POSADAS. Una joven mamá de 21 años y su nena de dos ingresaron este viernes a la tardecita al Hogar San Francisco de esta ciudad con apenas la ropa que llevaban puesta. Fueron derivadas allí por la Línea 137 que atiende casos de violencia de género y familiar. Con apenas un rato de diferencia, también ingresó a este hogar una adolescente de 16 años. Detrás de cada caso hay una historia muy triste, de familias quebradas, violencia y abuso. “Aunque no siempre es así, la mayoría de las veces las jóvenes y mamás vienen con lo puesto porque la situación de la que escaparon o fueron rescatadas no les posibilitó siquiera juntar sus pertenencias. Para ellas es empezar de nuevo, sin nada, pero seguras y contenidas por las cuidadoras del hogar y las demás jóvenes que viven aquí hasta que pueden seguir afuera con sus vidas”, contó la directora del San Francisco, Adela Milanich. Aunque el hogar San Francisco nació hace 23 años para contener a madres adolescentes en riesgo o abandono, en la actualidad también está recibiendo con los brazos abiertos a adolescentes en situación de vulnerabilidad que no son mamás y a madres y sus hijos víctimas de violencia. PRIMERA EDICIÓN habló con las niñas, jóvenes y madres que viven allí. El día a día en el hogarValeria Ayala es la cuidadora del turno mañana, también es quien les enseña a las jóvenes a hacer artesanías con crochet, y con papel de diario. Valeria es una gran cocinera y es quien está al frente de cocinar los pedidos que reciben desde afuera y que son una de las principales fuentes de ingreso de dinero para sostener los gastos del hogar: panes, sopa paraguaya, roscas, empanadas, pastafrola, locro, tortas… lo que la gente pida con tiempo, Valeria y las demás cuidadoras, jóvenes y mamás del hogar lo preparan. El San Francisco es una de las instituciones de la Asociación Jardín de los Niños (que administra además tres jardines maternales en Posadas, un centro para la tercera edad, un centro de capacitación integral en el barrio San Jorge y varios comedores comunitarios). “Las personas que residen en el hogar almuerzan en uno de los comedores de la asociación… pero tenemos que generar nuestros propios recursos para la cena y los días en que no hay comedor, como pasó ahora en las fiestas de fin de año”, contó la directora del hogar, Adela Milanich, una joven abogada que asumió su conducción hace siete meses. Adela vivió en carne propia la violencia familiar. Sabe lo que sufren las jóvenes y niñas que hoy tiene a su cuidado.Volver a empezar Vanesa tiene 32 años y hace dos meses encontró cobijo para ella y sus tres hijas (Luciana de 5, Celeste de 8 y Daniela de 11) en el hogar San Francisco. Su historia está plagada de violencia y maltrato de género. Pero ella y sus hijas tratan de salir a flote pese a que las niñas debieron dejar abruptamente la escuela en noviembre. Según contó a PRIMERA EDICIÓN, sus hijas son muy buenas alumnas y, pese a que Daniela quedó libre por faltas, está estudiando mucho para poder rendir en marzo y pasar de grado. “Tengo que rehacer mi vida y para eso debo buscar un trabajo. Tuve que dejar todo atrás, incluido mi trabajo”, contó Vanesa que está aprendiendo rápidamente a hacer artesanías. Ana María cumplió 17 años la primera semana de diciembre. Está cursando un embarazo de 37 semanas producto de un abuso. Espera una nena a la que llamará Maite, el mismo nombre que tiene su hermanita menor. La relación con su familia no es buena, apenas la visitaron una vez desde que está en el hogar. “Mi familia no quiere que me quede con el bebé, pero yo no quiero darla en adopción aunque también siento cosas contradictorias…” , confió esta adolescente de rostro angelical que abandonó la escuela cuando tenía once años y salió de su casa a muy temprana edad. Ana María pasó las primeras horas del año con contracciones, “pensé que ya iba a nacer mi bebé, estaba muy nerviosa, pero después se me pasó… recién tengo fecha para el 25 de enero”, contó la adolescente quien confió que a veces se siente muy sola, “sé que llaman a mi papá y a mi madrastra para que vengan a verme y ellos se niegan… igual, las cosas más difíciles ya las pasé sola. Adriana tiene quince años y es la que hace más tiempo está en el hogar. “Tiene familiares en el Sur y, si bien también tiene algunos parientes en Posadas, ella está sola, no puede contar con ellos. Es muy callada y tímida”, la describió Adela. En la actualidad, el hogar San Francisco no recibe ninguna asistencia económica del Estado pero, según precisó su directora, “estamos haciendo los trámites para poder contar con un subsidio, dependiendo de la cantidad de personas que están bajo nuestro cuidado”. Por ahora, el hogar se sostiene con la venta de comidas y la ayuda de la gente. “Permanentemente, vemos cómo generar recursos para poder facilitarles a las mamás lo necesario para ellas y sus hijos. En este momento no tenemos bebés que usen pañales pero eso cambiará en muy pocos días cuando nazca la pequeña de Ana María, una adolescente que acaba de cumplir 17 años y que tiene fecha de parto para mediados de este mes”, destacó Adela. El hogar tiene teléfono (4481024) y página en Facebook (HSFmamitas). Está abierto a todo tipo de colaboración, desde alimentos, ropas, zapatos, lanas, hilos, pañales, elementos de limpieza y otros que se utilicen en las casas. Personas solidarias Hace unos meses, una profesora del Servicio Provincial de Teleducación (Sipted) empezó a darles clases los sábados a las niñas y adolescentes del hogar. “Es para nivelarlas, la intención es que este año podamos articular con el Sipted para acceder al servicio de educación abierta. Las jóvenes no pueden asistir a escuelas nocturnas porque, dada su historia familiar, no es seguro y no tenemos la posibilidad de acompañar a cada una a clases. Nosotros trabajamos mayoritariamente con adolescentes… por lo que tenemos reglas muy estrictas de confraternización, aunque nos cueste, no podemos dejar salir a las chicas cuando quieran”, precisó Adela. “Pagué mis estudios con la venta ambulante”Según contó Adela Milanich, actual direct
ora del hogar San Francisco, desde muy chica empezó a vender cosas en la calle. “Mi mamá y yo éramos muy pobres y por eso, desde muy chica, vendí cosas en la calle. Cuando terminé la secundaria le dije a mi mamá que quería estudiar abogacía en Corrientes, donde está la universidad pública más cercana que enseña esa carrera, y por supuesto me las arreglé sola porque ella no tenía cómo ayudarme. Al principio trabajé como empleada doméstica, también como niñera y después empecé a vender juguetes inflables… en ese momento, sólo había un comercio que vendía este tipo de cosas así que me iba bien con la venta”, recordó. Por esa razón, Adela no se amilana ante la posibilidad de salir a vender artesanías que hagan en el hogar en la costanera de Posadas, “es como volver a mi antiguo rubro”, bromeó aunque sabe que ya no dispone del tiempo necesario. “El hecho de haber estado mucho en la calle vendiendo me dio la posibilidad de vincularme con muchas personas en situación de calle y siempre sentí la necesidad de acompañarlos. Cuando volví a Posadas, ya recibida, empecé a colaborar con la Fundación Tupá Rendá y con Grávida… yo soy católica y trato de encontrar a Jesús en los que nos necesitan”, relató.





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