SAN VICENTE. La vida del circo es la única que conoce. Nació y creció dentro de esas carpas con animales y malabaristas, acróbatas y payasos. José Antón tiene 60 años y es dueño del único parque infantil misionero, con el que recorrió el país y hoy recorre la provincia. “Los parques de diversiones son la forma más sana de divertirse y mientras haya un niño, habrá un parque”, le asegura a PRIMERA EDICIÓN.Su historia comenzó dentro de un circo. “Mis padres fueron los propietarios del ‘Circo Real Madrid’ y eran peruanos. Yo nací en Buenos Aires, así que soy bien argentino. Eran acróbatas sobre caballos y yo me preparé para ser acróbata en bicicleta. Esa fue la profesión que me permitió conocer casi todo el continente americano y de la cual estoy muy orgulloso”, señala y agrega que “es una forma de vida y depende de uno vivir bien. Antes, las casillas de los parques más modestos eran precarias, de chapas desarmables y por eso muchos tienen esa impresión. Nosotros tenemos casas rodantes con todas las comodidades que nos permiten vivir bien”, cuenta mientras muestra su vivienda. “Con el circo recorrí todos los países de América Latina, tuve muchas experiencias que sólo los artistas de circo pasan: dormir en un camión en una noche muy fría y con nevada o dormir en el hotel Sheraton de Santiago de Chile. Cuando mis padres murieron, seguimos con mi hermana dos años más y luego vendimos el circo y trabajamos en espectáculos circenses para otros circos más grandes e importantes. Yo me quedé en Argentina, en Misiones y mi hermana y mis sobrinos se fueron a México y de ahí a Las Vegas en Estados Unidos donde se radicaron definitivamente. También fui actor de reparto en dos películas que se filmaron en Buenos Aires sobre los circos. Una de ellas fue con el “gran Sandro” en “Gitano”, donde aparecemos con mi hermana y otros amigos”. Una vida “de pueblo en pueblo”, como él mismo asegura. “Cuando sentí que mi cuerpo no podía trabajar más en el circo, armé un parque de diversiones y hace treinta años que estoy en esto junto a mi esposa”, relata.Justamente fue la obereña Elsa Kaleñuk la mujer que hizo que se asentara. Hace treinta años son marido y mujer y fue ella la que lo transformó en un misionero más. “En uno de los viajes por el interior llegué a esta provincia. Una de las ciudades que visitamos fue Oberá. Allí conocí a una maestra de escuela y me enamoré. Con Elsa estuvimos un tiempo de novios hasta que decidimos casarnos. Ella dejó todo y se vino a vivir al circo conmigo. Dos años después de casarnos decidí dejar la actividad circense y compramos un parque de diversiones. Dejé de ser artista de circo porque mi cuerpo ya no me permitía y uno debe entender qué es lo mejor para uno, en el momento justo. Así que ahora estoy con el parque ‘Koney Island Park’, el único parque de diversiones misionero”. Sobre él recorrieron toda la Argentina de punta a punta, pero también países como Bolivia, Paraguay, Uruguay y Brasil. “Pero como mi esposa es de Oberá, decidimos establecernos en la provincia. Criamos nuestros cuatro hijos en el parque. Hicieron la escuela primaria en las ciudades y pueblos a los que llegábamos. La secundaria ya no porque fue difícil, más exigente. Dos de mis hijos son profesionales universitarios y los otros dos están en la Universidad. Esa es la mejor herencia que le puedo dar más allá de lo material que nunca les faltó gracias al parque”. Hoy tienen una casa en Oberá e hicieron allí una base para trabajar en toda la provincia. “Decidimos no salir más de Misiones. No es fácil mantener una estructura como ésta. En todos estos años vimos como muchos parques de diversiones se fundieron y su gente terminó en la calle, en la búsqueda de cosas para hacer sin conocer otra actividad que ésta. No hay una legislación que resguarde y nos dé apoyo. No debemos olvidar que los parques de diversiones, al igual que los circos, son una cultura. ¿Qué persona no fue alguna vez a un parque o un circo y tiene buenos recuerdos de su visita? Vemos como muchos padres vienen con sus hijos y escuchamos como les cuentan de cuando vinieron de chicos y paseaban en una calesita u otro juego. El parque de diversiones fue, por mucho tiempo, un lugar de esparcimiento y de diversión sana para la sociedad. Cuando llegábamos a un pueblo la gente salía a festejar, porque era tal vez lo único que iban a desfrutar y nos esperaban o a otro parque o circo para tener una oportunidad de distracción. Tal vez no iban a poder ver las cosas que ven acá”, comenta.Hay que armar el ParqueEl Koney Island Park tiene los tradicionales juegos de los parques de diversiones. La intención es sumar más, pero “es muy difícil incorporar juegos nuevos. Tenemos que traer de otros países porque en Argentina no hay fabricantes. ‘La Casa del Terror’, que es nuestra última incorporación, la importamos del Brasil. También tenemos un tobogán gigante que vamos a instalar para este fin de semana. Algunas veces conseguimos juegos usados de otros parques: ahora preparamos una vuelta al mundo que adquirimos cuando se desarmó el ‘Italpark’ en Buenos Aires. Además, tenemos que cumplir con muchas reglas para poder funcionar: medidas de seguridad, cada juego tiene que tener una verificación técnica para asegurar que funcione correctamente, tenemos que tener seguro para los visitantes. En cada lugar que llegamos, debemos bajar la luz eléctrica, indispensable para funcionar. Cuando nos vamos esa conexión desaparece y cuando llegamos a otro lado tenemos que volver a pagar la conexión. Son cosas que uno tiene que cumplir y aceptar. Son las reglas del juego de cada lugar que visita”, comenta. Otro detalle no menor a tener en cuenta es el clima. “Los días lindos trabajamos, pero los de lluvias son días perdidos. Hay pueblos donde tenemos buenos resultados y otros en los que no. En los pueblos chicos es donde la gente se acerca más, pero no podemos estar mucho tiempo porque dejan de ir enseguida. En las ciudades más grandes, nos quedamos entre tres semanas y un mes”, destaca José.“Mientras exista un niño existirá un parque de diversiones. Es la diversión más sana que puede haber. Lo que pueden ver y disfrutar en un parque no lo pueden experimentar en otro lado. Acá vienen chicos ricos y pobres y se divierten de la misma manera. Eso nos reconforta y permite, a mí y a mi familia, seguir adelante con el parque
. Cuando llegamos a un pueblo sentimos el cariño de la gente. Cuando hacemos la propaganda sentimos la emoción de un niño, cuando le damos un boleto con descuento nos emociona su mirada. Sentimos como un chico sale satisfecho y emocionado cuando se baja de una calesita o cualquier otro juego. Tengo sesenta años y llevo treinta con el parque de diversiones. No voy a dejarlo todavía, creo que con mi esposa tengo mucho tiempo más para trabajar. Algún día me voy a jubilar de este trabajo y espero que algún familiar o descendiente mío siga con el parque y recorra la provincia. Tengo un nieto que todavía anda en triciclo que le gusta el parque y quiere acompañarnos todo el tiempo, creo que es uno de los candidatos a seguir con el negocio”, cierra.





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