POSADAS. La siesta es gris y bastante fría. Una sutil llovizna cae de a ratos y en el cementerio municipal no hay visitantes. Sólo obreros que trabajan a destajo para terminar la nueva obra de baños y vestuarios que se construye lindante al área de panteones. PRIMERA EDICIÓN recorre los treinta metros de distancia entre los portones de entrada de la necrópolis y el monumento funerario que mandó a construir la esposa de Juan Barthe como homenaje póstumo. En ese trayecto la leyenda no tarda en volver a ser repetida: “Aquí fue enterrado Juan Barthe, el hombre que quiso comprar su vida y le ofreció a Dios cuatro cofres llenos de oro para no morir”. El comentario proviene de un sepulturero que también acompañó a este diario en la recorrida y que sirvió para empezar a indagar -junto con el ferviente defensor del patrimonio histórico, Leo Duarte- sobre algunas historias y las personalidades que fueron sepultadas en el siglo XIX; quienes en vida fueron influyentes figuras de élite social, cultural, política y económica de lo que hoy es Posadas.“Esta tumba la mandó a construir su esposa, Elisa Labat de Barthe, presidenta de la Asociación de Damas de Beneficencia de Posadas, proveniente de una familia económicamente muy poderosa. Es una de las tumbas más grandes del cementerio municipal y fue declarada patrimonio arquitectónico en 1996”, explicó el defensor del patrimonio histórico e impulsor del grupo Posadas del Ayer, desde donde se promueve la memoria colectiva local. Más o menos esa es también la época en que la tumba de Juan Barthe fue profanada y nunca más se pudieron recuperar sus restos ni los de su esposa. Con los portones ya rotos y muy oxidados, inclusive se usó como depósito. “Que tendría adentro el ataúd de Juan Barthe, nunca se sabrá, nunca se supo, pero la gente siempre imaginó que pudo haber sido enterrado con objetos de oro. En los años 90 se profanó su tumba y nunca más se pudieron recuperar sus restos.“Ni siquiera hay registros municipales sobre su entierro. Inclusive se llegó a decir que era la tumba de su hermano Domingo Barthe, pero este murió en Francia y años más tarde fue enterrado en el cementerio de La Recoleta. Domingo y Juan fueron los socios comerciales e ideólogos de la construcción del hotel Palace (conocido actualmente como el ex Savoy). Siempre se dijo y se sigue diciendo que ese hotel se construyó para el casamiento de la hija de Domingo Barthe, para alojar a los exclusivos invitados. Bien, esa es otra leyenda, ya que según se desprende de la investigación del historiador y antropólogo social Alberto Daniel Alcaraz “no hay registro alguno sobre ese famoso casamiento. Los registros de la época sólo mencionan la construcción de un lujoso hotel, único para la época”.La riqueza desmesurada de esta familia es de alguna manera la “responsable” del mito que rodea al apellido. “Domingo Barthe y su hermano Juan provienen de una familia pobre vasco-francesa. Llegaron a Argentina escapando de la guerra Franco-Prusiana a fines del siglo XIX, sin nada más que sus habilidades comerciales, por así decirlo. En treinta años lograron una acumulación de capital tal que los posicionó en la cima de un imperio gigantesco. Una de mis hipótesis de como lograron el capital inicial está basada en las alianzas matrimoniales beneficiosas, ambos se casaron con jovencitas de alta sociedad y en sus habilidades para el comercio de yerba mate, la adquisición de enormes extensiones de tierras fiscales en Paraguay, Argentina y Brasil, a valores bajísimos, mediante leyes que favorecían la penetración de capital extranjero, utilizando el sistema de testaferros, que décadas más tarde fueron expropiadas por el gobierno paraguayo por haber sido adquirido con graves irregularidades y de modo fraudulento”, resumió Alcaraz.Poder simbólicoEl hotel Savoy no es la única representación del poderío social que tenía la familia. El Club Unión, la iglesia catedral y la estancia El Porvenir (donde hoy se asientan los barrios que concentran el cordón de pobreza y marginalidad más grande del sur capitalino) fueron otros.“La casa de los Barthe estaba donde hoy se encuentra el Obispado y su capilla privada fue la base de la catedral”, referenció Leo Duarte.“Una forma de rescatarlos es la investigación para una maestría que está realizando un integrante de nuestro grupo”, confió el hombre en referencia al estudio del profesor Alcaraz. “Mucha de su historia se encuentra en libros de historia paraguayos”, contó. Vale decir que de Juan Barthe ni siquiera hay fotos y sólo se conoce una de Domingo. Eso es lo que al menos confiaron sus descendientes tras la consulta de este diario, charla en la que una bisnieta de unos de los hijos de Domingo y sobrino de Juan contó que pese a que el panteón es patrimonio de la ciudad, mi padre debió pagar las tasas municipales, pero no podemos hacer uso.“Hace poco me llamaron para transferirme el título, pero para qué voy a pagar algo que no puedo usar. Nosotros no tenemos la plata que tuvieron nuestros ancestros, sólo nos queda el apellido”. Una paradoja. Ramón Madariaga y Antonio Ramírez, entre la memoria y el olvidoEl cementerio municipal centró muchísimas veces la atención de los historiadores y realizadores de documentales, pues allí se encuentran los restos de un sinnúmero de personalidades locales: el doctor Ramón Madariaga; el primer misionero que jugó en la selección argentina de fútbol, Ernesto Bernardo Cucciaroni; el poeta y periodista Manuel Antonio Ramírez, asesinado a balazos por su jefe, quien lo acusaba de haber enamorado a su esposa. El lugar se encuentra literalmente abandonado, ganado por pastizales, y el proyecto para la recuperación de la tumba y el traslado a un mauseolo en el anfiteatro que lo honra duerme hace años en un cajón. Lo lamentable para Duarte es que existe la posibilidad de que su cadáver sea removido a una fosa común o incinerado. Al rescatar otras historias para esta nota, Leo eligió la de Ramón Madariaga, de quien ese cuenta que viajaba en carro al interior para atender a enfermos de fiebre amarilla, tifoidea o paludismo. Para la gente, Madariaga era una especie de dios porque atendía a los pobres sin pedir nada a cambio. Murió en la miseria pero era tan querido que el cortejo fúnebre empezaba en su consultorio, en el centro, y se extendía hasta la chacra 60 del barrio Rocamora.





Discussion about this post