Nancy Calderón
Coach The John C. Maxwell
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Hay jornadas en los que empezar el día requiere más presencia y decisión. No porque falten ganas, sino porque el contexto pesa, el cuerpo se cansa y la cabeza no para. En estos momentos, hablar de actitud no tiene que ver con forzar una sonrisa ni con negar lo que pasa, sino con elegir cómo pararte frente a la realidad.
Desde el coaching trabajamos mucho esta idea: no siempre podés cambiar lo que sucede, pero sí podés decidir desde dónde lo transitás. Y esa decisión se entrena en lo cotidiano, en acciones simples.
Por ejemplo, empezá el día con una pregunta clara: ¿qué sí puedo hacer hoy? No qué debería, no qué falta, sino qué está a tu alcance ahora. A veces es ordenar una tarea, otras es cuidar tu energía o poner un límite.
Un ejercicio práctico: antes de arrancar tus actividades, escribí en una hoja tres cosas concretas que dependen de vos en el día. Nada grande, pero algo real. Cumplir con eso ya es avanzar.
Otro punto clave es el diálogo interno. Prestá atención a cómo te hablás cuando algo no sale. Si todo el tiempo te exigís o te juzgás, la actitud se cae. Probá cambiar una frase. En vez de “no puedo con esto”, decite “estoy haciendo lo mejor que puedo hoy”. Parece simple, pero cambia mucho.
También es importante el cuerpo. La actitud no vive solo en la cabeza. Moverte, respirar profundo, hacer una pausa consciente de cinco minutos ayuda a bajar tensión y a recuperar foco. No hace falta una rutina perfecta, hace falta constancia.
Desde el coaching acompañamos estos procesos porque no siempre se puede solo. Una sesión es un espacio para ordenar ideas, recuperar claridad y volver a conectar con lo que querés, incluso en momentos difíciles.
Mantener la actitud no es ser fuerte todo el tiempo. Es ser honesto con lo que te pasa y aun así seguir dando pasos. Con conciencia y con respeto por vos.







