
Caminar por el microcentro de Posadas y encontrar locales nuevamente ocupados puede transmitir la impresión de que la actividad comercial logra sostenerse pese a la caída del consumo. Para Carlos María Beigbeder, integrante de la Cámara de Comercio e Industria de la capital misionera, esa fotografía resulta incompleta: “Te van a decir: ‘Siguen estando todos los locales abiertos’. Sí, pero hay muchos históricos que ya no están más. Hay como un recambio”, explicó en diálogo con la FM 89.3 Santa María de las Misiones. Y sintetizó el fenómeno con una frase todavía más contundente: “Se fundió el anterior y alguien decidió apostar, invertir y ver si le encuentra la vuelta”.
La observación encuentra un contexto conocido en la capital provincial. En marzo, relevamientos de la Cámara de Comercio indicaban que cerca del 30% de los establecimientos había cerrado o solicitado la baja durante el último año, mientras que desde 2023 la entidad había perdido aproximadamente una cuarta parte de sus socios y, en nueve de cada diez bajas registradas, se trataba de cierres definitivos.
Por eso, para Beigbeder, la ocupación física de un local no alcanza para medir la salud del sector. La rotación puede disimular una mortalidad empresarial que continúa ocurriendo por debajo de la superficie y que tiene detrás una combinación difícil de absorber para cualquier pequeño comercio: menos clientes, mayores costos fijos y un consumo que sigue sin reaccionar.
“Si antes tenías diez personas que entraban en tu negocio y hoy tenés dos, no te alcanza la facturación para poder sostenerlo. Entonces, te subió la luz, te subieron los impuestos y te bajó la venta: chau, sentencia de muerte”, describió. Esa rotación comercial no aparece aislada del principal problema que Beigbeder identifica desde hace meses: el poder adquisitivo de los hogares todavía no logró recuperarse lo suficiente como para generar un cambio visible en las ventas.
Consultado sobre cómo está el consumo actualmente, respondió sin demasiados rodeos: “Como el mes pasado.Muy tranquilo, muy tranquilo. En baja”.
La explicación que plantea es sencilla. Los proveedores continúan ajustando precios, aunque a un ritmo mucho menor que en los períodos de alta inflación, mientras los salarios, según su diagnóstico, permanecen rezagados. “Por ahí pasan dos o tres meses y te aumentaron cinco puntos, y así va sucediendo durante el año. Pero los sueldos no acompañan”, afirmó.
Esa misma relación entre ingresos y consumo ya había aparecido en anteriores análisis del empresario. En abril había advertido sobre una fuerte retracción del gasto en Posadas y en agosto volvió a señalar el avance de segundas y terceras marcas y el mayor recurso al endeudamiento como respuesta de los hogares ante la falta de dinero. Esta vez fue un paso más allá y reconoció que sus propias expectativas respecto de la evolución económica fueron mayores y si bien valoró la desaceleración de la inflación respecto de los niveles heredados de la administración anterior, planteó que ese ordenamiento todavía no logró traducirse en una mejora equivalente para buena parte de la economía cotidiana.
Según su mirada, Argentina pasó de niveles extraordinariamente altos de inflación a registros mucho menores, aunque todavía elevados en comparación internacional, mientras que los ingresos quedaron considerablemente rezagados. Ese contraste, sostuvo, explica por qué la mejora de algunas variables macroeconómicas convive con una percepción bastante diferente dentro de los comercios. Y añadió otra diferencia territorial: mientras identifica actividades vinculadas con el petróleo en Neuquén o la minería en San Juan atravesando momentos de fuerte movimiento, considera que buena parte del resto de las provincias todavía no percibe una recuperación equivalente. “Felicitemos a las que están bien, pero necesitamos que se acuerden del resto del país”, resumió.
La contracción tampoco golpea del mismo modo a todos los rubros. Para el empresario existe una secuencia bastante clara a medida que el ingreso familiar se reduce: los hogares preservan hasta donde pueden aquello que necesitan consumir diariamente y postergan las compras durables.
“Vamos a priorizar el kilo de arroz antes que un televisor”, graficó. Por esa razón, ubicó a los electrodomésticos entre los segmentos más afectados, mientras los alimentos muestran una mayor resistencia. Eso no significa, aclaró, que el consumo de comida permanezca intacto. Allí el ajuste adopta otra forma: cambio de marcas, búsqueda de promociones y sustitución por productos más baratos.
“Antes tomaba esta gaseosa de primera marca y ahora me pasé a una de segunda o tercera”, ejemplificó. El crecimiento de esas alternativas ya había sido advertido por el propio Beigbeder durante agosto, cuando describió familias que recortaban cantidades, modificaban marcas y utilizaban cada vez más financiamiento para sostener compras básicas.
También señaló otro comportamiento cada vez más visible en supermercados: ofertas agresivas sobre determinados productos cuando se acerca su fecha de vencimiento. Allí aparecen promociones de dos por uno o incluso tres por uno que permiten al comercio evitar pérdidas y, al mismo tiempo, brindan al consumidor la posibilidad circunstancial de volver a comprar una primera marca. El denominador común, sostuvo, sigue siendo el mismo: la compra dejó de definirse solamente por preferencia y cada vez depende más de cuánto dinero queda disponible y qué oportunidad aparece en ese momento.
Endeudamiento y comercios que ya no llegan
El deterioro no queda limitado al mostrador. Beigbeder mencionó también el aumento de las dificultades para afrontar compromisos bancarios y créditos, algo que considera otro indicador del estado general de la economía. “Hay mucha gente que no puede pagar los créditos. Eso también es un diagnóstico”, señaló.
Como se viene mencionando en innumerables notas, el endeudamiento familiar y comercial es uno de los mecanismos utilizados para atravesar la caída de ingresos. A fines de junio, comerciantes posadeños describían un uso creciente de tarjetas y préstamos incluso para consumos cotidianos, mientras los negocios absorbían parte de los costos financieros para evitar una caída todavía mayor de las ventas.
A la vez, la presión sobre los negocios se multiplica porque los menores ingresos conviven con costos que no necesariamente siguen la misma trayectoria. Alquileres, servicios, impuestos, salarios y financiamiento componen una estructura que debe sostenerse aun cuando disminuya la cantidad de operaciones.
De allí surge la lectura de Beigbeder sobre el recambio del centro posadeño: cada nuevo negocio que ocupa un inmueble no borra necesariamente el cierre anterior. Puede mostrar iniciativa y nuevas inversiones, pero también evidencia que otro proyecto comercial no consiguió atravesar la crisis.
En ese escenario, los Programas Ahora siguen funcionando como una herramienta importante para sostener determinadas compras. Beigbeder aseguró que los primeros días de la semana concentran mayor movimiento precisamente porque muchos consumidores aprovechan las posibilidades de financiación. “La persona que más o menos todavía no tiene detonada la tarjeta puede llegar a hacer alguna compra y estirar un poquito ese consumo, dándolo en seis, en doce cuotas o en lo que le dé el margen”, explicó.
La experiencia reciente confirma el peso que conserva esa herramienta. Durante el Black Friday de agosto, ocho de cada diez operaciones relevadas en comercios de Posadas se realizaron utilizando los Programas Ahora, mientras la facturación mostró una mejora puntual respecto de fines de semana comunes.
Para Beigbeder, recurrir al crédito para compras importantes es una conducta habitual y razonable; el problema surge cuando una economía obliga a financiar bienes cada vez más cotidianos mientras no existe un mercado de préstamos de largo plazo suficientemente estable para gastos estructurales. Lo resumió mediante otra comparación: en economías financieramente más previsibles, dijo, una persona puede comprar un par de zapatillas al contado y financiar una vivienda durante treinta años. En Argentina, en cambio, cuestionó las condiciones actuales de acceso al crédito hipotecario y consideró difícil asumir compromisos de tres décadas en un escenario con elevada incertidumbre financiera.
Paraguay dejó de ser el único problema
La frontera apareció inevitablemente en la conversación, aunque esta vez el empresario introdujo una lectura que modifica parcialmente el debate tradicional sobre las asimetrías con Encarnación. Según su experiencia, hay compradores paraguayos que actualmente llegan a Posadas y determinados mayoristas también registran ese movimiento. La competitividad, aclaró, depende cada vez más del producto: algunos resultan más convenientes del lado paraguayo y otros, del argentino.
Sin embargo, para el empresario, la reducción del flujo de consumidores argentinos hacia Encarnación no necesariamente representa una recuperación de competitividad para Posadas. “Se ha calmado un poco, pero porque no hay plata del lado argentino”, afirmó. El argumento coincide con lo observado meses atrás en Encarnación, donde comerciantes paraguayos atribuían parte de la caída de sus ventas precisamente a la pérdida de poder adquisitivo de los compradores argentinos.
A eso se suman el costo del combustible y las demoras para atravesar el puente internacional. Beigbeder sostuvo que, según el día, una persona puede encontrarse con un cruce fluido o enfrentar dos horas de espera, lo que termina modificando el cálculo sobre cuánto ahorro real genera trasladarse hasta Paraguay. Así, la frontera sigue funcionando como referencia comercial, pero dejó de ser suficiente para explicar por sí sola la crisis del sector posadeño. Incluso si disminuyera la fuga de compradores, el problema central seguiría siendo cuánto dinero tienen disponible esos consumidores.
Entre la motosierra y el “plan platita”
En cuanto a cómo debería responder el Gobierno nacional frente al escenario económico, Beigbeder se distanció tanto de una política de ajuste indiscriminado como de las tradicionales expansiones del gasto utilizadas con fines electorales. “No estoy de acuerdo ni con uno ni con otro”, sostuvo y utilizó una metáfora para explicar su posición: “La motosierra es indiscriminada, termina talando árboles que por ahí no había que talar”. Al mismo tiempo, rechazó el “plan platita” y recordó prácticas electorales históricas vinculadas con entrega de dinero, materiales o bienes a cambio de apoyo político. En su opinión, ambas estrategias terminan colocando al ciudadano en una posición perjudicial.
Su planteo no fue abandonar cualquier política de reducción de gastos, sino establecer prioridades: “A la motosierra hay que ponerle lupa y foco para ver dónde hay que tocar. No se puede cortar cabezas así indiscriminadamente”. Beigbeder no desconoce la desaceleración inflacionaria ni rechaza la necesidad de ordenar variables fiscales, pero cuestiona que ese proceso todavía no haya conseguido llegar con la misma intensidad a los ingresos de las familias y a la actividad de los comercios.
Y es allí donde vuelve a aparecer la imagen del microcentro. Una vidriera que vuelve a encenderse puede ser una buena noticia porque implica que alguien decidió invertir. Pero, detrás de ese nuevo negocio, puede existir otro que no logró sostener los costos, perdió clientes y terminó cerrando. Para Beigbeder, mirar solamente cuántas persianas están levantadas puede ocultar la verdadera dimensión de esa rotación. “Se fundió el anterior y alguien decidió apostar”, reiteró.





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