POSADAS. El ingeniero Erik Barney, fundador y coordinador del Grupo de Energías Renovables de Misiones (GERM) en la Facultad de Ingeniería de Oberá y un reconocido pionero en la introducción de energías alternativas en la provincia, insistió en cuestionar el uso de semillas transgénicas (OGM, organismos genéticamente modificados) en el agro misionero, en particular en las plantaciones de maíz. Barney, quien ya había denunciado que en varias comunas del interior provincial los intendentes reparten semillas modificadas promoviendo de esa forma la suplantación del maíz criollo por variedades transgénicas, advirtió ahora que “según observaciones recogidas entre los colonos, feriantes y personal de agroveterinarias, estimamos que posiblemente ya la mitad del maíz que se cultiva en la provincia es transgénico”.Estas prácticas, recalcó el ingeniero, amenazan con “dejar sin efecto todo lo bueno que se propone en la Ley de fomento a la producción agroecológica”. El reconocido ambientalista se manifestó de acuerdo en el espíritu de la ley, pero sostuvo que “un modelo ecológico como el que se propone no puede convivir con las semillas transgénicas ni con el uso intensivo de agrotóxicos como se hace en los cultivos de tabaco y en la mayoría de los cultivos industriales en general, incluyendo los cultivos forestales”.“Lo primero -recalcó- es apoyar esta ley con otra que prohíba la producción de alimentos con base en productos transgénicos en territorio provincial y erradicar el uso de agrotóxicos”. La ley fue aprobada a mediados de octubre por unanimidad en la Legislatura provincial y prevé invertir un equivalente al 15% de lo que recibe Misiones del Fondo Especial del Tabaco (FET), entre otros recursos, en apoyo a las economías familiares, apostando a desarrollar un modelo de producción agroecológica. Con un fuerte apoyo del Estado provincial, se pondría en marcha un proceso de reconversión productiva que apunta a “regular y promover prácticas y procesos relacionados con la producción, comercialización y consumo de alimentos saludables, con sostenibilidad ambiental, económica y cultural”, según expresa la norma legal de autoría de la diputada Marta Ferreyra. Uno de los puntos fuertes de la nueva legislación, que fue aprobada con apoyo de todos los bloques de la Legislatura, es el incentivo a que los pequeños productores accedan al mercado de productos orgánicos mediante la creación de un sistema de certificación provincial. Las ferias, amenazadas“Desgraciadamente ha llegado el maíz transgénico de Monsanto a Misiones y se amenaza a partir de ello a las semillas y los cultivos originarios”, señaló Barney a PRIMERA EDICIÓN, resaltando que la multinacional Monsanto, que promueve los cultivos transgénicos a gran escala, no encuentra trabas a nivel local para la introducción de sus productos ya que “en la provincia no existe una legislación o ley que lo prohíba, y lo peor de todo es que estas variedades son promovidas por algunas áreas del Gobierno como ha pasado en Alvear, Guaraní, Alem y otras” localidades.Para Barney, Misiones debe aprender la lección de “lo que ocurrió en México y la India, donde luego de la innovación con la introducción de maíces transgénicos, se perdieron valiosas variedades de semillas nativas”. “Es hora de que en la provincia se presente un proyecto que trate el tema y que el Gobierno disponga de una herramienta para prohibir y concientizar a la población sobre los peligros de la difusión de estos tipos de maíces”, opinó Barney, para quien estas variedades genéticamente modificadas “son peligrosas para la salud humana y no es lógico que se tolere su difusión en las chacras al mismo tiempo que se quiere producir alimentos sanos”, remarcó, ya que “está demostrado que los maíces transgénicos tienen un 30% menos proteínas que los nativos de variedades regionales”. Barney explicó que la elección de una alternativa agroecológica exige tomar distancia del mundo de la manipulación genética vinculada a las grandes corporaciones multinacionales. “Hay diferentes variedades en el tipo de maíces: unas son las variedades regionales y otras son los híbridos. Dentro de estos últimos tenemos los híbridos que son el resultado de la clonación de dos variedades regionales, sin tocar la cadena genética, y los híbridos transgénicos, donde se ha manipulado la cadena con el agregado de genes destinados a desarrollar una variedad que sea tolerable a cierto tipos de insectos, que sea resistente al glifosato y que las semillas no puedan reproducirse, entre otras cosas. Si bien Monsanto permanentemente niega las ultimas investigaciones que demuestran los peligros de la ingesta humana y animal de dicho maíz, poco a poco la sociedad va tomando conciencia y en varios países han prohibido la entrada de los maíces transgénicos”. Otro tema pendiente es el rótulo en los alimentos donde figure que son “libre de productos transgénicos”, para que el consumidor sepa qué elegir. “En varios países del mundo ya es obligatorio el rotulado de los alimentos”, remató Barney. “El alto rendimiento no es gratis”Refiriéndose a la introducción de maíz transgénico en las chacras misioneras, el ingeniero Barney destacó que “los altos rendimientos por hectárea y la resistencia al ataque de ciertos insectos y al glifosato que tienen estas variedades híbridas no son gratis. Considerando los costos de los granos (2.000$/bolsa), y de los agrotóxicos y del consumo de agua, se puede asegurar que para el pequeño productor es más conveniente plantar dos hectáreas de maíz nativo (3.000 kilos/ha) que una hectárea del transgénico (6.000 kilos/ha)”, calculó.Más allá de la ecuación económica, sostiene Barney, se trata de hacer ver que la provincia no es ajena, ni mucho menos, a un debate que se está dando en el mundo respecto a los avances de la agricultura basada en cultivos intensivos con base en OMG. Cada vez se alzan más voces de científicos y ambientalistas que cuestionan no sólo las políticas de expansión de las multinacionales como Monsanto, sino la dudosa base científica en que se sustentan los productos transgénicos. Un dato es que la convivencia entre estos productos alterados genéticamente y los cultivos tradicion
ales es inviable. “Prestigiosos científicos advierten que la contaminación genética sucede para siempre, se perpetúa y es irreversible”, afirmó Barney. “Por eso, es responsabilidad de los Estados exigir y financiar estudios independientes para investigar los impactos sobre la salud y el ambiente a largo plazo. La Asociación Médica Británica y muchísimas instituciones internacionales coinciden en que la ética científica y la responsabilidad social obligan a aplicar el principio de precaución y prohibir la liberación al ambiente y el uso de los transgénicos en la alimentación”, subrayó.





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