POSADAS. Carlos Vargas (29) no entiende todavía cómo fue que escapó de la muerte. Aún tiene fresco el recuerdo de la adrenalina, las pulsaciones a mil y esa pregunta que se hizo una y otra vez en medio de la balacera: “¿será que no me están pegando realmente los tiros o yo no los estoy sintiendo?”, se confiesa.El cabo de la Policía de Misiones se ganó su lugar en el salón de los héroes. Durante la madrugada de ayer, en pleno microcentro, enfrentó a cuatro peligrosos delincuentes que intentaban robar una caja fuerte de un estudio jurídico, en Bolívar y 25 de Mayo.Los ladrones tenían el “macizo” en el balcón y estaban a punto de dar el golpe cuando Vargas llegó y dio la voz de alto. Uno de ellos le disparó al menos seis veces a quemarropa, desde apenas dos metros de distancia. Milagrosamente los proyectiles no le tocaron siquiera un cabello al policía, que persiguió a los delincuentes y permitió su posterior captura.“En un momento pensé que me mataban. Porque el que me tiró lo hizo desde no más de dos metros, si hasta podía ver el caño del revólver y los chispazos que salían. Por eso digo que hoy, 3 de febrero (por ayer), es mi nueva fecha de cumpleaños. Volví a nacer”, le dijo el uniformado a PRIMERA EDICIÓN en medio de un relato exclusivo que congela la sangre.Infierno de plomoVargas habla pausado, lento. Sin apuros. Se nota enseguida que es de perfil bajo y que no le gusta la exposición. Por eso pide que no se tomen fotografías, aunque no podrá eludir la entrevista con este diario.Padre de un niño de cinco años y principal sustento de la familia, comenzó su carrera policial en la antigua Dirección de Tránsito de la fuerza y siguió en Puerto Iguazú, donde se desempeñó en el Comando Radioeléctrico y en distintas comisarías de la zona, hasta que volvió a Posadas, esta vez a la Patrulla Urbana de la Unidad Regional I.En esa dependencia cumplía funciones ayer cerca de las 3, cuando el deber llamó una vez más por radio. “Desde el 911 avisaron que había un robo en proceso en la esquina de Bolívar y 25 de Mayo”, rememoró. Entonces, aceleró a fondo el móvil 3-395, una motocicleta de 110 cilindradas, hasta aquel destino.El suboficial llegó y observó un Renault Clio negro, en marcha, esperando a alguien. Se acercó para identificar al conductor, sin imaginar que estaba a punto de desatarse un infierno de plomo.“Cuando me acerqué, aceleró y se retiró del lugar. En eso escucho unos disparos que vienen de atrás. Miro para arriba y veo en el balcón, a unos cuatro metros de distancia, a una persona joven que me apunta y efectúa más disparos”, rememoró Vargas, sorprendido por el ataque de los delincuentes.El policía se agachó e intentó cubrirse detrás de la moto. El ladrón saltó del balcón y, sin contemplaciones, volvió a disparar. “Al bajar se acerca y me efectúa dos disparos más, a unos dos metros mío, muy cerca. Ahí pensé que me mataba. Pero no sentía los balazos. Porque estaba cerca, sí veía el caño del revólver y cómo salían los chispazos. Hasta pude verle la cara y un mechón de cabello pintado de amarillo. Me preguntaba si realmente no me estaban pegando los balazos o yo nomás no los sentía”, recordó el suboficial sobre aquellos segundos críticos en los que pensó que su hora había llegado.Con la adrenalina inyectándole valor en cada una de sus células, Vargas atinó a tirarle el casco que tenía en sus manos al ladrón, que esquivó el objeto, trastabilló y cayó al suelo. Recién entonces el uniformado pudo desenfundar su arma, pero inesperadamente saltaron otros dos delincuentes desde el balcón.Suponiendo que también estaban armados, el cabo se cubrió detrás de una pared. Recordó que entonces los vio huir y comenzó a perseguirlos: “salgo detrás de ellos y les doy la voz de alto; ellos continúan corriendo una cuadra y media más hacia el centro. Ahí tomé la portátil y pedí apoyo. A las pocas cuadras se logró la detención del primero”.Efectivamente, un joven de veinte años fue apresado por la Policía minutos después en Belgrano y Rivadavia, con un revólver cromado calibre .38, el mismo con el que había intentado ejecutar al policía.Mediante el testimonio de Vargas, la Policía siguió la pista y cerca de las 7 llegó hasta el barrio Los Lapachitos, al sur de Posadas. Allí, con la presencia del magistrado Marcelo Cardozo, al frente del Juzgado de Instrucción 1 de la capital provincial, se procedió a la detención de los otros tres sospechosos, de 24, 26 y 30 años. Además, se incautó una motocicleta de baja cilindrada. Dos de los detenidos son paraguayos; los otros dos, argentinos.Pese a que fue su primera vez en una situación tan extrema, el valiente suboficial reconoció que no sintió miedo. “En momentos así no sentís nada, lo único que te queda es reaccionar, tratar de cubrirte y repeler el ataque”, confió.Fiel a sus principios, Vargas no se considera un héroe ni mucho menos. Dice que estas cosas forman parte de su trabajo y que hoy, cuando regrese a su base, todo seguirá normalmente. “Me gusta ser policía, es lo que siempre me gustó”, admite con la vocación a flor de piel y la convicción de que volverá a arriesgarlo todo cuando el deber llame.




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