el mismo de ahora así como lo fue de Abraham, Isaac y Jacob, hace dos, cuatro, seis o mil años”.

 

¡Justo a Canessa!

Cuando el padre “Beto” jugaba en el Club Universitario Prado, “a veces nos tocaba medirnos con algún equipo de primera como los Old Christians Club. Y el cuento que suelo hacer es que yo era muy buen tackleador en el pack, como Wing, corría muy bien”.

“Era fuerte, rápido. Hubo unos cuantos de la selección grande que caían. Quise tacklear a Roberto Canessa -el de la tragedia de los Andes- y era como ir contra un bloque inmenso, una pared, que no sabía como agarrar. Entonces reboté y el que terminó fuera, lejos, fui yo. Nunca me lesioné en el rugby aunque terminaba machucado. En el fútbol sí tuve algunas lesiones. Después lo volví a encontrar en Córdoba adonde fue a dar charlas junto a Roy Harley, que estudiaba con uno de mis hermanos”.