Dolores que no dejan moretones, angustias invisibles en una radiografía y sufrimientos que conviven durante años con una sonrisa, un sueldo a fin de mes, una familia tipo y una rutina perfectamente funcional… la salud mental tiene esa incomodidad: lo que más urge atender suele ser lo que menos se nota.
Cada 10 de octubre, el Día Mundial de la Salud Mental nos cruza con una realidad que durante demasiado tiempo se tapó con silencios, prejuicios y diagnósticos de almacén.
Hoy se habla más de ansiedad, depresión y agotamiento. Hay más gente admitiendo que no puede más y más espacios dispuestos a sacarle el estigma al tema. Es un avance, claro. Pero una cosa es sumar palabras al diccionario cotidiano y otra muy distinta es entender qué significa sostener a alguien en crisis.
Convertimos el malestar en una muletilla. Decimos que estamos “deprimidos” porque llovió, rotulamos como “ansiedad” cualquier reunión de trabajo que nos dé fiaca, y mandamos a ponerle voluntad a un problema clínico que requiere un profesional.
Y ahí aparecen las soluciones mágicas de café: “Tenete fe”, “todo pasa”, “hay gente que está peor”. Como si el sufrimiento fuera una tabla de posiciones, como si bastara con sacudirse los malos pensamientos para salir de un pozo que ahoga, y como si enfermarse emocionalmente fuera una elección de la que se sale con fuerza de voluntad.
El problema no es solo la ignorancia; es la incomodidad que nos genera el dolor ajeno. Nos choca que un amigo no tenga energía para levantarse, que un compañero pierda el foco o que alguien que siempre pareció de piedra admita que colapsó. Ante eso, lo más fácil es minimizar, juzgar o mirar para otro lado. Spoiler: nadie necesita mendigar validación para que su dolor sea real.
La salud mental no ocurre en un frasco al vacío. Las condiciones de vida pesan, y mucho. La incertidumbre económica, la precarización laboral, la violencia y la soledad son terreno fértil para la angustia.






Discussion about this post