Un diagnóstico de cáncer en los primeros años de vida es una noticia que irrumpe sin aviso en la historia de niños y adolescentes, pero también de sus familias. En Argentina, la Sociedad de Pediatría estima que se diagnostican más de tres casos de cáncer infantil por día, pero que 7 de cada 10 sobreviven a la enfermedad.
Sandra Borchichi, responsable del Servicio de Oncología del Hospital Pediátrico Fernando Barreyro, detalló a PRIMERA EDICIÓN que en la provincia se detectaron 52 nuevos casos el año pasado, una cifra que se mantiene cerca del número 50 desde hace tiempo, en sintonía con la cantidad de población infantil.
Pero el diagnóstico es solo la primera parte de estas historias. Tras la noticia, llegan las terapias y los controles médicos que durante varios años acompañarán a los pacientes.
Por eso, la especialista consideró que dejar atrás el cáncer infantil es un camino largo, que atraviesa a cada niño y su familia, pero también al equipo profesional que los recibe y acompaña. “Uno se compromete a un tratamiento que es crónico y a compartir la vida con las familias de los pacientes”, sintetizó.
Un camino largo, pero en compañía
El momento del diagnóstico de cáncer infantil es complejo para cada familia, independientemente del tipo. Borchichi lo definió como “un momento catastrófico” para las familias, donde la angustia y el impacto son máximos.
De cara al tratamiento, “la familia debe tratar de recuperarse lo más pronto posible, porque el niño necesita de su cuidador y lo necesita en la mejor situación posible”, indicó la doctora.
Actualmente, alrededor de 100 chicos de toda la provincia están en tratamiento activo o bajo seguimiento en el Servicio de Oncología, donde las leucemias agudas son los diagnósticos más comunes, seguidas por tumores del sistema nervioso central y linfomas. Cada uno tiene su esquema propio de tratamiento: quimioterapia, cirugías, internaciones, controles. Y en algunos casos, viajes.
Borchichi precisó que entre el 35 y el 40% de los pacientes debe ser derivado a Buenos Aires para realizar radioterapia pediátrica o para acceder a tratamientos de alta complejidad, como trasplantes de médula. Las estadías suelen durar alrededor de un mes, pero para las familias implican desarmar la rutina y dejar atrás a sus afectos.
Al ritmo de las terapias, que se extienden por no menos de dos años, Borchichi contó que la vida sigue dentro del hospital: los chicos pintan, juegan y estudian, mientras las familias aprenden un nuevo vocabulario médico y buscan adaptarse al nuevo escenario. Más adelante, la última sesión de quimioterapia marca el fin del tratamiento, pero no el punto final. Durante otros cinco años, los controles con el equipo médico siguen.
En esa etapa de seguimiento, se verán los resultados. “A veces creemos que lo más difícil es la cirugía, pero en realidad el proceso posterior es igual o más importante”, aseguró Borchichi.
En este periodo el trabajo con las familias se fortalece. “Muchas veces aparecen miedos, dudas y situaciones nuevas”, contó la doctora. “Nosotros tratamos de que no se sientan solos en ningún momento”, agregó.

Las marcas del final del tratamiento
Mientras dura la quimioterapia y el período de defensas bajas, los peluches están prohibidos en las salas de atención para pacientes oncológicos. Es que estos juguetes pueden acumular polvo, tierra o virus y convertirse en un riesgo para los chicos que atraviesan tratamientos intensivos. Por ese motivo, el peluche se convirtió en un símbolo de la recuperación y el momento en el que los chicos pueden volver a tener uno en sus manos no pasa desapercibido. El Servicio de Oncología organiza cada año una entrega de estos juguetes.
“El premio a los cinco años fuera de tratamiento es un hermoso peluche y un certificado”, contó Sandra Borchichi. Este año hay 15 niños y adolescentes en esa lista y el próximo miércoles están invitados a recibir sus reconocimientos.
El regalo es mucho más que un gesto: marca que el riesgo oncológico bajó al nivel de cualquier otro niño de edad similar y, después de años de controles estrictos, el abrazo de tela funciona como el cierre de una etapa que, por fin, queda atrás.
Antes, en el Hospital Pediátrico también conmemoran el fin del tratamiento. Con una mano cargada de pintura, cada paciente deja impresa su huella en un árbol que sirve como mural recordatorio en el área de oncología.
Borchichi agregó que la marca no la dejan únicamente los chicos que finalizan el tratamiento. También la dejan aquellos que ya no están.
“El que anda bien, lo vemos siempre y la vida continúa. Se ponen grandes y nos visitan. Esos momentos nos llenan de emoción y de alegría, pero también nos emociona mucho cuando aquellos padres que han perdido a sus niños nos hablan, nos mandan saludos, nos encuentran en la calle y nos abrazan con mucho cariño”, contó la responsable del servicio.
En cada entrega de reconocimientos, el equipo del área, junto a familiares y pacientes recuperados plantan un árbol en memoria de esos pacientes.








