La confirmación de casos de “scrapie”, conocido como “oveja loca”, en Argentina encendió las alarmas sanitarias y productivas, tras detectarse focos en Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos. Se trata de una enfermedad neurodegenerativa que afecta a los ovinos y que, hasta ahora, no tenía antecedentes en el país. El primer caso fue identificado en una cabaña bonaerense, pero en las horas posteriores se confirmaron nuevos focos en la región centro, lo que refuerza la preocupación de que no se trate de un episodio aislado. La notificación fue elevada a la Organización Mundial de Sanidad Animal (OMSA), siguiendo los protocolos internacionales vigentes.
El scrapie pertenece al grupo de las encefalopatías espongiformes transmisibles, al igual que la “vaca loca”, y es causado por priones, proteínas anómalas que afectan el sistema nervioso central. En los animales provoca síntomas como picazón intensa, alteraciones en la marcha, cambios de comportamiento, pérdida de coordinación y deterioro progresivo hasta la muerte.
Según fuentes sanitarias, los casos detectados reflejan contagios ocurridos semanas atrás, debido al tiempo que transcurre entre la aparición de síntomas, la toma de muestras y la confirmación de laboratorio, que puede demorar entre 20 y 30 días. Las primeras investigaciones apuntan a que el foco inicial podría haberse originado en animales importados desde Paraguay hace unos dos años, aunque no se descarta que su procedencia original sea de otros países con antecedentes de la enfermedad.
El escenario plantea un complejo dilema sanitario: aplicar el sacrificio total de los rodeos afectados para evitar la propagación, con pérdidas económicas millonarias, o avanzar con estudios genéticos para identificar animales resistentes, una alternativa más costosa y de implementación más lenta. Especialistas advierten que, si un animal infectado ingresó a un rodeo, existe una alta probabilidad de que el resto también esté expuesto, lo que incrementa el riesgo de diseminación. La transmisión puede darse principalmente por contacto con fluidos, especialmente en ambientes compartidos.

En este contexto, crece la preocupación por la capacidad de respuesta del Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (Senasa), en medio de recortes, falta de recursos y la salida de profesionales del organismo. Desde el sector señalan que el control efectivo requiere presencia territorial, análisis individual de animales y estrictos mecanismos de trazabilidad.
El temor de fondo es que, si el brote escala, Argentina deba aplicar medidas extremas como restricciones o cierres de exportaciones, lo que impactaría de lleno en el mercado ganadero y en la economía del sector.Como antecedente, se recuerda el brote de aftosa de 1992 en la región de Bariloche, que obligó a implementar un cordón sanitario y al sacrificio de miles de animales para contener la enfermedad.
Por el momento, las autoridades mantienen bajo análisis los focos detectados, mientras avanzan las tareas de vigilancia epidemiológica. Las próximas semanas serán determinantes para establecer si se trata de un episodio controlable o del inicio de una crisis sanitaria de mayor magnitud en la producción ovina argentina.
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