Por: Verónica Stockmayer
Ovillito estuvo con la nena desde siempre. Siempre había sido una madejita colorada, que se dejaba lanzar, desovillar y volver a recuperar su forma; que cedía una hebra y otra para que Osito y las muñecas tuvieran hamacas y columpios, para que los carritos tuvieran piolines para estirarlos, para que la nena se hiciera lindas pulseritas. A veces se hacía firulete, lleno de curvas, en el suelo. Por eso acompañaba a Osito y a la nena a todas partes.
Cuando llegaron las vacaciones papá decidió que pasarían unos días en la chacra de la abuela. Cargaron los necesario y algunos petates para guardar en la azotea del galponcito. La nena acomodó a Ovillito, abrigado con un gorrito amarillo que le sentaba genial, en un rinconcito de la caja de la camioneta, antes de ocupar su lugar con Osito en el regazo, en la cabina.
¡Cómo disfrutó Ovillito del paseo! Vientito fresco, tantos paisajes, nubecitas que se convertían en duendes, barquitos, ovejitas ¡hilitos, como él! Hasta que en una curva pronunciada papá tuvo que hacer una maniobra y frenar de golpe. Ovillito salió despedido con algunas cajas del equipaje, sin que nadie notara la pérdida. Cuando se recuperó, comprobó que estaba SOLO, que nadie lo veía, que no recibiría ningún tipo de ayuda.
Empezó a rodar por la orillita de la autopista, pequeño, invisible en el fragor del tránsito. Solo lo animaban el recuerdo de Osito, de los juegos divertidos con la nena. Se replegó, rodó, rodó, salió de los caminos, prefiriendo senderitos poco frecuentados.
Fue perdiendo parte de sí, enganchado en ramas y accidentes del camino. Se deshizo un poco para construirse puentes y sogas con que atravesar escollos de la marcha. Se entibió como pudo, añorando su cuevita. Lo lastimó una gata que seguramente vio en él un juguete o -peor- a un enemigo de sus hijitos, lanzados por alguien a un riacho, en una caja. Ovillito se compadeció: ¿qué más podía perder? Lanzó un lazo y atrajo la caja con los peluditos hacia la orilla. Él había sido como ellos, pelotitas blandas, queribles.
En algún momento perdió ímpetu y se arrinconó, nudito, bodoquito, en una alcantarilla, transido de tristeza, resignado a deshacerse sin que nadie lo notara, en el regazo inhóspito de la melancolía.
Lo poquito que quedaba de él fue tocado por un solo dedo de sol, uno solo. El corazoncito de lana volvió a latirle, a darle bríos, a empujarlo. Resbaló en la greda, se empapó de lluvia, fue azotado por las ventiscas, anduvo de bruces, casi arrastrándose… ya no cejó.
Cuando de él no restaban sino hilachas descoloridas, reconoció la casa…¡había llegado a su hogar! Con el último aliento trepó a una ventana… para ver el desconsuelo de su niña, abrazada a su osito de apego, que mostraba una enorme herida en el vientre.
Si había superado tantas pruebas, fue por algo. Decidido, entregó lo que tenía de su cuerpecito aterido y remendó el pecho de Osito después de construirle un corazón nuevecito, de tibia lana escarlata. Entonces se durmió ahí mismo, confortado.
Cuando la pequeña retornó al cuarto, halló a Osito recompuesto y feliz y a su viejo “Corazón de lana”, deshecho, a su lado. Sin perder tiempo corrió a la buhardilla de la abuela y regresó con una madeja colorada. Vuelta a vuelta ella y Osito fueron rearmando cuerpo y alma del pequeño ovillito, ahora transformado en un bonito “boneco” de ojos soñadores.




