A menudo, después del ruido y las estridencias, las formas también son el fondo. La presentación del Presupuesto 2027, el último de este mandato de Javier Milei, dejó una sensación política completamente distinta a la de los años anteriores.
Ya no hubo discursos encendidos, puestas en escena con despliegue de seguridad, visitas al Congreso o la cadena nacional grabada desde la Casa Rosada. Esta vez no hubo nada de eso. El martes a media tarde empezaron a filtrarse detalles y recién a las diez de la noche se firmaron los papeles. Un trámite administrativo, silencioso y a distancia, que lleva las rúbricas del propio presidente, del jefe de Gabinete, Diego Santilli, y del ministro de Economía, Luis Caputo.
¿Un gesto de pragmatismo, un desgaste de la liturgia o una decisión de bajarle el perfil a la pelea legislativa? Seguramente un poco de todo. Pero más allá del contraste en la forma, lo importante está en los números y en el relato que el Gobierno encapsuló en esas más de 3.400 páginas de anexos.
La Casa Rosada puso sobre la mesa un escenario optimista para 2027: proyectan un crecimiento del PBI del 4%, impulsado por el motor de la inversión privada y las exportaciones, calculando además un superávit comercial superior a los 15 mil millones de dólares. En criollo: el Gobierno apuesta a que el repunte económico deje de ser una promesa de los papeles y se convierta en realidad tangible en el año electoral.
En materia de precios, el oficialismo insiste en que el proceso de desinflación va a consolidarse. Ponen la mira en una inflación interanual del 18% para diciembre de 2027, con un dólar oficial proyectado en promedio a 1.731 pesos, cerrando el año en casi 1.850.
¿Cuál es la columna vertebral de todo esto? La misma de siempre: el equilibrio fiscal como el ancla innegociable. Aunque el superávit primario previsto se achique al 1,3% del PBI, el mensaje político es claro: no se piensa ceder un centímetro en el orden de las cuentas públicas.
El oficialismo juega sus últimas cartas de este mandato apostando a una ecuación concreta: estabilidad macroeconómica, precios planchados a la baja, recuperación del salario real y un rebote firme de la actividad.
Claro que el papel aguanta todo, pero la realidad suele contradecir a esta gestión. Además, la gran pregunta que se abre ahora es cómo se va a procesar esto en un Congreso donde el oficialismo siempre camina por la cornisa y donde el clima político dista mucho de ser un lecho de rosas.
Por ahora, Milei eligió el silencio de la letra fría del presupuesto para cerrar una etapa. El 2027 dirá si los números del Excel se transforman en alivio en el bolsillo de la gente o si quedan, una vez más, en las buenas intenciones de un libreto oficial.










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