"Lo que indica, sin lugar a dudas, que llegamos a viejos es que el 21 de septiembre no estemos planeando el picnic de la primavera", decía para sus adentros el abuelo, viendo a las nietas trajinar con termolares, enormes envases de gaseosas y las clásicas latitas de picadillo."Entre lo difícil de los picnics nuestros -rebobinaba el abuelo- estaba el hielo; molesto para llevar y que a veces debía comprarse el día antes". Sorbiendo un mate, recordó las botellas de gaseosas de vidrio con bolita, chicas, pero pesadas y que al llegar al aeroparque o al Rowing del Zaimán ya estaban calientes."¡Y era tan lejos el picnic!", nostalgizó en un suspiro. “Los chicos de ahora tienen la costanera o en un sapuaité el Parque de la Ciudad o el Mirador del Paraná en el Laurel. Nosotros íbamos…".“Abuelo – interrumpe una nieta -, el abrelatas ¿Dónde está?”“Abuelo – dice otra- ¿me das el banquito tuyo para llevar?”Saca como Mandrake un abrelatas de entre los recovecos de su alma antigua; de un salto libera el asiento que la niña le reclama y para derretir el nudo que le forman en la glotis los recuerdos de antes y estos que ahora ve crecer, termina el mate que se enfría.No olvida que hace 40 años, en el picnic de primavera, conoció a “la vieja”, la abuela “de estas pequeñas alborotadoras que creen ser las primeras ‘picniqueras’ del mundo”. Sintió en el paladar el sabor de las milanesas que ella había llevado y de eso rico y amarillo -¡Savora!-, con que las condimentó. “No como milanesas si no es con savora”, dijo ella. “¿Ah sí? ¡Yo tampoco!”,dijo él, que nunca la había probado. El beso, dado en complicidad del crepúsculo, sabía aún al dulce picor de la mostaza.Dejando los útiles del mate en el armario enfrentó el retrato y simulando alegría le confesó: “pensar que por vos conocí la mostaza”. “Y el amor” le guiña “la vieja"desde la foto.Por Esteban Abad





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