Pudo conocer las playas brasileñas, pedaleando

Víctor Manuel Bado busca fomentar el cicloturismo. Su primera experiencia lo llevó desde Posadas hasta la Basílica de Itatí, en Corrientes. En las últimas vacaciones se animó a más y junto a sus amigos Simón y Maxi llegó hasta Florianópolis, en el Sur de Brasil.

24/02/2020 16:00

Víctor Manuel Bado (29) siempre entendió que la bicicleta era una alternativa para viajar y conocer lugares. Se subió a una a los cinco años, y desde ese entonces ese medio de transporte formó parte de su vida diaria.

“Andar en bici es para mí lo más agradable del mundo”, aseguró antes de contar su “máxima experiencia”, la que lo llevó con dos amigos a conocer las playas brasileñas de Florianópolis, tras pedalear durante 18 días los mil kilómetros que separan a la isla de la tierra colorada.

La idea surgió porque desde hace algunos años este joven posadeño practica el cicloturismo en época de vacaciones. La primera aproximación que tuvo fue hasta la Basílica de Itatí, en Corrientes.

“Después hice un viaje de cicloturismo puro donde tuve que cargar la carpa, las alforjas, el portaequipaje. En cuatro días unimos Posadas con Puerto Iguazú”, en 2018. El año completó un trayecto de 500 kilómetros entre La Rioja y Famatina y, este año, “fue el viaje más loco”.

A los mismos brasileños que contaban sobre el trayecto, les respondían: “Muito loco, muito coragem”.

Después de las elecciones de octubre, con Simón Franco, un amigo del cicloturismo de Buenos Aires, armaron un grupo de Whatsapp e integraron a Maxi Lutz, de Jardín América, y empezaron a programar y a diseñar lo que sería el tema de la ruta, los complementos, repuestos, destino y día de salida. Así fue como surgió esto de llegar hasta las playas.

Salieron el 5 de enero de 2020 desde la exgarita. Fueron 18 días de pedaleo bajo la lluvia, el sol, con viento, durmiendo en carpa, armando y desarmando alforjas.

Maxi no había tenido la experiencia de viajar en cicloturismo y quedó en Passo Fundo, 700 kilómetros antes de llegar a destino. “No le daban las piernas y estaba muy cansado psicológicamente. Creo que para él la primera experiencia fue muy larga. Por suerte después supo llegar a su manera y con sus tiempos”, confió Bado.

Emprendedor y estudiante de la carrera de historia, Bado relató que tuvo la experiencia de conocer Mar del Plata, y siempre “flotaba” esa idea de conocer el mar de Brasil “donde el agua es más caliente, tiene otra imagen, otro bioma. Ninguno de los tres conocía, así que fue una experiencia única”.

Añadió que “quien anduvo por todas las playas de la zona sabe que es un lugar paradisíaco, tiene imágenes preciosas y gente buena onda. Me traje la amabilidad, el carisma, la buena atención y solidaridad de los lugareños”.

La meta, el mar

Sostuvo que para un viaje tan extenso las bicicletas tienen que tener un sistema de cambios, en buen estado, bien calibrado, y que después, lo que prima es la constancia.

“No es difícil, lo puede hacer cualquier persona. Lo único es que tiene que estar en sintonía con pedalear entre seis y ocho horas por día. Nosotros hacíamos cuatro por la mañana, esperábamos que bajara el sol, comíamos, descansábamos y arrancábamos a las 15 y hasta las 19, hasta llegar hasta el próximo pueblo para descansar”.

Si es por hablar de peligro, manifestó que “se corre todo el tiempo: desde los camiones bitrenes que tienen 45 metros de largo, algunos sectores de la ruta no tenían banquina, la policía militar que te paraba a cada rato para hacer preguntas, pero que, finalmente, se sorprendía y destacaba el coraje que teníamos. El peligro está, pero si no tenés un poco de coraje o valentía no saldrías nunca de tu casa”.

Los viajeros no sufrieron mayores percances pero sí grandes sustos, por ejemplo, con las víboras que aparecían en los espacios adonde iban a acampar. En la ruta la sensación térmica llegaba a 45 grados y, si bien se iban acostumbrando con el correr de los días, la clave era hidratarse constantemente.

La lluvia también se transformaba en una molestia, “complicaba en el sentido que te sacaba energía, volvía más pesados los equipajes, y te desgastaba mucho más, generando un constante cambio de la temperatura corporal”.

En muchos casos pedaleaban sobre la línea blanca y al costado podían observar los precipicios, en ocasiones “resguardados” solamente por el guardarrail colocado para que los autos no se desbarranquen.

“Las bajadas son muy peligrosas, pronunciadas, muy cerradas, si no tenés freno a disco podés seguir de largo y si el asfalto está mojado podés resbalar o derrapar y volcar. Las bicis llevaban como 60 kilogramos de equipaje además de su propio peso”, expresó.

Cumplieron el trayecto por la ruta 285. Santo Angelo fue la primera parada grande, luego Ijuí, Passo fundo, Lages y, finalmente, “Floripa”. Llegar a destino fue una odisea.

Los últimos kilómetros “sentíamos la fatiga muscular, porque no era lo mismo dormir en una carpa con un aislante que en una cama, sobre todo porque nos tocó mucha lluvia. Atravesar la sierra catarinense es de mucha subida, hace frío y llueve. Veníamos desgastados. Comíamos bien pero gastábamos mucha energía”.

Para dar la bienvenida al dúo, “Floripa” los esperó con una lluvia increíble por la que no podían salir de la terminal, que era el único lugar que tenían para refugiarse. Simón decidió tomarse un colectivo e irse a Camboriú, a la casa de una amiga, para poder descansar y curar la herida que se había hecho con agua caliente mientras intentaba preparar un mate con termo ajeno.

Es así que Víctor se quedó solo. Hizo los últimos 30 kilómetros, pasando por tres morros, llegando a Lagoinha do Leste, en Florianópolis, a la casa de un amigo donde pudo disfrutar otra vez de las anheladas comodidades como el agua caliente, un lugar donde dormir, y los seis días de playa que lo esperaban.

Cuando ingresó al departamento de su amigo, “me largué a llorar de alegría, de tantas cosas, no podía creer. Al regresar, veía todo y me di cuenta que el recorrido de Misiones hasta el mar que hicimos era inmenso. Eso te gratifica, te da una seguridad personal, de darme cuenta que puedo seguir cumpliendo metas y objetivos. La voluntad espiritual, mental y física tiene que estar acompañando a la persona de forma permanente”.

Durante el trayecto insistía a sus compañeros de ruta que la meta era llegar al mar. “Siempre les decía una vez que lleguemos podremos descansar, tomar algo. Pero que mientras estábamos en camino teníamos que aprovechar para pedalear, tomar mucha agua, nutrirnos, consumir mucha fruta”.

Finalmente, el viaje tuvo dos partes: la travesía en sí, donde conocieron muchos municipios, lugares muy lindos, y el de disfrutar en las playas.

 

Alternativa ideal

El clicloturismo está en auge y “puede hacerlo cualquiera siempre que tenga la meta, que psicológicamente esté preparado, porque es ahí donde uno decae. La meta es lo principal. Puede empezar visitando cortas distancias, los arroyos y saltos que tenemos en la provincia. Pedaleando 40 o 50 kilómetros por día, uno llega. Implica un poco de entrenamiento, buena nutrición, no olvidarse las caramañolas porque se toma agua todo el tiempo, además de guantes, lentes, calzas y remera de ciclismo, nada de algodón porque pesa mucho”.

Según Bado, para efectuar este tipo de viajes “las bicis no tienen que ser súper profesionales. Muchas veces se tiene una bici bastante standard en la casa y con esa y algunos complementos que sirvan para un viaje de larga distancia, ayudan. Suma un portaequipaje, las alforjas, cubiertas buenas, cámaras de repuesto, ajuste rápido para desarmarlas en caso que volver en colectivo o en caso que tuviera que subir a algún lado, buen sistema de frenos -yo llevaba uno a disco porque las bajadas son muy pronunciadas-. También protector solar y para mosquitos, carpa impermeable que soporte al menos 60 milímetros de agua, bolsa de dormir, una ollita, aislantes, y la parte de higiene, gorro y lentes”.

En la ruta hay que circular con prudencia en todo momento. “Nada de usar auriculares, pedalear siempre en la línea fina o en algunos casos en la banquina. Por lo general, respetan al ciclista, esquivan o dejan el metro y medio de distancia”, dijo, quien regresó en motocicleta junto a un amigo porque “me quedé sin copiloto. Mi idea era volver por Torres, Porto Alegre y San Borja”, pero desarmó el rodado y lo mandó con la camioneta de un conocido que encontró mientras veraneaba por Canasvieiras.

“No tenía copiloto y como esos mil kilómetros fueron bastante duros, quería volver a mi casa, agotado, cansado. Así que vinimos en moto en dos días. El primer día completamos un tramo de 700 kilómetros y, el segundo, hicimos los 600 restantes”, reseño.

A su bici, que es una de hierro, la quiere ‘jubilar’. La idea era dejarla en óptimas condiciones para pasarla a su novia y así poder comprar otra para la próxima travesía que piensa encarar hacia Chile.

“El clima es frío y necesitas otro equipo. Las de carbono pesan mucho menos, tienen otro rendimiento, el sistema de transmisión es mejor. Y además, es la excusa perfecta para salir a andar entre los dos”.

El joven admitió que “nunca tuve un percance. Entreno todos los días kick boxing y los fines de semana hago recorridos hasta Profundidad, San Carlos, a El Arco, para mantener ese ritmo de kilómetros largos”.

Aconsejó que para hacer cicloturismo “uno tiene que exigirse un poco más que ir a pedalear a la costanera, que es plano, sino meterse en caminos de tierra, a mayor temperatura. Ponerse objetivos de 60, 80 o 100 kilómetros es lo mejor para alguien que quiere hacer un turismo de larga distancia”.

“Para mí andar en bici es lo más agradable del mundo”, celebró, al tiempo que agregó que “no puedo explicar lo bien que se siente pedaleando. La bicicleta y yo somos una pareja que vinimos al mundo juntos, y cuando tenga 50 voy a seguir andando en bici por más que tenga otro vehículo. Lo quiero como mi modo de transporte personal. No me gustar usar colectivo, no me gusta la moto y me manejo en bici”.

Para los viajeros fue una sensación nueva y satisfactoria. A los brasileños “que contábamos la travesía nos decían: ‘muito loco’, ‘muito coragem’. Pero estuve un mes fuera de mi casa donde disfruté los 18 días en la ruta, con cada pueblo que conocí, cada municipio, la gente, las comidas, como esos seis días que estuve en la playa. Hay lugareños que viven a 600 kilómetros y no conocen el mar. Y por eso quizás los emocionaba vernos. Era una cosa alentadora y a la vez fantástica”.