Por razones de trabajo con mi esposo vivimos mitad del año en Europa y mitad en América. Tanto en una casa como en la otra convivimos con nuestros amigos los árboles.En estos momentos estamos en España, en la aldea, en un pueblo de montaña, como se dice aquí.Sus casas, la mayoría de ellas son centenarias, tienen las paredes de piedra y techos de tejas. La nuestra mira al este donde sale el sol, está rodeada de robles, castaños, pinos, eucaliptos, tilos…, todos crecen robustos y sanos, no es para menos, el agua corre por doquier, entre las grietas de las piedras, en pequeños riachuelos, todo el bosque es un murmullo, y el agua se une a este parloteo de sonidos.Nos agrada dar paseos por el bosque, sentir el aire en la piel. Es tan ligero y suave, lleva tantos aromas, que cuando pasa por la nariz y golpea las fosas nasales si no se está atento, apenas se pueden detectar las fragancias de los robles o los secos vapores de los musgos.Un día paseábamos por el monte, que lo atraviesa una parte del camino de Santiago de Compostela. Atardecía y entré en un sendero cuesta arriba para hacer ejercicios de respiración y relajación.Mi esposo quedó tomando fotos. El sol estaba bajando, a esta hora los caminantes están en los albergues descansando, no había problema para que me sentara en medio de la senda y así lo hice.El aroma a pino comenzó a envolverme, mi espíritu saltó con pequeñas palpitaciones en mi pecho, fue una emoción sin forma, mi mente se rebelaba, ¡a qué tanto alboroto por un pino!A la par del perfume, sentí alegría, no entendía bien. ¿Qué es esta alegría? ¿De dónde viene?No era provocada por mi mente, era revelada por mi espíritu, como si la hubiera descubierto de un sagrado escondite, eran sonidos que no emiten los labios.Abrí los ojos, y allí estaba, a pocos metros, delante mío, uno de los inmortales, (es como se los llaman a los pinos). No muy alto, escaso de ramas, con el preámbulo de la alegría, y a su vez con inmediatez, en el aquí y ahora. El mensaje que llegaba a mi mente, era, “trasciende”. Él hablaba a mi espíritu:-“no tienes que hacer nada, simplemente recibir y ser sensible no solo a mi forma de árbol, sé sensible a todo lo que existe. Deja que el viento se detenga, el sol quede inmóvil, conviértete en ellas para poder tenerlas, conviértete en alegría, paz, existencia, eternidad, amor”.Sin palabras que salgan movidas por una laringe, mi querido pino hizo que fuera a lo más profundo de mi existencia, de su existencia, de “todo el amor”… sin pedir nada a cambio, sin amenazas de infiernos, sin miedo.Cuando tengas la oportunidad de estar delante de un árbol, sé consiente de quien tienes delante, sé respetuoso. Tan solo con su presencia, está inundando de vitalidad el aire que respiras, la fusión de su energía con la tuya, es un momento extraordinario, habrás meditado. La experiencia es tal, que no volverás a ser el mismo.Te sugiero tomar un momento del día para ir al encuentro de tu amigo árbol.Siéntate a su lado, o apoyado sobre su tronco, procura reflexionar la misión que tienen en la naturaleza y lo que hace el por ti, y qué haces tú en favor de él.Si lo abrazas como hacen muchas personas, hazlo con respeto, como se abraza a un amigo, no como un parásito que quiere robar su energía.Lo que pueda suceder entre él y tú, depende de ti, de tu silencio.Hasta la próxima semanaColabora: María Benetti MeiriñoAutora de libros y guía para meditación. [email protected]





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