Ni monopolios ni oligopolios

No es la primera vez que desde PRIMERA EDICIÓN hacemos referencia a las consecuencias negativas que tiene sostener -tanto en lo público como en lo privado- ya sea a los monopolios como a los oligopolios.

28/09/2018 14:13

En un libre mercado como el que domina nuestra economía tener una sola o un pequeño puñado de empresas dominando la oferta en diferentes rubros, especialmente en servicios, cuando puede haber rápidamente más alternativas en calidad y precios, es incomprensible. Más bien, sospechosamente inentendible.

Sostener a unos pocos “privilegiados” que se benefician económicamente del “apoyo” que les da el Estado al no permitir la presencia libre de competidores, termina perjudicando a los usuarios o clientes que deben pagar los costos que imponen además de deber ajustarse a los requisitos dictados por los prestatarios.

Tanto el monopolio como el oligopolio, al saber que no enfrentan competencia, terminan acordando con uno o algunos funcionarios de turno los precios, tarifas, condiciones de prestación, cumplimiento de obligaciones, etc. Mientras que los demás ciudadanos, sin posibilidad de participación, sólo les queda esperar los resultados (negativos) de los acuerdos a puertas cerradas que alimentan las críticas y sospechas hacia los “negociadores” por los términos nocivos que implican.

Sobran los antecedentes de monopolios y oligopolios que limitan el desarrollo comercial, industrial y laboral para quienes quieren trabajar en determinados rubros. Y vienen subsistiendo muchos, por la decisión de políticos que parecen socios o parte de los mismos, por la forma en la que defienden con argumentos arcaicos y alejados de la realidad, la permanencia en el tiempo y siempre con mayores beneficios para las arcas de las empresas privilegiadas contra los que no consiguen competir como para quienes quedaron obligados a adquirir solamente la oferta monopólica/oligopólica, sin mayores opciones.

A su vez, en ese sentido de sostener los privilegios de los “amigos”, el Estado los subsidia con millonarias cifras (de las cuales raramente los ciudadanos se enteran los montos reales que se pagan) que los pone en una cómoda posición de mercado frente a otros que deben soportar la fuerte presión impositiva, los altos costos laborales, el incremento de los insumos y productos, por mencionar algunos ítems, sin ninguna ayuda oficial.

Ante esta situación ¿cuántos soportan el peso de los monopolios y oligopolios para no caer en la carrera de la subsistencia empresaria?

Para entender un ejemplo de monopolio que, tras largos años se logró modificar, es suficiente ver el caso de las aerolíneas en el país tanto para vuelos domésticos como internacionales.

La política de cielos abiertos multiplicó la cantidad de empresas que comenzaron a prestar servicios y las muchas otras que pidieron hacerlo. Con la llegada de las “low cost” que obligaron a las demás a bajar sus precios de pasajes. Hoy, para volar, hay muchas ofertas y opciones donde los clientes deciden qué elegir.

En este caso, la ahora estatizada Aerolíneas Argentinas, tenía el monopolio del servicio en determinados destinos como Posadas. Eso ya dejó de ocurrir y la aerolínea de bandera siguió teniendo clientes y volando a la tierra colorada.

El problema que arrastra de hace mucho tiempo, es la enorme cantidad de dinero (en dólares como subsidios) que implica su funcionamiento ya que fue convertida en una “caja” de uso político desde hace ya muchos años. Es más, la Justicia tiene pendiente la investigación de hechos denunciados por corrupción en su manejo.

Las normas antimonopolio no siempre encuentran en nuestros representantes el eco que deberían para terminar con el “negocio perfecto” de un puñado de empresarios (algunos convertidos en pseudo empresarios solamente para ser tocados por la varita mágica del poder monopólico, sin antecedentes en sus actividades) que se mezcla entre negociados y oportunismo.

En mercados desregulados, la regulación en beneficio de unos pocos por largos años que garantizan alta rentabilidad (y si no la tienen los subsidia el Estado) son altamente perjudiciales para todos.

Si hay competencia, se acaban los acuerdos entre cuatro paredes, se abren las posibilidades de elección de todos y el Estado se ahorrará millones y millones en subsidios.

Por: Francisco José Wipplinger
Presidente de PRIMERA EDICIÓN