Las estadísticas nacionales muestran que cada vez hay menos alumnos en las escuelas primarias, un dato que va de la mano con la caída de la natalidad y la crisis económica. Pero el escenario en las escuelas misioneras todavía puede diferir de esos números.
La Escuela 967 es una prueba viva de eso. Ubicada en el barrio Itaembé Guazú, nació hace apenas cuatro años y ya no tiene dónde poner un banco más. La matrícula, que hoy alcanza los 500 estudiantes, creció al ritmo de las mudanzas y el crecimiento en esa parte de la capital.
Al frente de la dirección se encuentra Carmen Amarilla, quien asumió el cargo en diciembre. En diálogo con PRIMERA EDICIÓN, contó que en los pasillos se siente la energía “de lo que recién comienza”, pero también la urgencia de un barrio que no para de expandirse. Este año, el inicio del ciclo lectivo se hizo eco de esa demanda: “Todos los días incluimos cuatro o cinco nuevos estudiantes”, contó la directora.
Crear un espacio seguro
La historia de la Escuela 967 es la de un crecimiento sin escalas. Cuando abrió sus puertas en el ciclo lectivo 2022, la matrícula era de apenas 100 alumnos. Al año siguiente, aumentó a 350 y, para este 2026, ya superó los 500.
Ese crecimiento hizo que el espacio escolar cambie de forma: la biblioteca, el laboratorio y la sala de informática pasaron a convertirse en salones de clase. Incluso la sala de maestros se dividió para ganar un aula más. Actualmente la escuela tiene tres divisiones de cada grado. En turno mañana y tarde cursan chicos de primero a séptimo grado, con un promedio de 20 a 28 estudiantes por curso. Tercer grado es uno de los que mayor matrícula tiene.
El mobiliario es una tarea aparte. “Para este ciclo arreglamos más de 90 sillas, compramos madera y trabajaron los porteros y un padre. Todo fue gracias a la colaboración de la comunidad, porque ellos pagaron una pequeña colaboración como inscripción”, contó Amarilla.
Para la directora, todo ese esfuerzo se sostiene estrictamente “a pulmón” y, por eso, la fortaleza de la escuela la hace también su equipo. “Es una escuela que está creciendo, pero creciendo bien. Tenemos un equipazo que colabora siempre. Las maestras, los profesores a veces ponen de su bolsillo para cualquier cosa que haga falta”, contó.
Así lograron acondicionar algunas aulas con aire acondicionado y compraron cortinas para recibir el nuevo año. La decoración de los pasillos y los grandes actos también corren por cuenta de las docentes de la casa, que en este primer mes del año pusieron manos a la obra para el cartel de bienvenida.
Un detalle no menor es que la gran mayoría de los 30 docentes que integran el plantel -casi todos con doble turno- también viven en el barrio. Eso refuerza que -en palabras de Amarilla- “tengan puesta la camiseta” para lograr que los chicos sientan que la escuela es un lugar de pertenencia.
El sentido de pertenencia se traslada también a la relación con las familias de Itaembé Guazú. La directora Amarilla lo ejemplificó con las fiestas escolares, que se convierten en celebraciones del barrio: familias y vecinos se acercan a compartir la jornada con los más chicos.
El próximo evento de este tipo será la gran peña del 25 de Mayo, que ya tiene a todo el equipo preparando la decoración y los números artísticos. En años anteriores, la peña sorprendió por su convocatoria, un interés que la directora definió como “una forma en que la comunidad agradece el esfuerzo” de la escuela.
Más allá de los eventos, también lidian con los problemas propios de una zona que está creciendo. La baja frecuencia de los colectivos afecta a muchos chicos que viajan desde barrios como Cruz del Sur o Nemesio Parma, una matrícula que también explica la sobrepoblación en esta escuela.
Aún así, siguen sumando proyectos: este año van a reforzar el trabajo en alfabetización inicial y el proyecto de huerta comunitaria, donde los chicos aprenden mientras cultivan. “La idea es que eso lo lleven a casa”, agregó Amarilla.






