Claudia Olefnik
Artista plástica
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En 1953, Robert Rauschenberg tuvo una idea extraña: quería realizar un dibujo sin dibujar. Quería crear utilizando solamente una goma de borrar. Primero experimentó con sus propias obras, pero sintió que algo faltaba. Si iba a crear a partir de la desaparición de una imagen, necesitaba que aquello que desapareciera hubiera sido, indiscutiblemente, arte.
Entonces pensó en Willem de Kooning, uno de los artistas más importantes del momento y alguien a quien Rauschenberg admiraba profundamente. Fue hasta su estudio llevando una botella de whisky y le hizo una propuesta difícil de imaginar: quería que le entregara uno de sus dibujos para borrarlo. De Kooning comprendió la idea. No le gustó demasiado, pero aceptó. Y tampoco eligió cualquier dibujo. Le dio uno que valoraba y que, por los materiales utilizados, sería particularmente difícil de borrar.

Rauschenberg trabajó durante semanas. Borró una y otra vez hasta que de aquella imagen quedaron apenas rastros sobre el papel.
Tiempo después, Jasper Johns ayudó a darle su presentación definitiva: una inscripción identificaba aquello que los ojos ya no podían ver. Erased de Kooning Drawing. Robert Rauschenberg. 1953. Una hoja casi vacía dentro de un marco. Y una obra que terminaría ocupando un lugar importante en la historia del arte. Pero quizás lo verdaderamente interesante comience justamente ahí.
¿Se puede crear borrando?
Estamos acostumbrados a pensar el acto creativo como una suma.
El pintor agrega pigmentos. El dibujante deja líneas. El escultor construye una forma. Incluso cuando imaginamos a alguien creando, pensamos en unas manos haciendo aparecer algo que antes no existía.
Rauschenberg hizo exactamente lo contrario. Quitó.
Cada movimiento de su mano hacía desaparecer un poco más la obra que tenía delante. Y, paradójicamente, cuanto menos quedaba del dibujo de De Kooning, más cerca estaba Rauschenberg de terminar el suyo.
Entonces aparece una pregunta incómoda. ¿Qué fue exactamente lo que creó? ¿La hoja borrada? ¿El acto de borrar?
¿La decisión de elegir precisamente una obra de De Kooning?
¿La historia que rodea aquella acción?
¿O la pregunta que consiguió dejar abierta?
Porque si hoy alguien colocara delante nuestro una hoja prácticamente vacía dentro de un marco dorado y no nos contara nada de lo ocurrido, probablemente pasaríamos de largo.
Necesitamos conocer lo que ya no está para comprender aquello que estamos mirando. Y eso cambia completamente las reglas. La ausencia también puede tener presencia.
Un silencio puede formar parte de una canción. Un espacio vacío puede modificar una composición. Una pausa puede cambiar el sentido de una frase. Una huella puede hablarnos precisamente de aquello que ya no está. Quizás crear no consista siempre en agregar.
Los artistas también seleccionan, descartan, cubren, destruyen, corrigen, simplifican. Quien alguna vez pintó sabe que muchas veces una obra mejora cuando tenemos el coraje de quitar aquello que sobra.
Pero Rauschenberg llevó esa idea al extremo. No borró para corregir. Borrar era la obra. Y allí aparece otra cuestión fascinante: el arte no necesariamente necesita ofrecernos respuestas. A veces alcanza con que consiga modificar una certeza.
Tal vez por eso algunas obras nos desconciertan. Nos paramos frente a ellas esperando belleza, destreza, dificultad técnica o una imagen reconocible y encontramos otra cosa. Una idea. Y entonces surge inevitablemente aquella pregunta que acompaña buena parte de la historia del arte contemporáneo:
¿Esto también es arte?
Quizás la respuesta importe menos que todo lo que ocurre después de formularla.
Porque una obra puede gustarnos o no. Podemos emocionarnos frente a ella, rechazarla, discutirla e incluso pensar que jamás la colocaríamos en nuestra casa.
Pero si consigue obligarnos a mirar de otra manera aquello que dábamos por sentado, algo ya ocurrió. Rauschenberg llegó al estudio de otro artista con una botella de whisky y una idea aparentemente absurda. Salió de allí con un dibujo. Después pasó semanas haciéndolo desaparecer.
Han transcurrido más de setenta años y aquella hoja casi vacía todavía provoca discusiones, interpretaciones y preguntas. Quizás esa sea una de las contradicciones más hermosas de esta historia. Rauschenberg quiso crear borrando. Borró una imagen hasta casi hacerla desaparecer. Y consiguió que no pudiéramos olvidarla.






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