El crecimiento de los escraches virales y los contenidos manipulados con inteligencia artificial encendió una señal de alarma en organizaciones que trabajan con niños y adolescentes. Arístides Álvarez, fundador de la ONG “Si nos reímos nos reímos todos”, advirtió que la problemática se profundiza en un contexto donde la tecnología potencia prácticas que antes se limitaban al rumor o al chisme.
El referente sostuvo que la principal preocupación está puesta en los sectores más vulnerables. “Nos preocupamos fundamentalmente cómo afectan a los niños y adolescentes”, afirmó en FM de las Misiones , al describir un escenario donde los adultos también tienen un rol determinante en la circulación de estos materiales.
Según explicó, el fenómeno no es nuevo, aunque sí más sofisticado. Las fake news, que históricamente funcionaban como comentarios distorsionados, ahora incorporan imágenes, videos y montajes hiperrealistas.
“Hoy esto se potenció porque la inteligencia artificial ya no sólo te permite crear un chisme, sino ponerle una imagen”, señaló, al remarcar el salto cualitativo que implican los deepfakes.
En ese contexto, describió un ecosistema digital donde algoritmos, cuentas anónimas, bots y publicaciones virales operan de manera conjunta. Este entramado, que incluye retuits masivos y amplificación en medios tradicionales, genera un circuito que multiplica el alcance de los ataques y diluye la percepción del daño. La consecuencia, indicó, es una naturalización progresiva de la violencia simbólica.

Álvarez apuntó además a la responsabilidad social en la difusión de estos contenidos. “Somos los adultos quienes de alguna manera nos enganchamos o nos prendemos a estas noticias falsas”, sostuvo, al comparar el funcionamiento actual con la lógica histórica del chisme, donde la información se comparte sin verificación previa cuando resulta atractiva o coincide con creencias propias.
El impacto no se limita al entorno digital. El especialista advirtió que estas prácticas se trasladan a la vida cotidiana, especialmente en ámbitos como escuelas y clubes. Allí, los menores replican discursos y conductas que observan en sus hogares o en redes, lo que agrava situaciones de hostigamiento y exclusión.
En paralelo, cuestionó la falta de regulaciones firmes y políticas públicas integrales. “Tiene que haber políticas de Estado que ayuden a frenar estas fake news”, expresó, al tiempo que mencionó la necesidad de abordar problemáticas asociadas como el grooming, la pornografía infantil y las apuestas online. En este último punto, recordó que aún no existe una normativa nacional que regule el acceso de menores, pese al crecimiento del negocio.
El avance de estas plataformas también está atravesado por intereses económicos. Publicidades, influencers y figuras públicas forman parte de un engranaje que promueve determinados consumos y contenidos, muchas veces sin advertir el impacto en audiencias jóvenes. “El daño ya está hecho”, afirmó, al referirse a la promoción de apuestas y prácticas nocivas.
Frente a este panorama, Álvarez planteó la necesidad de un abordaje conjunto. Familia, escuela, Estado y comunidad deben actuar de manera coordinada para establecer límites claros, fomentar el pensamiento crítico y desalentar la reproducción de violencia. “No naturalizar nunca esto”, enfatizó, al considerar que el primer paso es reconocer el problema.
Finalmente, remarcó que el desafío no pasa por rechazar la tecnología, sino por aprender a utilizarla con responsabilidad. “La inteligencia artificial es una gran herramienta”, sentenció.




