(Nota publicada el 6 de septiembre de 2011)En la noche del domingo y con sus 37 años bien puestos, José Luis Campanella volvió al río después de mucho tiempo. Cuando era adolescente y se criaba a orillas del Paraná, en la casi desaparecida chacra 180, conocía cada uno de los secretos que el “pariente del mar” guardaba bajo sus turbulentos brazos.Sin embargo, hacia 2002 el “progreso” lo obligó a marchar y se alejó del terruño para siempre, aunque nunca olvidó los recuerdos y el respeto por la fuerza del imponente Paraná, que desde entonces sólo miró de reojo.El domingo, algo de aquel pequeño gurí volvió a vivir en José Luis. El destino lo unió de nuevo con el río, pero esta vez para una misión de riesgo que cumplió a rajatabla: en minutos, se transformó en héroe al salvar a una mujer que se arrojó a las caudalosas aguas para quitarse la vida.En diálogo con PRIMERA EDICIÓN, Campanella relató la dramática experiencia que vivió en plena avenida costanera mientras cumplía sus funciones como agente de tránsito de la Municipalidad de Posadas, una acción a puro coraje que terminó con un final feliz.De películaMás allá de la insólita coincidencia, Campanella no tiene nada que ver con el afamado director de cine, aunque su historia bien podría convertirse en un éxito de taquilla.Nacido hace 37 años entre el barro de la costa y la tierra de la avenida Urquiza, José Luis ingresó a la Municipalidad como recolector de residuos, en el área de Servicios Públicos, hace 19 años.De profesión electromecánico, en 2009 le llegó el traslado a la Dirección de Tránsito Municipal, en donde comenzó a desempeñarse como tallerista y chofer de grúa.El domingo era uno más en el operativo de prevención que llevaban adelante los municipales en la costanera cuando una mujer de 51 años se le acercó casi desde la nada y trató de darle un paquete de cigarrillos y unos anteojos.“Eran cerca de las 19.30 cuando se me acercó, intentó darme las cosas y me comentó ‘tomá, no los voy a usar más porque me voy a matar’”, cuenta José que le dijo la misteriosa dama.En principio, a Campanella le pareció una broma y no aceptó los elementos, aunque desde ese momento le restó importancia al operativo y posó sus ojos en la mujer.“Allí vi que se subía y traspasaba la baranda en dirección al río”, relata el agente, quien en ese momento comprendió que no se trataba de un chiste de mal gusto y la amenaza era real.Con palabras pausadas que parecieran invitar a la reflexión, José recuerda que en ese momento decidió actuar ante la indiferencia de un centenar de personas que se encontraba en el lugar, frente al monumento a los caídos en la guerra de Malvinas. “Algunos sacaban fotos y otros filmaban, pero nadie hacía nada”, dice incrédulo y todavía indignado.Cuando Campanella se acercó hasta la baranda, la mujer ya estaba con los pies en el agua. Entonces, trató de persuadirla. “Vamos a charlar, ese no es un lugar para estar”, le dijo, aunque ella tomó la decisión y se arrojó al río.En ese momento, José Luis entendió que debía actuar, que debía volver al Paraná una vez más, como hace tantos años. Antes de hacerlo, le avisó a sus compañeros y les pidió que avisaran a la Policía. Después, dejó sus pertenencias en la baranda y se lanzó a las oscuras aguas sin dudar siquiera un segundo.“Ella se iba cada vez más a lo profundo y no se esforzaba en nadar. Ya estaba a casi seis metros de tierra firme cuando logré alcanzarla y contenerla. Me decía ‘¡dejame, estoy cansada de la vida!’’, pero la tomé en mis brazos y la traje de regreso”, cuenta el municipal sobre el momento justo en que se transformó en héroe.Cuando llegó al muro de contención, a Campanella lo esperaba el resto de sus compañeros, quienes formaron una cadena humana y, entre todos, lograron sacar a la mujer y ponerla a salvo. Arriba, en el asfalto, aguardaban efectivos policiales, Bomberos y una ambulancia de la Red de Traslados de la provincia.Consciente de que aquel hombre le salvó la vida, la mujer no quiso despegarse de su héroe. “No se quería apartar de mí”, dice el municipal, quien debió contenerla desde la costanera hasta el Hospital Escuela de Agudos Ramón Madariaga, donde fue atendida por una psicóloga. Después llegaron los familiares y Campanella volvió al operativo como si fuera un día más.Totalmente mojado, José Luis fue felicitado por sus compañeros y superiores, quienes le dieron el día libre después de la hazaña. Un colega lo llevó hasta la casa en la que habita junto a su señora y sus cuatro hijos, en Garupá, donde llegó como si nada hubiera pasado, aunque lo delató el agua de sus prendas.“Cuando llegué a casa mi señora pensó que había llovido o algo así. Después le conté todo lo que había pasado y no lo podía creer”, recuerda el también padre de familia.Entre esos tantos vínculos que se generan en la memoria, el protagoniza de la historia hace un alto y vuelve al pasado, cuando era chico y se divertía con sus amigos en el medio del río, cuando “tomábamos una piragua, nos íbamos hasta el canal y ahí nos largábamos a nadar”.Ni antes ni ahora Campanella sintió miedo. No le alcanzaron las milésimas de segundo para pensar en el riesgo en el que puso su vida. “En ese momento no analizás nada, no pensaba en el miedo ni en nada de eso, fue una cuestión del momento”, argumenta con sinceridad.Tampoco se imaginó la repercusión que iba a tener su acto de arrojo en los medios locales, que lo visitaron durante toda la mañana de ayer para conocer la his
toria y lo llenaron de cámaras, flashes, grabadores y micrófonos.De todas maneras, a José Luis no le interesa la repercusión mediática. La prensa lo dejó más agotado que las brazadas en el Paraná.Mientras espera el colectivo, piensa en llegar cuanto antes a casa, con su familia. Es un héroe de carne y hueso, no de ficción.Cuestión de familiaLa historia de José Luis Campanella es muy particular, no sólo por el valiente accionar que lo llevó a salvar una vida en las caudalosas aguas del río Paraná.Además del verdadero “trauma” que debió sufrir cuando el agua comenzó a subir y debió mudarse de la casi extinta chacra 180 a Garupá, José tiene además otro capítulo difícil en su vida.“A mi padre nunca lo conocí. En determinado momento lo busqué y lo encontré, pero a través de un correo electrónico me dijo que él no mantenía vínculos con nadie. Desde entonces, lo dejé tranquilo”, relata, con la misma tranquilidad con la que habló durante toda la entrevista.Sin embargo, eso no le quita el sueño a Campanella, quien formó su familia junto a su esposa, tres varones de siete, diez y doce años, y una nena de seis.“Ellos son la alegría y la fuerza de todos los días”, sintetiza el agente municipal, recibido y apreciado con bombos y platillos en el barrio en donde vive, en Garupá, cerca de la avenida Las Américas.




Discussion about this post