En los hogares urbanos argentinos, el grifo seco no es una excepción: es una rutina estadística que afecta a uno de cada seis hogares. Pero detrás de ese promedio se esconde una realidad más cruda: cuando hay niños en la casa, la inseguridad hídrica se dispara. No se trata solo de infraestructura ausente, sino de una experiencia cotidiana marcada por la preocupación, la higiene postergada y la sed contenida. Según el informe “Inseguridad Hídrica en los Hogares Argentinos: Evidencias desde la Escala HWISE 2025”, elaborado por el Observatorio de la Deuda Social Argentina (UCA), el 18,2% de los hogares con niños sufre inseguridad hídrica, frente al 13,0% de aquellos sin presencia infantil.
Este dato, revelado en diciembre de 2025 por las investigadoras Nazarena Buso y Ianina Tuñón, no mide simplemente si hay una cañería en la vereda. Utiliza la escala HWISE-4, un instrumento internacional que indaga en la experiencia vivida: el miedo a que el agua se termine, la alteración de planes diarios, la imposibilidad de beber lo deseado o la incapacidad de lavarse las manos después de actividades básicas.
Bajo esta lupa, la política pública tradicional que celebra “cobertura de red” queda expuesta como insuficiente: tener conexión no garantiza tener agua segura, suficiente y confiable.
Geografía de la desigualdad infantil
La vulnerabilidad no se distribuye al azar. El informe dibuja un mapa de injusticia donde el código postal y la condición socioeconómica determinan si un niño puede lavarse las manos después de jugar. En los barrios de trazado informal (asentamientos y villas), la inseguridad hídrica afecta al 33,8% de los hogares. Si a esa condición se le suma la presencia de niños, la cifra trepa al 35,2%. Es decir, más de uno de cada tres hogares en estas zonas enfrenta restricciones cotidianas para acceder al agua.
La brecha se profundiza al cruzar variables. En el nivel socioeconómico “muy bajo”, los hogares con niños registran un 26,7% de inseguridad hídrica, casi el triple que los hogares de nivel “medio alto” (7,8%). Esto confirma que la pobreza hídrica es un componente estructural de la pobreza multidimensional: no es un fallo técnico aislado, sino una manifestación más de la exclusión social.
El relevamiento, realizado sobre 3.000 hogares en aglomerados urbanos de todo el país, amplió la ventana de tiempo de medición a 12 meses (en lugar de las 4 semanas habituales).
Esta decisión metodológica no es menor: buscó captar la estacionalidad del problema. En el verano, cuando las olas de calor intensifican la demanda y la presión sobre la red, los déficits se vuelven críticos. Para un niño, vivir esa estacionalidad significa crecer sabiendo que hay momentos del año donde el bienestar básico está amenazado.
Más allá del caño: de lo psicológico a lo sanitario
Quizás el dato más revelador del estudio sea el de la preocupación. El 29% de los hogares urbanos expresó temor a no tener suficiente agua para las necesidades del hogar. Esta ansiedad hídrica es la dimensión más extendida de la inseguridad, superando incluso a la restricción física de consumo. En los hogares con niños, esta preocupación se traduce en una carga de gestión que recae sobre los cuidadores, quienes deben anticipar escasez, almacenar recurso y priorizar usos bajo estrés.
La higiene es otra víctima silenciosa. El 15% de los hogares reportó no poder higienizarse las manos después de actividades que lo requieren. En contextos de pandemia post-COVID y frente a enfermedades prevenibles, esta restricción tiene implicancias directas en la salud infantil.

El informe señala además un riesgo invisible: la calidad. En varias regiones del país, la presencia natural de arsénico en las napas subterráneas representa un desafío adicional. Esto significa que incluso hogares con “acceso formal” pueden estar consumiendo agua no segura, una paradoja que las estadísticas de cobertura tradicional ocultan por completo.
La infraestructura domiciliaria juega un rol clave. Las proporciones más altas de inseguridad se registran cuando el acceso al agua se realiza fuera de la vivienda o en hogares que carecen de baño, conexión a cloacas o inodoro con arrastre. La falta de saneamiento básico no es solo un déficit habitacional; es un multiplicador de la inseguridad hídrica. Sin baño dentro de la vivienda, la gestión del agua se vuelve externa, pública y vulnerable.
Una crítica a la política pública “ciega”
Las conclusiones del Observatorio son contundentes: la inseguridad hídrica no puede comprenderse únicamente a partir de indicadores tradicionales de infraestructura. Sin embargo, gran parte de la planificación hídrica en Argentina sigue enfocada en metros de cañería instalados y no en bienestar garantizado.
El informe destaca que los hogares pobres con niños presentan niveles de inseguridad del 21,4%, frente al 12,4% de los hogares pobres sin niños. Esto sugiere que la presencia de infancia actúa como un amplificador de la vulnerabilidad en contextos de privación. Las necesidades asociadas a la crianza -preparación de alimentos, higiene frecuente, hidratación constante- chocan contra una oferta de servicio intermitente o inseguro.
La investigación subraya la necesidad de que las políticas hídricas incorporen una perspectiva integral. No basta con llevar la red al barrio; es necesario garantizar continuidad, potabilidad y presión suficiente.
Además, se requiere un enfoque específico para la infancia: estrategias que reconozcan las tensiones organizativas que surgen cuando el acceso al agua es inestable en hogares donde hay niños creciendo.
El costo de la incertidumbre
Medir la inseguridad hídrica desde la experiencia, como propone la escala HWISE, es un acto de justicia epistemológica. Visibiliza lo que el promedio oculta: que para el 15,5% de los hogares urbanos argentinos (y para casi el 20% de aquellos con niños), el agua no es un derecho garantizado, sino una incógnita diaria.
Cuando un hogar altera sus planes (22,2% de los casos) por problemas con el agua, cuando no puede beber la cantidad deseada (16,4%) o cuando vive con el temor constante de que el recurso se agote, se está configurando una experiencia del mundo marcada por la precariedad. Para la infancia, esta incertidumbre no es solo un inconveniente logístico; es un condicionante del desarrollo.
El informe del Observatorio de la Deuda Social deja abierta una pregunta política ineludible: ¿estamos dispuestos a repensar el acceso al agua no como un servicio técnico medido por conexiones, sino como una condición para el desarrollo pleno de la ciudadanía? Mientras la respuesta se define en los escritorios de planificación, en miles de cocinas argentinas los bidones se llenan antes de que anochezca, y la infancia aprende, desde temprano, que el agua es un privilegio que puede faltar.
¿Cómo se mide la inseguridad hídrica? La lupa del HWISE-4
Cuando se piensa en crisis hídrica, se suelen imaginar sequías extremas, represas vacías o mapas climáticos alarmantes. Pero el informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina obliga a bajar la mirada: la verdadera crisis no está solo en los ríos, sino en las cocinas, los baños y las rutinas de miles de hogares urbanos.
El dato más contundente no es técnico, es humano: uno de cada seis hogares con niños experimenta inseguridad hídrica. No se trata de estadísticas abstractas, sino de infancias que aprenden a regular su sed, a postergar su higiene, a vivir con la preocupación de que el agua “puede faltar”. Esta no es una falla del sistema: es el sistema funcionando tal como está diseñado.
Lo revelador del estudio es que utiliza una lupa distinta. En lugar de celebrar que “hay cañería”, pregunta: ¿el agua llega cuando la necesitás? ¿Es segura? ¿Alcanza para beber, cocinar, higienizarse? La escala HWISE-4 visibiliza lo que las métricas tradicionales ocultan: que tener conexión no es tener acceso, y que el acceso efectivo depende de continuidad, calidad, presión y confianza.
Las 4 dimensiones que se consultan son:
• Preocupación: temor a no tener suficiente agua para las necesidades del hogar.
• Planes: cambios en rutinas o tareas por problemas con el agua.
• Bebida: no disponer de la cantidad deseada para beber.
• Manos: no poder higienizarse después de actividades que lo requieren.
Las respuestas a las preguntas son las siguientes: “nunca”, “rara vez”, “a veces”, “a menudo”, “siempre”, “no sabe/no aplica”.
Nunca se puntúa con 0, rara vez con 1, a veces con 2 y a menudo/siempre con 3, y no sabe/no aplica son excluidas del análisis. Las respuestas se suman para obtener una puntuación total. Un hogar se considera en inseguridad hídrica si suma 4 puntos o más en el total de las respuestas.
En síntesis, el agua no es solo un recurso: es un tejido de cuidados. Cuando un niño no puede lavarse las manos después de jugar, cuando una familia organiza su día alrededor de la incertidumbre hídrica, se está jugando algo más que la hidratación: se está configurando una experiencia del mundo marcada por la vulnerabilidad.
Medir lo que no se ve -como propone el HWISE- no es solo un avance metodológico. Es un acto de justicia. Porque lo que no se mide, no se prioriza. Y lo que no se prioriza, sigue faltando.

Agua que llega, pero no alcanza: paradoja de la cobertura formal
En el debate sobre el acceso al agua en Argentina, un dato suele repetirse como indicador de éxito: el porcentaje de hogares con “conexión a red pública”. Sin embargo, el informe pone en cuestión esta métrica.
La conexión no es el destino. Según los datos relevados, incluso entre hogares que cuentan con agua corriente por red pública, persisten niveles significativos de inseguridad hídrica. Esto se debe a que el acceso efectivo depende de múltiples variables que la infraestructura por sí sola no garantiza: continuidad, presión, calidad y ubicación del punto de acceso.
El informe muestra que las proporciones más altas de inseguridad hídrica se registran precisamente cuando:
• El acceso al agua se realiza fuera de la vivienda.
• El hogar carece de baño, conexión a cloacas o inodoro con arrastre.
Esto sugiere que las limitaciones en las condiciones sanitarias y en la forma de acceso al agua multiplican la exposición a restricciones cotidianas.
El arsénico: un riesgo invisible
Un dato del informe que merece atención especial es la mención a la presencia natural de arsénico en las napas subterráneas en varias regiones argentinas. Este contaminante, inodoro e incoloro, no se detecta a simple vista y requiere análisis específicos para su identificación.
En síntesis, un hogar puede tener “agua de red” y aun así estar consumiendo un recurso no seguro. Esta paradoja expone la insuficiencia de los indicadores tradicionales de cobertura, que miden cañerías pero no potabilidad.
¿Qué políticas se necesitan?
El Observatorio concluye que las políticas hídricas deben incorporar una perspectiva más integral, que contemple:
• Infraestructura: ampliar y mantener redes.
• Calidad: monitoreo sistemático de contaminantes como el arsénico.
• Continuidad: garantizar presión y flujo constante, especialmente en épocas de alta demanda.
• Presión: sin presión suficiente, el agua no llega a todos los puntos de la vivienda.
• Entorno barrial: intervenir en la informalidad habitacional como condición para el acceso efectivo.
Medir el acceso al agua solo por la presencia de cañerías es como evaluar la educación solo por la cantidad de escuelas: ignora lo que ocurre adentro.
La escala HWISE-4, al centrarse en la experiencia vivida, no solo mejora la medición: exige repensar qué significa garantizar un derecho.






